Tadej Pogacar, despiadado campeón del ciclismo actual
Con cuatro Tours, un Giro, dos Mundiales en ruta y una decena de grandes clásicas ciclistas en el zurrón, este deportista que esconde su potencia mental y física tras una tez pálida y un cuerpo liviano aspira a todo. Compartimos con él carreras, entrenamientos y confesiones antes de que intente ganar hoy la Milán-San Remo

Tadej Pogacar busca ser el niño de 12 años que no pudo ser, el más bajito de la clase en una pequeña ciudad de Eslovenia. A los 27 años tiene aún el cutis infantil, pálido y suave, y aún no le sale la barba, y sus intentos de bigotillo de moda son una hilera de hormigas en su labio. Se tiñe el pelo platino como le gustaba al Eminem que idolatraba, y llegó a descargar 200 canciones suyas antes de engancharse a raperos eslovenos, se divierte tocando la guitarra con su novia, Urska Zigart, también ciclista, en su apartamento mínimo de Mónaco, 30 metros cuadrados, y llega a las carreras como el niño que busca diversión en la pelea.
Pero encuentra la rutina de la victoria.
Es tan duro… El espíritu del ciclista que pelea con Eddy Merckx, el pasado, por ser el mejor de la historia ha alcanzado la madurez plena, a su pesar. Merckx fue el autócrata austero y callado como un monasterio medieval; Pogacar es el autócrata barroco, florido y también callado, incapaz de contarse, el signo de los campeones. Más bajo que Merckx (1,76 metros frente a 1,82), más fino (66 kilos frente a 74), y el mismo sentido autoritario del poder, Pogacar, que solo compite 60 días al año frente a los más de 100 del caníbal belga, nunca alcanzará las 525 victorias de este en su carrera, ni sus siete Milán-San Remo (su gran objetivo esta temporada, este sábado) o cinco Giros. Pero, contradiciendo a Karl Marx, de la cantidad no se deriva la calidad. Cuatro Tours, un Giro, dos Mundiales, cinco lombardías, cuatro Strades, tres liejas, dos flandes… Menos victorias (lleva 109 en su cuenta, el doble que el siguiente ciclista en actividad), pero más selectas las del esloveno, nada de critériums y etapas en carreras de tercera.
“Cuanto más crezco, más difícil es despertar al niño que hay en mí”, dice, aplastado. La presión. El peso de la grandeza del Tour. Un niño no piensa, no calcula, no se agobia por perder, solo por no ganar, no da importancia a nada. Es la inconsciencia. Madurar es temer. “No podré seguir haciendo esto toda la vida. Tengo que disfrutar el momento”. Gloria transitoria.
Es la verdura de las eras, tan fugaz, un grano olvidado tras el paso del trillo que germina espléndido con la humedad del rocío del alba, y se apaga: sus ataques son el momento más hermoso de las carreras y a la vez la muerte del suspense, de la emoción. El Tour, los grandes monumentos de un día del ciclismo, el Giro, duran un segundo. Solo queda el ya visto 20 millones de veces. Una muestra vale por todas, la primera clásica del año, cuando el ciclismo sale del invierno al ritmo de la naturaleza, ya la primavera cerca, en Toscana. Resucita el Pogacar de siempre. Es sábado, 7 de marzo. Pogacar ataca a 80 kilómetros de la meta, levantando el polvo de los caminos de Siena, un torbellino que envuelve la realidad y ahoga a los rivales. Cuando el polvo se asienta en su pequeño mundo de soledad, su reino, se encierra en sus pensamientos: ¿cuánto va a durar el año?, ¿cómo voy a celebrar la victoria?, ¿cuánto se me acercará Paul Seixas, el francesito de 19 años que tanto se me parece, su ardor, su voluntad de ser el mejor?
Unos kilómetros antes, con su equipo de devotos gregarios, a los que exige amor absoluto, ha llevado al borde de la asfixia a todos los rivales, que solo desean levantar el pie, y ahora, en el descenso del monte de Santa Maria, ya respiran, qué alivio, ya nos dejó solos, ya podemos dedicarnos, nosotros, los humanos, a pelear por ser segundos. Así es como quiere que se le recuerde para siempre, solo, por encima de todos. Tocado por la varita, tan superior, y cuando los demás acaban muertos, el solo medio muerto.
Ha convertido en oficio repetido, artesano del pedal, mago sobre un escenario que no falla ningún truco, su capacidad de cambiar el destino de una carrera, de alterar su naturaleza, de hacer surgir lo inesperado, que es el germen de la hazaña. El fan vibra unos instantes, la piel de gallina, el espectador neutral puede apagar la televisión, él debe seguir pedaleando y venciendo, soportando el peso de su grandeza cada vez más insoportable, y de su deseo tan humano de luchar contra el olvido, de que la única huella de su paso por el mundo al desaparecer no sea la frágil memoria de los otros.
