Edith Bruck, superviviente del Holocausto: “El mal está dentro de nosotros”
La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los países no se enfrentan a su pasado


Edith Bruck, de 94 años, nació en un pequeño pueblo de Hungría en una familia judía muy pobre, en un ambiente hostil. A los 13 años fue deportada a Auschwitz con su familia y solo sobrevivieron ella y una de sus hermanas. Participó en la terrible marcha de la muerte de evacuación de Auschwitz, hasta ser liberada en 1945. Tiene un poema que dice: “Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida”. Pero es una vida que Bruck ha vivido intensamente, incluso sigue fumando, y la recuerda conversando con Papallones en su casa del centro de Roma.
Tras dar tumbos por Europa e Israel, acabó en Italia en 1954, donde empezó una nueva vida en la que ha sido escritora, periodista, guionista y directora de cine. En 1959 publicó su primera novela, Quien así te ama (editorial Ardicia), donde narraba sus vivencias en el campo de concentración, telón de fondo de muchos de sus libros, poco traducidos en España. Además de su primera obra, en 2021 se publicó El pan perdido (Universidad de Salamanca). Pero en Italia es una institución, y hasta el papa Francisco fue a visitarla a su casa en 2021. No se cansa de recordar, se toma la memoria como una misión.
Pregunta. ¿Por qué sigue dando entrevistas, no es doloroso, no se cansa de contar su historia?
Respuesta. No, puedo cansarme, pero es útil. También voy a los colegios. A veces lloran y yo lloro con ellos. Cuando me preguntan por la separación de mi madre siempre me derrumbo. Pero la escucha de los chicos compensa el esfuerzo. Después de la guerra nadie escuchaba, ni siquiera en las familias. “No traigas Auschwitz a casa”, te decían. Yo empecé a contarlo enseguida.
P. ¿Cómo ve el mundo hoy?
R. Muy mal. Este mundo no mejora, ni la humanidad, no aprende nada del pasado.
P. Hoy se hacen comparaciones con los años treinta. ¿Qué opina?
R. No, estamos lejos. No soy tan pesimista. Pero los países no se enfrentan a su propia historia. Llevo 60 años yendo a colegios y los niños estudian las guerras napoleónicas, pero no saben nada del siglo XX. Los países tratan de eliminar su pasado, mistificarlo, negarlo. Tengo miedo de que pueda comenzar todo de nuevo. No de la misma forma, ni por la misma razón. El único país que, hasta un punto, se ha enfrentado a su pasado es Alemania. Italia, nada. Hungría, nada. Hoy tenemos a Orbán, otro reaccionario. En los colegios enseñan que fueron los alemanes quienes deportaron a los judíos. Fueron los fascistas húngaros. Así nada cambiará.
P. ¿Qué piensa de esta ola de extrema derecha?
R. El mundo nunca ha ido mucho a la izquierda, así que no me sorprende. Con la inmigración, el racismo ha aumentado en todas partes. Vienen aquí y los desprecian. Les gustaría que todos murieran en el mar. Pero emigran por desesperación, no es que quieran venir a Europa a bailar. Un país católico debería recibir a todo ser humano con los brazos abiertos. Crece el antisemitismo, también porque identifican a todos los judíos con Netanyahu. No entienden que yo no tengo que pensar lo que piensa otro judío. En todas partes te dicen: “Vosotros, los judíos”. Esto lo oigo desde que era así (marca su altura cuando era niña).
P. Cuando salió de los campos de concentración estaba sola en el mundo. ¿Alguna vez ha vuelto a sentirse en casa?
R. No, entonces ya no había hogar, ya no había padres, no había nada. Volví a mi pueblo de Hungría y nos echaron hacha en mano. Seguían siendo fascistas, temían que denunciáramos a alguien. No es mi estilo, no soy una justiciera. Yo solo intento hacer algo útil, una gota de bien en este mar oscuro.
P. Hace años estaba en una tienda, aquí cerca, y alguien la llamó.
R. Sí, detrás de mí alguien dijo: “Tú eres Edith de Auschwitz”. Era una mujer, una kapo (prisioneros que ayudaban a gestionar los campos de concentración). Convulsionó mi vida por un tiempo, me esperaba a la puerta de casa. Después desapareció, tenía miedo de que la denunciara. Se llamaba Lola Heller, una carroña, como todos esos judíos polacos que sobrevivieron y se convirtieron en nuestros jefes. Pero hay que tener en cuenta que fueron deportados en 1942. Quién sabe cuánto sufrieron antes. Cuando llegué a Auschwitz con 13 años me ofrecieron ser mensajera entre bloques, un puesto que garantizaba la vida, porque podías llevar mensajes a cambio de un trozo de pan. Tenía que anunciar que pasaban lista, que venía Mengele a seleccionar. Tenía 13 años y dije que no. Se podía decir no. Pero los seres humanos son frágiles. Por eso digo que no juzgo. Discutía de esto con Primo Levi, él decía que el mal vino de fuera y creó las circunstancias. Yo le decía que no, que el mal está dentro de nosotros. Muchos de los que fueron deportados con nosotros inmediatamente se volvieron malvados. Lo que les digo a los chicos en los colegios es que alimenten ese poco de bien que llevamos dentro. Todos pueden hacer algo. Educar a sus hijos en la democracia, en el respeto al prójimo.
