La influencia de Grindr en la sexualidad ha reconfigurado las dinámicas de encuentro entre individuos.
Varios usuarios señalan que distintas aplicaciones han modificado la forma en que las personas se relacionan, pero muchos sostienen que las aplicaciones solo reflejan tendencias ya existentes en la sociedad.


Mientras que la caída de suscriptores, descargas y valor de Tinder o Bumble indica que las aplicaciones de citas se encuentran en un momento delicado, Grindr, la aplicación basada en geolocalización creada en 2009 por el empresario Joel Simkhai para conectar a la comunidad LGBTQ, vive un gran momento. Aunque sus usuarios lleven meses quejándose de que su versión gratuita es un infierno de usabilidad. Así lo indica un análisis de GfK DAM, medidor oficial del consumo digital en España, que señala que Grindr congrega a 635.600 visitantes mensuales, un 30% más que el año anterior. “Aunque no lidere en usuarios únicos, el uso de Grindr es muy intensivo, siendo el site donde más tiempo pasan los usuarios: 10 horas y 12 minutos mensuales por persona”, apostillan.
Una generación completa de varones queer ha empezado a indagar en su faceta afectiva y sexual mediante esta plataforma, existiendo diversas celebridades que han relatado sus vivencias personales en la misma. El deportista olímpico Gus Kenworthy confesó a Vanity Fair quien en los Juegos de Londres 2012 “Grindr se colapsó”. Troye Sivan no contó con una vivencia tan favorable. En una ocasión, un encuentro, tras verle físicamente, se dio prisa en consultar nuevamente la herramienta para hallar a otro individuo con quien reunirse, y admitió ante el portal I+D que sus contactos iniciales en Grindr no resultaron ser los más sanos. “Debía de tener el corazón a mil por hora. No lo recuerdo específicamente, pero como era tan joven, me daba mucho miedo quedar con gente porque pensaba: ‘Me van a matar”, afirma.
Precisamente en Le Monde Alice Raybaud escribió hace pocos días un reportaje sobre cómo Grindr moldea la sexualidad de los jóvenes homosexuales y cómo cuestionan la influencia que la plataforma y sus normas machistas tuvieron en su desarrollo emocional.

“En el mundo gay, el cuerpo es una moneda. Todo gira en torno a la carne: torsos, filtros, roles. La validación se mide en miradas, matches y metros de distancia. Nos educaron para competir por deseo, no por ternura. En el mercado del cuerpo, pedir afecto suena a fallo del sistema”, señalan desde Untoxic Mag. “Como si la necesidad emocional fuera una grieta que hay que ocultar. Pero el cuerpo también tiene memoria, y lo que pide no siempre es placer: a veces es calor, cuidado, presencia. No hay algoritmo que sustituya esto”, dicen.
Matias C, cirujano, comenta a ICON que Grindr es una aplicación en la que se ha normalizado la violencia. “Te preguntan sin decir ‘hola’ cuál es tu nacionalidad, cuánto te mide el pene y si eres activo o pasivo. Recibir vídeos de gente follando o fotos pornograficas de primeras, sin haberte siquiera saludado, es violento”. Las normas de Grindr, eso sí, piden a sus usuarios que solo envíen este tipo de material cuando hay consentimiento y la otra persona las ha pedido o ha aceptado verlas. Otra cosa, claro, es que las normas se cumplan.
“No creo que la plataforma fuerce una mentalidad, solo la transcribe. Es a nosotros a quienes nos corresponde cambiarla”Nando Lopez, escritor
“Me considero muy sexual, pero esto no tiene nada que ver con la libertad”, continúa Matías C. “Este no es un mensaje moralista: me encanta el sexo y me gusta disfrutar de él activamente. Pero para follar, necesito unos mínimos. Me interesa saber el nombre de esa persona y asegurarme de que me voy a sentir cómodo y de que voy a un espacio seguro”.
