Irán, los torturadores y ‘Un simple accidente’: el poder de las historias que nos abren los ojos
La película iraní que opta al Oscar permite conocer la brutal represión del régimen de los ayatolás. Los relatos ayudan a construir la resistencia

Al final de la nueva película de Jafar Panahi, Un simple accidente, el protagonista, Vahid, ha secuestrado a su antiguo torturador a sueldo del Gobierno y lo ha atado a un árbol. Vahid y varios amigos suyos que también sufrieron torturas a manos del prisionero permanecen fuera de cámara. Oímos a Vahid gritarle al cautivo, que tiene los ojos vendados: “¿De qué querías vengarte? ¡No éramos más que unos trabajadores pobres que reclamábamos nuestros derechos!”. El torturador, interpretado por Ebrahim Azizi, pasa, en cuestión de minutos, de negar los hechos sin mucha convicción a mostrarse arrogante y, por fin, a derrumbarse del todo. El clímax dramático es qué van a hacer Vahid y sus compañeros con este hombre que los torturó y les destrozó totalmente la vida.
En la actualidad, el tipo de cambio de un rial iraní es 0,00 euros. El poder adquisitivo de los iraníes, incluso los de clase media y alta, es prácticamente inexistente: la gente se muere de hambre por falta de carne, pan y arroz. Han estallado protestas en todo el país y la reacción del régimen, como con el movimiento “Mujeres, Vida, Libertad” de 2022, ha consistido en reprimir las manifestaciones con una violencia espantosa. Se calcula que han muerto ya unas 30.000 personas.
Hace unas tres semanas, las fuerzas de Jamenei arrestaron al guionista que coescribió la película con Panahi, Mehdi Mahmoudian. El diario británico The Guardian informaba este martes de su puesta en libertad. Aunque de momento no se sabe oficialmente cuáles son los cargos, es probable que su detención se haya debido a que firmó una declaración en la que condenaba la matanza de manifestantes a manos del régimen. Panahi, que ha estado detenido y encarcelado en la infausta prisión iraní de Evin —una vez en 2010 y otra en 2023—, escribió en un comunicado: “Conocí a Mehdi Mahmoudian en la cárcel… No solo es un activista de los derechos humanos y un preso de conciencia; además, es testigo, sabe escuchar y constituye una presencia moral excepcional”.
Es imposible pensar en la película sin tener en cuenta el contexto en el que se rodó. No podemos permanecer impasibles cuando los creadores de un largometraje sobre el encarcelamiento y la tortura de civiles acaban también detenidos. Los iraníes, desesperadamente pobres y hambrientos, protestan en masa contra un régimen que saben que va a masacrarlos.
La ira, nos enseña la película de Panahi, comienza por la ausencia de justicia, mientras que la venganza es el impulso de querer restaurarla. Un simple accidente es un documento imborrable sobre unas personas que se debaten entre una ira que los ha cambiado por completo y un perdón que les parece degradante e injusto. Uno de los personajes, Shiva, abofetea una y otra vez al torturador atado mientras le dice con desprecio: “Vas a morir como un mártir. Voy a hacer que tu sueño sea realidad. Ya verás. Te voy a enviar al cielo”.
Para una población iraní orgullosa, que vive desde hace décadas bajo una tiranía asesina, que tiene uno de los pasaportes con más restricciones del mundo y una moneda en bancarrota, acostumbrada al menosprecio de la comunidad internacional y muerta de hambre por unas sanciones asesinas y unos dirigentes nacionales corruptos, esa imagen —la de una mujer iraní que no lleva velo y abofetea a un hombre que la torturó al servicio del régimen—, la idea de que puede haber justicia y el hecho de verla plasmada en una gran pantalla a 3,5 metros de altura tiene un poder incalculable. Esas son las cosas que animan a seguir viviendo.
