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Walt Disney estuvo cerca de quebrar. (33

El documental ‘Cómo se hizo Disneyland’ desvela los secretos del proyecto faraónico que el magnate empezó en construir a mano en uno de los momentos más delicados del estudio

La estación de tren conducía a Main Street, una recreación del típico pueblo americano de finales del siglo XIX.

Walt Disney tenía una obsesión: rediseñar el mundo. Empezó primero por la gran pantalla y produjo Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje de animación sonoro y en color. Después pasó a la televisión. Pero no era suficiente, quería dar el paso a rediseñar la propia realidad. Con esa idea concibió en los años cincuenta el primer parque de Disneyland. Ahora el documental Cómo se hizo Disneyland, estrenado en Disney+ y YouTube, utiliza entrevistas y vídeos de la época para revelar muchos de los secretos del proyecto faraónico que estuvo a punto de arruinarle a él y a todo el estudio en menos de un año.

La encargada de liderar esta labor casi arqueológica ha sido Leslie Iwerks, directora de documentales nominada al Oscar en 2007 por Recycled Life y nieta de Ub Iweks, colaborador de Walt Disney y responsable del emblemático diseño del ratón Mickey. La cineasta se sumergió en decenas de latas de 16 milímetros con las que se documentó la construcción y que, hasta ahora, habían permanecido olvidadas. Las mandó a restaurar y al revisarlas se percató de que en su mayoría contenían planos de las manos de los trabajadores confeccionando cada pieza del parque. De allí el título en inglés: Handcrafted, que en español significa “hecho a mano”.

“Nunca me habría imaginado ese esfuerzo incansable por cuidar la artesanía hasta el último detalle”, explica Iwerks a ICON Design por correo electrónico. “Lo que más me sorprende es que tanta gente se uniera para ayudar a Walt a sacar adelante lo que parecía imposible. ¡Y en tiempo récord!”, añade. En concreto, más de 2.000 trabajadores participaron en una obra que duró menos de un año y que, sin embargo, se hizo eterna por la sucesión de presupuestos desorbitados, huelgas de última hora y cientos de problemas técnicos.

Érase una vez un naranjal

A principios de la década de los cincuenta, los estudios Disney intentaban superar la crisis de la posguerra. Walt tenía claro que había que ampliar las fuentes de beneficios y hacía años que fantaseaba con llevar a la realidad el universo de su estudio. Lo concebía, en principio, como un pequeño anexo a sus estudios de Burbank de unas 6 hectáreas. Hasta que en 1953 encontró una finca de naranjos en Anaheim de 65 hectáreas. Intentaron convencerlo de que estaba muy lejos de Los Ángeles, pero Walt ya estaba decidido. Lo iba a hacer allí, lo iba a construir en un año e iba a televisar todo el proceso.

Walt formalizó un convenio con la red ABC para difundir un espacio semanal titulado Disneyland en el cual, aparte de breves piezas, se presentarían novedades sobre la edificación. La empresa, en retorno, subvencionaría un porcentaje del complejo. Los fondos partieron de cuatro millones de dólares, si bien no demoraron en incrementarse. Distinguiéndose de otras ferias, Disney pretendía que el más mínimo elemento poseyera una apariencia a medida. Se empleó a un nutrido conjunto de arquitectos y proyectistas, denominados imagineers, un híbrido de inventiva y mecánica, dándoles dos consignas primordiales: que los asistentes notarían la diferencia entre la excelencia y lo vulgar aun sin comprender la razón, y que toda obra debía brindarles alegría sin excepciones.

La edificación de este presunto paraíso se inició en julio de 1954, comenzando por la eliminación de todos los naranjos y la creación de enormes elevaciones de tierra para separar el recinto del entorno exterior. Posteriormente, basándose en el concepto de la gran feria ferroviaria de Chicago, Walt se había propuesto dividirlo en cinco áreas temáticas: Main Street evocaba las localidades tradicionales de Estados Unidos de finales del siglo XIX, Adventureland se centraba en la jungla, Tomorrowland en los tiempos venideros, Fantasyland en las fábulas y Frontierland en el remoto Oeste. Al tiempo que se reubicaba la vegetación a gran velocidad, se puso en marcha la planificación y el levantamiento simultáneo de estructuras y entretenimientos con apenas una décima parte de los esquemas técnicos completados.

