Con inocencia y curiosidad
Ardillas moribundas, asfaltos idénticos y Sticky Vicky, la defensa de la inquietud que no produce beneficio


He visto morir a una ardilla. Se cayó de un árbol y sonó como un ¡pah!, y fueron varios minutos los que pasó arrastrándose, moribunda, por la acera. Mi amigo Jacobo y yo la miramos morir ―que es algo que me produce muchísima más curiosidad que mirar nacer―, grabamos un vídeo y teorizamos sobre si el animal había sufrido un infarto y había caído ya muerta o si se había resbalado de una rama y era el golpe lo que la había dejado exánime. ¿Morir antes de la caída o después de caer? Esa es la cuestión. A nuestro lado, un joven le dijo a otro joven: “Haz algo, tú que sabes”. Y automáticamente sentí envidia por todos los que saben cosas raras gracias a sus obsesiones excéntricas: roedores suicidas, infartos animales, cuerpos que se precipitan desde los árboles.
Me gustaría tener un talento, un hobby, una obsesión. Un entretenimiento que no sirviese para nada, que no aportase ningún tipo de capital económico o social, un pecadito delirante sobre las cartografías psicogeográficas, el número de cigarros que se fumó María Zambrano a lo largo de su vida, la trazabilidad de ideas originales en Instagram o el reconocimiento de las calles de Madrid según su asfalto.
Esta es la destreza que desplegó Jesús Moreno, vigilante de parking en el barrio de Vicálvaro, el 5 de mayo del año 2000 en el mítico programa Qué apostamos de TVE: “Jesús Moreno apuesta que será capaz de reconocer cinco de seis calles de Madrid, de un total de 100, viendo, tan solo, una fotografía del asfalto”. Ramontxu, disfrazado de obrero ―pero con pajarita rosa y fajín―, enseñaba al público algunas de las 100 fotografías que mostraban diferentes pavimentos, pero prácticamente idénticos, de piedritas pegadas con petróleo. Las cinco calles que Moreno adivinó fueron: Calle de Pradillo, María de Molina, Esparteros, Colón y la que hizo que yo me acordase de este programa porque es la calle en la que me crié: Paseo Alameda de Osuna. A Jesús Moreno se le caían las lágrimas de los ojos azul cielo tras acertar la última. Se libraba de la famosa ducha final del programa y ganaba medio millón de pesetas. El periodista y expolicía Manuel Jiménez apuntaba: “¿Y cuando llegue el alcalde y le asfalte cuatro calles?”. El gusto nunca debería obedecer a la actualidad.
Después de analizar el programa, me propuse llegar hasta el mismísimo Jesús Moreno. Necesitaba conocerlo y charlar con el hombre con uno de los mejores talentos que había visto nunca (después del de Sticky Vicky y su hija). Quería aprender de Jesús, saber si él había buscado esta afición o si era la afición la que le había encontrado a él. Cuál es el asfalto más bonito, el más rugoso, el que mejor guarda el calor. Dónde está la calle con más baches, la que mejor mantiene el pintado de las líneas discontinuas, cuántas pisadas caben en un día. Por qué el asfalto de Madrid sabe diferente. Alguien me dijo: “Es mentira, es un actor”, y me pareció irrelevante. Podría entonces conocer al actor que tuvo que interpretar el papel de Jesús Moreno, el hombre con uno de los mejores talentos que había visto nunca (después del de Sticky Vicky y su hija). Podría preguntarle por su método actoral, si había sido el papel más difícil de su carrera, si sus amigos le piden que interprete a Jesús Moreno cuando salen de fiesta. Me obsesioné con Jesús, lo busqué en todas partes, le pedí ayuda a mi jefa, a mis compañeros de la sección de cultura Eneko Ruiz y Natalia Marcos. Escribí a varias personas, llamé a algunos contactos, intenté llegar lo más lejos posible, pero, cuando estaba a mitad de camino, un amigo me escribió y me preguntó: “Pero todo esto... ¿es para un reportaje o para la columna?”.
Y sonó como un ¡pah! Y mi pulsión se hizo astillas. Yo no quería trabajar. Nada de mi obsesión y rastreo estaba relacionado con la posibilidad de escribir sobre ello. Si lo hacía, desaparecerían el hobby, la inocencia y la curiosidad sin rédito. Paré la investigachione. “¡Lo hermoso es batirse por nada!”. Evitar cortar el hilo con la infancia. Decidí, entonces, volver a mirar morir a la ardilla.
Desde hace un par de días ando con la cabeza metida de lleno en este nuevo proyecto basado en la réplica del desplome del animal muerto. La intención es lograr imitar su dolor, sus movimientos, su forma de retorcerse en el asfalto. Revisito el vídeo con frecuencia. Observo cada gesto, intentando perfeccionar la coreografía de un roedor que ha sufrido un infarto y se ha caído de un árbol o de un roedor que se ha resbalado de una rama y que, del golpe, se ha quedado exánime. Un gesto ambiguo donde ningún humano pueda diferenciar, por el retorcimiento, la causa de la muerte. La ausencia de motivo o razón, la falta de objetivo, es lo que me interesa. Me hago mayor.
Si logro dominar la técnica del desplome de ardilla caída de un árbol, me preocuparé porque nadie más lo sepa. Mantener puro e impoluto el goce, que no se convierta en parte de una identidad y, sobre todo, frenar cualquier posibilidad de que todas mis monomanías acaben tiradas en un texto exactamente como este.
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