En Irán, por ahora, sigue siendo difícil pensar en la justicia. Un soldado con un rifle de asalto puede matar a cientos de manifestantes cuyas únicas armas son un hambre delirante y unas pancartas. ¿Cuánta furia hay que sentir para salir a la calle, sabiendo que acaban de aniquilar de forma abyecta a miles de compatriotas por eso mismo? ¿Alguna vez han sentido una rabia semejante? Y cómo imaginar, después, lo que siente un director como Panahi, que ve cómo detienen a su amigo y compañero cineasta y dice, en una entrevista publicada el 5 de febrero en Vanity Fair: “En cuanto termine con la campaña de los Premios Oscar volveré a París para recoger mis cosas y regresar a Irán. Quiero pasar el resto de mi vida en mi país”.
Es imposible comprender la magnitud de lo que nos han quitado. Cuando asesinaron a Renee Good en Mineápolis, en una ejecución extrajudicial, pude llorar porque vi su cara, vi a su esposa, vi a su perro. Su rostro y su historia sirvieron de catalizadores para que se extendiera el movimiento ICE Out [Fuera el ICE] en contra del autócrata estadounidense y su policía secreta, justo porque todos vimos por un instante, con innegable claridad, lo que nos estaban robando. La historia de una vida, arrebatada con violencia por el Estado.
En Marcos de guerra, Judith Butler escribe: “No es posible comprender el daño o la pérdida de una vida concreta si antes no hemos comprendido que era una verdadera vida”. El asesinato de la joven de 22 años Mahsa Amini, en 2022, enseñó al régimen de Jamenei el poder del relato, cuando su rostro y su historia desencadenaron el movimiento “Mujeres, Vida, Libertad” en Irán y en todo el mundo. A partir de entonces, la estrategia del régimen de bloquear internet y callar o tergiversar a los medios de comunicación ha impedido que la comunidad internacional conozca los detalles de muchas de las vidas arrebatadas.
Este terror ante las posibilidades del relato ha llegado también aquí, a Estados Unidos. Según PEN America, durante el segundo mandato de Trump, la censura de libros en el país ha alcanzado niveles sin precedentes. Las historias de Amini y Good, la que muestra Un simple accidente, nos brindan la oportunidad de remediar mínimamente la destrucción somática de la pérdida individual, frente a la fría abstracción de los datos sobre víctimas. Vemos el rostro joven de Amini y lloramos. Vemos los ojos destruidos de Vahid y nos avergonzamos.
En una foto que acompañaba al comunicado de prensa sobre la detención de Mahmoudian, aparecía él con Panahi, sentados ante un tablero de backgammon. Es un final de una partida real, muy reñida. Mahmoudian va ganando, pero no por mucho. Y en ese mismo instante, los dos hombres se vuelven reales, dejan de ser la imagen abstracta de unos individuos perseguidos por el régimen para convertirse en dos tipos jugando a un juego de mesa, dos amigos que se parecen a mis tíos o primos. El tablero de backgammon convierte el caso en una historia y la historia lo vuelve real en mi cerebro.
Al final de Un simple accidente, Shiva y el torturador apresado gritan al mismo tiempo. El torturador aúlla: “¡Lo siento! ¡Lo siento!”, mientras que Shiva grita: “¡Más alto, pedazo de mierda! ¡Más alto!”. En ese momento, también ellos se vuelven personas reales, mientras hablan y gritan interrumpiéndose como pocas veces vemos en la pantalla. Sus sollozos se funden en el cielo y se transforman en un único y horrible gemido. Es un instante cinematográfico desgarrador. Y es un momento escalofriante de profecía política. Se aproxima el momento del juicio final —parece decir la película— para quienes torturan y asesinan a sus propios ciudadanos. Si la veo como estadounidense, pienso en Trump, Renee Good, Alex Pretti, Breonna Taylor, Philando Castille y todas las vidas robadas o arrebatadas por el proyecto de mi Gobierno. Si la veo como iraní, pienso en Jamenei, Mahsa Amini, Sarina Esmailzadeh, Reyhaneh Jabbari y los incontables nombres que nunca sabré y que han desaparecido, violentamente borrados por la República Islámica. Estas autocracias modernas deben saber que caerán como todas las que las precedieron, porque su control es endeble y se debilita cada día más. Les aterroriza ver que las historias pueden contribuir a fortalecer un movimiento, un pueblo. Hacen bien en estar asustados.
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