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Ocho jardines españoles entre los más punteros del mundo: “Estamos más valorados en el extranjero que en casa”

El libro ‘The Contemporary Garden’ reúne 300 jardines contemporáneos que destacan por su belleza y diseño. Descubrimos los proyectos seleccionados en nuestro país

Jardín en un molino (Madrid), de Urquijo-Kastner.

La jardinería rara vez figura entre los talentos que se asocian a los españoles: normalmente, se piensa que esa es una destreza inglesa. “Cuando yo empecé, se tenía la idea de que en España estábamos muy limitados en comparación con Inglaterra; de que mientras que allí la lluvia permite crear jardines frondosos y variados, nuestro clima no ayuda y la paleta de plantas es muy reducida: romero, lavanda y algún rosal”, explica Fernando Martos, fundador de uno de los estudios de paisajismo más destacados en España. Y añade que, cuando era joven, él decidió emigrar para empezar su carrera en un jardín inglés.

No obstante, durante los treinta años que abarca el libro The Contemporary Garden (Phaidon, 2025) el trabajo que Martos y sus colegas llevan a cabo en España ha ido ganando una notoriedad cada vez mayor. “Estamos viviendo un renacimiento”, afirma Álvaro Sampedro, otro de los jardineros a los que The Contemporary Garden ha incluido entre los más punteros del panorama internacional. “El número de paisajistas españoles no deja de crecer y el tipo de jardín mediterráneo que se hace aquí cada vez se pide más. Aunque a veces tengo la sensación de que estamos más valorados en el extranjero que en casa”.

Quizá sea que la sequía y otros desafíos derivados del calentamiento global hayan dado cierta ventaja a los jardineros de los países mediterráneos, más habituados que otros a sacar partido de entornos hostiles. “Al final, si sabes hacer bien un jardín en una zona como la estepa castellana, donde se pasa de cuarenta grados a cinco bajo cero, vas a tener éxito en cualquier otro sitio”, razona Sampedro. O puede que, simplemente, estos jardineros españoles hayan redescubierto el potencial del paisaje propio. “En Inglaterra y otros lugares la jardinería puede estar más desarrollada, pero en la zona mediterránea hay mucha más variedad de plantas”, explica Alfonso Pérez-Ventana, cuyo trabajo recoge también el libro. “El problema es que no las usábamos bien. Faltaba explorar todas las posibilidades de nuestra flora”.

En cualquier caso, este cambio de paradigma ya es visible. Se nota, por ejemplo, en el hecho de que los dueños de muchos jardines en España hayan empezado a abandonar la vieja obsesión por el césped inglés (esa pradera sedienta que lucha contra el clima mediterráneo) para abrirse a opciones más coherentes y sostenibles o que incluso celebran la aridez. Al mismo tiempo, la demanda de parques y zonas verdes en las ciudades españolas ha dejado de parecer un capricho para convertirse en una exigencia ciudadana que ya marca la agenda política. Esa nueva ambición estética y ecológica es precisamente la que recorre las páginas de la selección de Phaidon, donde los siguientes proyectos españoles destacan como referentes globales.

Jardín Privado. El Casar, 2010 - Fernando Martos

Rodeando la casa de un pueblo de Guadalajara, este jardín de 2.800 metros cuadrados es una versión mesetaria de Newby Hall, aquel jardín inglés en el que Martos empezó a trabajar y a darle vueltas a la cuestión de cómo trasladar a nuestro país ese aspecto libre y natural tan apreciado por los jardineros británicos. The Contemporary Garden lo celebra como uno de los jardines que rompieron con la excesiva formalidad y estatismo que imperaban en España. “Me gusta que el jardín esté vivo y en constante transformación; que refleje el paso de las estaciones y que cada vez que lo mires sea distinto”, explica Martos. “Pero también creo que esa libertad no puede ser ajena al entorno; por eso siempre procuro que el diseño sea fiel al paisaje que lo rodea, que no parezca un extraño en su propia tierra”. En este caso, se enfrentó a un escenario bastante hostil: un terreno pedregoso y arcilloso con apenas una fina capa fértil, castigado por el viento y las temperaturas extremas de la meseta. El paisajista convirtió estas dificultades en virtud mediante una estructura de setos y jaras recortadas que enmarcan un paisaje de color: salvias, lirios y aromáticas que aseguran una floración ininterrumpida desde la primavera hasta el otoño. Al llegar el invierno, la belleza no desaparece, sino que se transforma. Así, las siluetas desnudas de algunas de las plantas mantienen su elegancia sobre el terreno, mientras que hierbas ornamentales atrapan la luz baja del atardecer y bailan al vaivén del viento en un jardín que despierta tantas emociones como el paisaje de una novela romántica de las hermanas Brönte, pero bajo el sol implacable de Castilla.