Agrega que, al igual que otras plataformas, Grindr funciona como una fábrica generadora de carencias. “Todo el mundo habla de morbo y de fetiches pero en realidad, son cadenas y necesidades creadas por el patriarcado. Por descontado, los cuerpos que abundan en la aplicación son normativos y se hace apología de ellos. ¿Qué maricón no tiene un entrenador o está apuntado al gimnasio hoy por hoy?”, se cuestiona.
17 años después de su lanzamiento, la aplicación se ha convertido en un fenómeno tan cotidiano como polémico. Grindr ha cambiado la manera de encontrarse y de desear en la era digital, pero junto al éxito está presente el debate: muchos le atribuyen haber impulsado una cultura de lo inmediato, donde los encuentros casuales se volvieron norma y las reglas del juego cambiaron para siempre. Publicaciones como Dazed se llegaron a preguntar, en 2024, si más que cambiar el sexo entre hombres, lo había arruinado para siempre. Al mismo tiempo, las críticas señalan que la plataforma no ha escapado a las tensiones del mundo real: dinámicas de poder, estereotipos y desigualdades —ya sean patriarcales, raciales o de clase— también encontraron allí su reflejo. En ese cruce entre libertad, tecnología y controversia, la aplicación sigue marcando el pulso de una generación.

“Hemos sido educados con la idea de que podemos escoger lo que queramos cuándo queramos y cómo queramos”, comenta un integrante distinto de nombre Javier, quien trabaja en el ámbito periodístico. “Y por eso al final el uso que se hace mayoritariamente de Grindr es el de una hookup application [aplicación para un polvo], pero no nació en principio para eso, sino porque vivíamos en una situación de estigma. Se ha convertido en una aplicación en la que los hombres nos olvidamos de que estamos hablando con un ser humano que tiene sentimientos, que puede buscar cosas diferentes o que tiene necesidades mucho más amplias que el sexo rápido y superficial”. Igualmente hace referencia a los textos que diversas personas redactan en sus perfiles biográficos. “Ponen textos que pueden hacer sentir mal a la gente. Yo estoy seguro de mí mismo: sé lo que tengo y lo que no tengo, pero hay perfiles en los que ponen mensajes como ‘no latinos’, ‘no asiáticos’... Pueden estar haciendo daño a mucha gente que puede estar viviendo un drama o tener complejos”, afirma.
Manuel J. Romero, periodista, añade entonces que quien no tenga un cuerpo normativo, ha de estar “muy preparado mentalmente para entrar en Grindr”. “Estás dando el paso adelante de intentar conocer a alguien cuando ya de por sí, con tu físico, es complicado en la vida real. Abres Grindr y te encuentras un sitio hostil. Pero no solo hostil ante tu ejecución: ocurre que le escribes a alguien y te responde ‘no, gordo’; sino que incluso te atacan sin venir a cuento”, comenta a ICON. “He recibido muchos mensajes peyorativos de gente que sin decir ni hola, te envía mensajes desagradables. Desde el pasivo agresivo ‘qué lástima; si perdieras unos kilos, serías guapisimo’, hasta de forma muy directa: ‘no sé qué haces aquí, estás ocupando espacio para que me salga otro que no esté gordo’ o directamente, cosas como ‘qué asco de gordo’. Aprendes a no darle importancia con los años, pero te mina la moral. Yo hace años que no me atrevo a quedar con nadie sin decirle antes y de forma muy concreta mi tipo de cuerpo”, confiesa.
“Me parece un poco utópico esperar un Grindr mejor en un futuro próximo. Grindr tiene todo el interés en no moderar excesivamente el contenido, porque eso es precisamente lo que hace atractiva a la plataforma”Thibault Lambert, escritor
Jordi S., informático, señala que que aunque la aplicación promueve ciertos estereotipos, es algo que se ha convertido en una dinámica del colectivo más allá de las pantallas. “Los comentarios no han sido mi problema particularmente. En Grindr suele reinar la ley del silencio si no entras dentro del gusto de otra persona. Pero es cuestión de tiempo darte cuenta de que te conviertes en un kink [un fetiche]. Si alguien te habla es porque tu condición es el fetiche de esa persona, no por la persona que eres. Y la sensación acaba siendo de conformidad. Si no eres normativo, tienes que conformarte con quien te decida hablar. Ya no hablemos de que al convertirte en fetiche, es raro que alguien decida mantener contacto después de que pase algo. Satisfecho el fetiche, no aportas más a esa persona”, explica.
