El fenómeno del Sharpie, cómo un rotulador pasó de la cultura del autógrafo en los noventa a colarse en todas las cocinas
Este bolígrafo ha hecho historia en las cocinas de todo el mundo. Y no por la nostalgia ni por la cultura pop, sino porque funciona

Está en cámaras frigoríficas, en estanterías metálicas, en mesas de pase y en los bolsillos de los cocineros. No es un objeto llamativo ni especialmente sofisticado, ni fue pensado para ese entorno, pero su uso se ha vuelto tan habitual que cuesta imaginar una cocina contemporánea sin uno.
Su historia es peculiar. Nació en 1964 como el primer marcador de punta fina capaz de escribir sobre superficies de plástico, metal, vidrio, cartón y casi cualquier otra. Frente a otros rotuladores que se borraban, corrían o se desvanecían, el Sharpie prometía algo sencillo, pero ambicioso: permanencia. Durante décadas, esa cualidad lo convirtió en una herramienta práctica para oficinas, almacenes y entornos industriales.
En los años noventa dio el salto a la cultura popular gracias a la fiebre del autógrafo. Tanto coleccionistas de rúbricas como famosos los llevaban encima esperando su momento para convertir cualquier camiseta, póster o balón en un recuerdo valioso. Esa capacidad de escribir sobre objetos curvos lo vinculó pronto con el deporte. Patrocinó a jugadores de golf como Arnold Palmer y protagonizó momentos ya míticos, como la celebración de Terrell Owens que en 2002, tras anotar un touchdown, sacó un rotulador de esta marca del calcetín para firmar el balón antes de lanzarlo al público. Esa unión con el deporte llevó a la marca a dar nombre a una de las carreras más exigentes de la NASCAR: la Sharpie 500.
Lejos del espectáculo, este pequeño marcador encontró un ecosistema donde sus cualidades lo hicieron necesario. Las cocinas profesionales comenzaron a adoptarlo por su versatilidad. En una cocina se escribe sobre tarros recién salidos del frigorífico, sobre recipientes húmedos, sobre superficies que condensan agua. Se escribe a menudo con prisa y se necesita que lo escrito siga ahí días después de pasar por el congelador.
A partir de los años sesenta, el sistema APPCC (Análisis de Peligros y Puntos de Control Crítico), desarrollado originalmente para garantizar que los alimentos destinados a los astronautas de la NASA fueran seguros, se convirtió en el estándar internacional para la gestión de riesgos alimentarios. El sistema exigía identificación clara, fechas visibles y trazabilidad, pero no especificaba cómo debía llevarse eso a la práctica.
Los profesionales de la cocina encontraron su propia solución a base de cinta adhesiva —barata, fácil de quitar y que no deja residuos— y rotulador permanente. El resultado es simple, visible y eficaz. El Sharpie no inventó ese método, pero su tinta lo hizo especialmente compatible con él. Con el tiempo, este binomio se convirtió en un lenguaje común, compartido por cocinas de todo tipo y tamaño.
Para Nel Castelo Mariño, al frente del restaurante Navaja Concept (Candás, Asturias), su valor reside en la duración de la punta fina, que facilita la legibilidad de las etiquetas porque “los cocineros no se suelen caracterizar por su buena caligrafía”. Sara Peral, de Osa (Madrid), añade que su tamaño, adaptado al bolsillo, es también importante. Otros profesionales, como Sergi Palacín (Hiu, Cambrils) o Sergio Sainz (Lavedan, Tramacastilla de Tena), confiesan que lo usan por cariño y por costumbre, tras haberlo descubierto cuando trabajaban fuera de España.
En algunas cocinas, el sistema va un paso más allá. Cada miembro del equipo adopta un color asignado. No solo sirve para identificar fechas o contenidos, sino también para saber quién ha preparado qué. El color se convierte en firma. En caso de acierto, permite reconocer el trabajo bien hecho. En caso de error, ayuda a localizar el origen del problema sin necesidad de largas discusiones. El rotulador pasa así de herramienta logística a instrumento de responsabilidad compartida.
Su popularidad es tal que llegó también al relato audiovisual. En la serie The Bear, convertida en referencia cultural de la cocina contemporánea, hay una escena icónica que en la versión original se escucha así: “¿Alguien puede darme un puto Sharpie? ¿Un puto Sharpie que escriba?”. El grito de Carmen, el protagonista, no es anecdótico. Es una escena que retrata la frustración de haber perdido el control en pleno servicio, mientras las comandas siguen entrando. En un entorno donde la memoria no es fiable y el ritmo es frenético, escribir es una manera de ordenar el caos.
@disenchanted_75 Get me a sharpie that works..🇮🇹 #carmyberzatto #thebear #jeremyallenwhite #chicago #yeschef #yeschefthankyouchef #thebearedit #sharpie #CapCut
♬ original sound - 🥀Natasha K Posvech🥀
Desde entonces, su presencia se ha normalizado también en las cocinas españolas, donde pasó de ser un objeto importado a una herramienta cotidiana, hasta desplazar a otras marcas. En muchas cocinas, cualquier rotulador permanente es un “sharpie”, aunque no lo sea. Un fenómeno que solo ocurre con algunos objetos como el clínex, una marca que acabó por recogerse en el diccionario.
Hay también algo profundamente humano en el gesto de escribir con rotulador. Mucho antes de conquistar las cocinas, el Sharpie ya había entrado en otro espacio de trabajo acelerado: las barras de Starbucks. En estas primeras cafeterías de especialidad, lo que empezó a ser una cuestión operativa acabó por convertirse en personalización. El rotulador convertía una bebida estandarizada en algo momentáneamente único, donde además había espacio para dibujar una cara sonriente o escribir alguna frase para esa persona que había hecho el pedido. Tanto es así que la cadena anunció el año pasado que “traería de vuelta los Sharpies para sus baristas” como parte de una estrategia para reforzar la experiencia de cliente.
Aunque fuera de este oficio sigue siendo desconocido en España, este rotulador forma hoy parte del equipamiento básico de muchas cocinas profesionales, al mismo nivel que un termómetro o una balanza. Ha hecho historia no por la nostalgia ni por la cultura pop, sino porque funciona. Y en una cocina, eso sigue siendo lo verdaderamente imprescindible.
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