Cala Mastella. Ibiza, 2020 - Alfonso Pérez-Ventana

Situado en una cala al este de Ibiza, este “jardín de jardines” (así lo define su creador) concilia dos visiones diferentes de la isla: la idealizada y exotizante de su dueño y la de Alfonso Pérez-Ventana como estudioso de las plantas que realmente son propias del paisaje ibicenco. “En Ibiza se ha ido imponiendo un estilo estereotipado de jardín con cactus y suculentas, supongo que porque son las plantas que se asocia a los climas secos”, dice este jardinero. “En realidad, las especies que de verdad son de la isla ya están preparadas para este tipo de clima. Pero bueno, tampoco hay que ponerse radical”. Hechas esas concesiones a su cliente mediante algunos de esos cactus y suculentas, Pérez-Ventana se centró en aquellas otras plantas verdaderamente autóctonas para atender las necesidades del terreno. El jardín delantero, por ejemplo, se inclina sobre el acantilado de la cala, así que Pérez-Ventana lo plantó con lentisco, vitex y otras especies mediterráneas pensadas para resistir a los vientos salinos y otras condiciones propias del mar. El conjunto es una reivindicación de la diversidad mediterránea, una prueba de esa riqueza botánica de la que, según Alfonso Pérez-Ventana, en España todavía estamos aprendiendo a valorar en todo su potencial.

Jardín Seco. Ávila, 2021 - Muñoz y Moreu

“Los jardines deberían adaptarse a su tierra y clima para que el consumo de agua sea acorde”, explican Clara y Belén al describir este jardín de 3.500 metros cuadrados que mira de frente a la sierra de Gredos. Con esa idea y el “jardín seco” de Olivier Filippi como brújula (el maestro francés que revolucionó el paisajismo contemporáneo al impulsar la jardinería sin riego), estas dos socias diseñaron este proyecto como un sistema vivo que debía aprender a valerse por sí mismo. Ante la escasez de agua, las plantas fueron sometidas para ello a un entrenamiento radical: “Desde el primer momento controlamos mucho el riego para que las raíces se hicieran fuertes y tirasen hacia abajo para buscar el agua natural. En lugar de aportes de agua frecuentes y superficiales, aplicamos riegos profundos y distanciados en el tiempo que emulaban la lluvia. Así conseguimos que, una vez asentadas estas raíces, se pudiera retirar definitivamente el riego”. El resultado, un jardín seco que entiende que la verdadera belleza comienza bajo tierra, enseñando a las raíces a buscar su camino.

Dogs’ garden. Madrid, 2018 - Álvaro Sampedro

En este jardín de La Moraleja los senderos no nacieron sobre un plano en el estudio de su creador, sino del instinto de tres labradores al aire libre. Cuando la propietaria le preguntó a Sampedro si era capaz de diseñar un espacio pensado para sus perros, él no dudó: dijo que sí, aunque fuese su primera vez. Su estrategia fue ingeniosa: Álvaro Sampedro soltó a los animales en la parcela de 2.400 metros cuadrados y dejó que sus carreras y juegos marcaran el trazado natural del terreno. “De esa manera, logramos evitar que acabaran aplastando las plantas del jardín”, explica el jardinero. Esta eficaz solución es el eje de un proyecto de 2400 metros cuadrados que desafía la tradición del césped en España. Sampedro, a quien la antología de Phaidon destaca como una de las figuras clave de esta corriente paisajista, sustituyó las sedientas praderas de césped por una selección de matas herbáceas de Stipa y otras especies mediterráneas capaces de resistir los calurosos y secos veranos madrileños. El diseño logra una transición elegante, evolucionando desde una estructura formal junto a la piscina hasta una plantación silvestre de Achillea y Stachys.