Javier alude también a los perfiles en los que se especifica que no se buscan hombres con pluma. “Nos han inculcado tanto que tenemos que ser machos alfa, que se castiga la feminidad. También es habitual que te pregunten cuánto te mide el pene antes de quedar. Pues cariño, no lo sé, no tengo 15 años, no me lo mido…”, asegura.
El autor Nando López señala que la plumofobia representa simplemente una modalidad tristemente generalizada de sexismo y de homofobia. “Por desgracia, está presente también dentro del colectivo. Lo único que sucede en Grindr es que, con la falsa coartada de los gustos sexuales, hay quien expresa de manera explícita esos prejuicios que, en su discurso habitual, no verbalizaría. Pero no creo que la plataforma fuerce una mentalidad, solo la transcribe. Es a nosotros a quienes nos corresponde cambiarla”, asegura.
Thibault Lambert, autor de Ce que Grindr a fait de nous (JC Lattès, 2025) (Lo que Grindr nos ha hecho), asegura que al escribir el ensayo y hablar con profesionales de la salud, médicos, psicólogos y sexólogos sobre la aplicación, todos le comentaron que Grindr era un asunto omnipresente en sus consultas. “Tanto, que parecía que fuera un paciente más”, dice.
Nando López pretende enfatizar que estas herramientas digitales actúan simplemente como un medio cuya operatividad está sujeta al empleo que les otorgamos y, hoy en día, el tratamiento como objeto y el exceso de carga sexual constituyen dos conflictos que impactan en nuestra forma de establecer relaciones tanto en el interior como en el exterior de Grindr. “No basta con atribuir a una app el problema de la deshumanización en nuestras relaciones, algo que no solo afecta al colectivo, sino que está presente en todas las orientaciones sexoafectivas. Debemos hacer un análisis mucho más profundo, pues esas apps nacen de una sociedad en la que hasta el afecto y el sexo se viven desde una perspectiva ultracapitalista, en la que consumimos cuerpos como si fueran otro objeto más. Y eso responde a una dinámica y a un modelo de pensamiento mucho más complejo y profundo en el que apps como Grindr o Tinder no dejan de ser un engranaje de ese sistema”, agrega.
Lambert comenta que el objetivo no es que los hombres se desinstalen en masa Grindr, sino intentar emplear la aplicación de forma razonable, sin sufrir por ello. “No debemos olvidar que Grindr puede ser una gran herramienta para conocer gente, especialmente cuando eres joven en un entorno donde la homosexualidad no es habitual o donde conocer gente no es fácil”, asegura. “Es cierto que muchas veces se nos olvida que no todo el mundo dentro del colectivo vive en espacios visibles y seguros, de modo que la existencia de este tipo de apps les permite conocer gente en entornos donde esa visibilidad no es una realidad absoluta”, matiza López.
Lambert considera que lo interesante sería intentar comprender por qué esta aplicación, esencial para muchos hombres, causa al mismo tiempo tanto sufrimiento. “Me parece un poco utópico esperar un Grindr mejor en un futuro próximo. Grindr tiene todo el interés en no moderar excesivamente el contenido, porque eso es precisamente lo que hace atractiva a la plataforma. Hay cierta libertad de tono y existe la posibilidad de mostrar búsquedas muy precisas e incluso casi intransigentes. Sigue siendo responsabilidad de los propios usuarios denunciar comentarios ofensivos o hasta ilegales”, explica. “No habrá un Grindr mejor hasta que haya un cuestionamiento comunitario e individual de nuestra concepción de la masculinidad, de lo que es un cuerpo deseable y de la fetichización que opera en nuestras dinámicas deseadas. Necesitamos cuestionar nuestros deseos y cómo afectan a nuestros encuentros”.
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