“El poder del diseño del parque es verdaderamente fascinante. Desde la herrería al trabajo con los ladrillos, el cemento o toda la tematización y todo sigue visible a día de hoy”, estima Iwerks. Entre los elementos con mayor trayectoria destacaba el ferrocarril de vapor que recorría el recinto completo. Disney sentía pasión por las máquinas ferroviarias y ordenó fabricar una impulsada por vapor, siguiendo los métodos de inicios de centuria, con una proporción de cinco octavos para circundar el parque ―en su hogar poseía un modelo a un octavo denominado Lilly Belle―‍. El navío de vapor Mark Twain representó otra de las creaciones más complejas. Con una longitud de 32 metros, se fabricó íntegramente con componentes de madera que se tallaron y unieron individualmente en las instalaciones de Disney para ser trasladadas posteriormente al parque.

Problemas en el paraíso

Con procesos así de laboriosos, el presupuesto pasó rápidamente de los cinco a los siete y luego a los 11 millones de dólares. A mitad de año, no se habían levantado apenas edificios, pero la fecha de inauguración no se podía posponer: el estudio necesitaba cuanto antes los ingresos que le iba a reportar el parque. Así que el propio Walt empezó a invertir su propio dinero, vendió su casa de Palm Springs y sacó el dinero de la póliza de seguros que llevaba 30 años pagando. Ante los rumores de que acabaría con el estudio y la producción de películas, Walt respondía siempre con la misma frase: “Ya me he arruinado en otras cinco ocasiones”. El presupuesto final acabó en los 17 millones.

No obstante, a medida que aumentaba la inversión, surgían más fallos en el recinto. Durante la edificación de la atracción Ríos de América se movilizaron grandes cantidades de agua, sin embargo, la bentonita empleada para sellar los cauces falló y el líquido terminó filtrándose por completo en la tierra. Se producían escapes de gas de forma habitual ―uno de los cuales estuvo a punto de destruir el castillo de La bella durmiente― y los arquitectos desempeñaban sus labores con escasa o nula sincronización mutua. Se barajó la posibilidad de retrasar la inauguración de julio a agosto de 1955, aunque Walt no cedió en su decisión. Al mismo tiempo, en su programa Disneyland de la ABC se emitían tranquilas secuencias que mostraban lo que aparentaba ser una obra perfecta.

El último mes fue crítico. Toda la vegetación que habían plantado sin orden alguno empezó a morir y se dio la orden de pintarla con colores vivos. Gran parte del equipo, incluído Walt, dormía en Main Street y ante el aluvión de trabajo los fontaneros convocaron una huelga a pocos días de la inauguración. Se tuvo que decidir entonces entre acabar los baños o acabar las fuentes, porque no daba tiempo a terminar las dos instalaciones. “Los niños pueden beber cocacola, pero no pueden quedarse sin baños”, zanjó Disney. Así se encaminaron para la gran inauguración del 17 de julio, un evento que contaría con una gran retransmisión en ABC.

Los 26 kilómetros que trajeron las cámaras de la cadena entorpecieron aún más la recta final, en la que se tuvo que disimular que zonas como Futureland estaban más acabadas de lo que parecían. Así llegó finalmente aquel domingo 17 y 35.000 visitantes se lanzaron a descubrir el parque. En la televisión se vendió como un día histórico, retransmitiendo incluso atracciones que aún no estaban en funcionamiento, pero la opinión de la prensa escrita y del público fue otra. La temperatura fue de 37 grados, pero no había ninguna fuente operativa, los restaurantes se quedaron sin comida, hubo más fugas de gas y, para colmo, algunos de los trabajadores tenían resaca después de la fiesta del fin de obra.

“Aquí los adultos revivirán el pasado y los niños saborearán los retos y las promesas del futuro. Disneyland está dedicado a los sueños y sacrificios que construyeron Estados Unidos con la esperanza de que se convierta en una fuente de alegría para el resto del mundo”, proclamó Disney en su discurso inaugural. A la vista del resultado, los periódicos tomaron estas palabras como un augurio de su última y definitiva bancarrota y bautizaron al día como el domingo negro de Disneyland. Bastaron pocos meses para demostrar que se equivocaban.

En el mismo 1955 la compañía dobló los ingresos del año anterior. Hasta este año el parque ha registrado 900 millones de visitantes y, entre los seis complejos que hay repartidos en el mundo, suponen una de las fuentes de beneficios más estables del megagigante en el que se ha convertido Disney. A golpe de mucha artesanía, y aún más marketing, Walt consiguió su objetivo: rediseñó las vacaciones de las familias de medio mundo.

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