Jardín en un molino. Madrid, 2010 - Urquijo-Kastner

Ubicado en Rascafría, este jardín diseñado por el estudio Urquijo-Kastner en torno a un antiguo molino de agua se aleja de la geometría rígida y busca ensalzar a la naturaleza al respetar sus propios modos de expresión. Ante la presencia abrumadora de la Sierra de Guadarrama, el estudio optó para ello por una intervención contenida que busca “enlazar y no confrontar”, utilizando especies locales como abedules y tejos para que el jardín no compita con la majestuosidad del fondo. Asimismo, para evitar esa relación brusca con el entorno apostaron por una estética orgánica inspirada en la resistencia vegetal. En lugar de imponer formas artificiales, se usaron podas regulares para imitar las formas redondeadas y achaparradas de la flora de alta montaña, donde el viento obliga a las plantas a crecer con ramajes cortos y follajes apretados. “Supongo que los editores de Phaidon vieron que este proyecto podía ser representativo de nuestros tiempos porque busca ese aspecto natural que tanto se lleva ahora”, considera Miguel Urquijo. “Creo que esta búsqueda de lo natural surge de la necesidad de compensar siglos de dominio y modificación de nuestro entorno. Hemos pasado de un jardín que imponía un orden y una geometría formal a un jardín que, en cierto modo, pretende resarcir y ensalzar a la naturaleza, esta vez respetando sus formas y modos de expresarse. Una manera de lograrlo es siguiendo sus patrones, ya que todo aquello que refleje (aunque sea parcialmente) esos patrones naturales conseguirá efectos, si no idénticos, al menos parecidos a los que provoca la naturaleza en nosotros, que siempre son positivos”.

Jardín Privado. Madrid, 2002 - Fernando Caruncho

En las afueras de Madrid, el jardín que envuelve el estudio de Fernando Caruncho se erige como el manifiesto vital de un pionero: el hombre que, con su particular sabiduría, fue de los primeros en situar el paisajismo español en la escena internacional. Filósofo de formación además de jardinero, Caruncho fusionó en este espacio personal la sencillez minimalista con el rigor del barroco y la espiritualidad del karesansui japonés, buscando un equilibrio poético entre la intervención humana y el paisaje. El diseño se vertebra en torno a un patio de entrada donde la horizontalidad de la grava rastrillada y un estanque circular contrastan con la verticalidad de los muros. Este espejo de agua, que evoca los antiguos sistemas de irrigación mediterráneos, genera una atmósfera de serenidad absoluta. El trazado, definido por simetrías precisas y setos de boj, guía la mirada hacia un pabellón con vistas de la sierra madrileña en el que Caruncho y su equipo se reúnen para diseñar sus proyectos. En conjunto, este jardín no es una simple suma de plantas, sino una geometría del pensamiento concebida para que el visitante recupere la conexión con la naturaleza y su propia quietud.

Jardín privado. Ibiza, 2018 - Juan Masedo

En el norte de Ibiza, Juan Masedo ha transformado una vieja finca de media hectárea en un refugio donde “la armonía natural me salva l ruido humano”, explica en el libro de Phaidon. El proyecto es una lección de respeto al genius loci o espíritu del lugar: Masedo recuperó la estructura de los antiguos muros de piedra seca y las terrazas, cosiendo el terreno con senderos de grava y piedra local que invitan a la pausa. Su proceso creativo se aleja de la jardinería convencional para entenderse como una narrativa en tres actos. Primero, Masedo el inventario de lo que ya existe en el lugar; después, la elección de los “personajes principales” —árboles y arbustos de gran porte que dan la estructura del diseño—; y finalmente, el sutil aporte de los “extras”, esos matices de color, aroma y textura que terminan de dar peso a la historia. Bajo la sombra de algarrobos y olivos, una trama de especies mediterráneas resistentes a la sequía, como la milenrama, la santolina y el romero, se entrelaza con el entorno de forma tan orgánica que el jardín parece no haber sido diseñado por él, sino haber formado parte del paisaje desde siempre.

Lur. Oiartzun, 2012 - Iñigo Segurola Arregui

Cerca de San Sebastián, el jardín Lur (tierra, en euskera) funciona como el laboratorio vivo donde Iñigo Segurola comprueba qué especies prosperan en el clima vasco antes de trasladarlas a sus proyectos. En este escenario de prueba y error, el lugar se ha ido poblando de bananeras, orejas de elefante, helechos arbóreos y otras plantas que han demostrado crecer con éxito en este entorno templado y húmedo, enumera él por email. No obstante, en este enclave donde a diferencia de otros paisajes la falta de agua no es precisamente un problema, Segurola no quedó libre de esa misma cura de humildad que impone la aridez en otros puntos de la península. Siguiendo la ética del jardín planetario, de Gilles Clément, el jardinero acabó sustituyendo la lucha por una aceptación casi absoluta del medio ambiente. Su mayor aprendizaje no vino de los libros, sino de los topillos: tras años de resistencia fútil, descubrió que al dejar de pelear, la población de estos roedores se equilibró sola. Para él, la jardinería es una maestra que enseña que “no todo se puede”; un ejercicio donde renunciar al control absoluto de la naturaleza permite que la belleza florezca sin obstáculos.

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