P. ¿Por qué cree que se suicidó Primo Levi?
R. Hablé con él cuatro días antes y estaba conmocionado por el negacionismo. Me llamó y me dijo: “¿Te das cuenta de que, con nosotros aún vivos, ya están negando el Holocausto?”. Estaba desesperado. Y me dijo: “Era mejor Auschwitz”.
P. ¿Qué quería decir?
R. No sé, que era mejor Auschwitz, morir. Cuando venía a Roma paseábamos y él iba junto a la pared. Yo le decía: “Ven a la acera. Hay un sol precioso”. No apreciaba la luz. Nunca se liberó del todo de lo que vivió. Pasé años con él y no conseguía abrazarlo. Era rígido. Había que darle mucho amor. Decía que su mayor dolor era que sus hijos no leyeran sus libros. Es muy difícil ser hijo de un superviviente. Lo veo con mi sobrina. No es que quiera saber mucho. Escapan de esa experiencia.
P. Usted luego ha sabido ver la alegría de vivir, de haber sobrevivido.
R. Ser feliz, ver el sol, despertar vivo por la mañana, basta tan poco para alguien que estaba muriendo… Pero no, muchos nunca han vuelto a la vida.
P. Quizás porque usted era una niña y tenía la vida por delante.
R. Pero otros también eran bastante jóvenes... Para mí, que saliera el sol en ese lugar era una pena. Recuerdo que un día encontré margaritas entre dos bloques. Cogí una, era hermosa, yo era feliz. Pero un soldado me la arrebató y la pisó, algo estúpido y gratuito. Me preguntaba cómo podía crecer la margarita en ese lugar, pero allí estaba, era conmovedor.
P. Ha mencionado a Mengele. Usted lo vio a diario.
R. Cuando llegaba para hacer la selección usábamos agua y polvo para darnos color, nos pellizcábamos las mejillas. Teníamos más defensas que los hombres, que eran como niños indefensos. Pagaron cara la cultura masculina, malcriados, cuidados por sus madres y hermanas, no tenían autonomía.
P. También los pobres sobrevivían mejor.
R. Totalmente. Los burgueses morían primero, de los ricos ni hablamos. Los judíos pobres como yo tenían mil veces más defensas. Yo crecí oyendo que no a todo, la pobreza me salvó la vida.
P. Cuando salió de los campos, tardó años en encontrar su lugar.
R. Acabé en un campo de tránsito en Múnich, esperando para ir a Israel. Había mujeres alemanas que nos pedían comida alrededor de la valla. Mi hermana y yo la compartimos con ellas, quizá quería mostrarles cómo debe comportarse un ser humano con los demás. No conozco el odio. No odio a nadie. Y no es porque sea religiosa ni tenga fe en el más allá. Si hay alguien más allá, pagarán; si no, no. No soy yo quien hace pagar a nadie.
P. Más tarde fue a Israel.
R. En 1948 la propaganda decía que era un lugar maravilloso. Cuando era niña no había cena y mi madre nos dormía diciéndonos que un día iríamos a nuestro país, de leche y miel. Pero en el barco subió un hombre y con su primera frase se me cayó el mundo: “¿Qué traéis de valor?”. ¿Qué podía tener yo? Sabían que éramos supervivientes. En el barco conocí a un chico, me casé y luego me divorcié. En cuanto me divorcié, me llamaron para ir al ejército y me fui del país. No quería hacer el servicio militar. No quiero uniformes en mi vida. En 1954 acabé en Nápoles y solo de ver la sonrisa de la gente me dije: “En este país puedo vivir”. Para mí el idioma fue una bendición. Era el muro que me protegía de mi lengua materna. Aprendí italiano, empecé a escribir y no paré.
P. ¿Un idioma extranjero le permitió pensar de otra manera?
R. Fue una salvación, una libertad total. Nunca escribiría en húngaro. Es un idioma que me duele. La palabra “pan” me destroza. En italiano, no significa nada. En húngaro, veo a mi madre. Es una hermosa vía de escape.
P. ¿Cómo tener otra identidad?
R. Sí. No tengo buen recuerdo de mi país. Aunque no todos eran malos. Una mujer le dio harina a mi madre, nunca lo olvidaré. Un granjero rico vino al gueto con una carreta y arrojó comida desde el muro, parecía maná del cielo. Representaban la bondad humana, la esperanza. Solo se necesita una persona entre mil, y lo representa todo. En Dachau un cocinero me dijo: “¿Cómo te llamas?”. No se imagina lo que significaba eso allí. Me regaló un pequeño peine. Otro me tiró un guante agujereado, para el frío. Otro me dio un plato para lavar y había dejado dentro mermelada. Sin eso hoy no estaría aquí, de eso estoy segura.
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