La víspera de la carrera, pelo demasiado largo para su estilo, alborotado por debajo de la gorra, los organizadores de la Strade Bianche de Siena, la clásica del grand slam ciclista que más le divierte, descubrieron un mojón de dura piedra para bautizar con su nombre uno de los sectores de sterrato (carretera de polvo blanco entre cipreses) más duros de la carrera, el del Colle Pinzuto. Él estaba allí para presenciar el honor, y para filosofar en cierta manera. “Espero que esta roca esté aquí para siempre, que nadie la robe o que no la cubra la naturaleza…”, dijo. “No es lo mismo que el trofeo de una carrera. Es algo que permanece más en la memoria. Y no acaba en un rincón de casa, toda la gente que pasa lo ve”.
Quizás esta consciencia de la brevedad de la vida, tan veloz, la necesidad de una huella sólida, naciera en su interior el año de la covid, que le pilló a los 21, y le marcó como marcó a todos los deportistas de su generación, y a los más jóvenes: la necesidad de la recompensa inmediata, un trono para el individuo absoluto, el carpe diem antes que el dies irae. “Después de todos estos años y todas estas victorias, empiezo a darme cuenta de que estamos haciendo algo grande”, contestó en una conferencia de prensa cuando le preguntaron si era consciente de que está haciendo historia. “Y sí, disfruté ese proceso, y espero que no dejemos de escribir este libro en el que estamos ahora”.
Llega solo a la plaza del Campo, la cuesta renacentista, dando botes sobre las losas mal ajustadas, un pasillo mínimo entre la multitud, las gárgolas de los palacios entre aterradas y alucinadas. Llega como Ulises al final de su odisea. Vuelve a ser niño. Cruza la meta con los brazos en alto formando la V de la victoria, y se baja de la bici, a la que agarra con la mano izquierda mientras levanta el brazo derecho, el puño en alto, y grita feliz. “En las clásicas solo vas allí un día, no es nada. Es como si la vida se concentrara en ese día, pero no es una presión como en el Tour, donde tienes que concentrarte cada día para alcanzar el gran objetivo. El Tour es mucho más estresante, por lo que es imposible divertirse igual cuando te pasas todo el día en la bicicleta y acabas cansado. Trabajas durante 21 etapas y solo después tienes derecho a sentirte feliz por lo que has hecho”, explicaba este invierno en Benidorm, donde, terminadas las rápidas vacaciones de noviembre que siempre se le hacen cortas, comenzaba la temporada con una concentración con el equipo. Y pensaba solo en la primavera, no en julio. Después de dejar a decenas de periodistas de todo el mundo con la boca abierta al afirmar que prefiere ganar su primera París-Roubaix (12 de abril), el Monumento de un día que se disputa por el viejo pavés del norte de Francia, antes que un quinto Tour, y también su primera Milán-San Remo (hoy, 21 de marzo), el Monumento más sencillo en apariencia y el más difícil de conseguir, explica las razones: “Solo quiero hacer lo que me mantenga interesado en el ciclismo y no perder la motivación y rendirme porque se vuelve aburrido. Quiero vivir todas las experiencias, sacar el máximo partido al ciclismo para que, cuando me retire, no tenga nada que lamentar y pueda decir que lo di todo en todos los aspectos del ciclismo. Si alguna vez gano estas dos carreras, entonces sí, pensaría que no hay mucho más que pueda hacer. Simplemente me gusta volver a estas carreras e intentar ganarlas porque no las he ganado nunca, pero no estoy obsesionado con ello…”.
El sábado de Siena, donde resurge el ciclismo de antaño y resucita su infancia, han pasado más de siete meses desde el Tour.
Mes de julio. Llega a meta tras la etapa de Courchevel en los Alpes del Tour, se mira las mangas de la túnica amarilla, el maillot del líder, del mejor, y dice: “Me pregunto todos los días ¿qué hago yo aquí?”.
Fue un momento, una frase, liminal, de tránsito. ¿Ennui existencialista? ¿La puerta de entrada en el absurdo ante el vacío por las acciones repetitivas? ¿O simplemente aburrimiento por las repetidas conferencias de prensa cotidiana, lo que más odia, las preguntas mil veces repetidas todos los días encerrado en un camión en meta con el aire acondicionado en temperaturas mortales? ¿El cansancio de soportar lo inexplicable: “Me matan si ataco; me atacan si no me muevo”? ¿Se había caído de la bicicleta y golpeado en la rodilla, como explicó meses más tarde, o se había caído, metafóricamente, del caballo como san Pablo camino de Corinto y golpeado en la cabeza?
Habla de que cuenta los días para que acabe la carrera, como un preso que tacha números del calendario. “Y estoy descontando los años hasta que me retire”, dice, como diría un trabajador que cumplidos los 65 solo cuenta los días que le faltan, esperanzado o desolado, para jubilarse. Se retirará, promete, cuando se acabe su contrato con el UAE Team Emirates XRG —más de siete millones de euros anuales— en diciembre de 2030, cuando haya cumplido los 32. Aunque él lo desconozca quizás, es la edad a la que se retiraron los más grandes en la historia del Tour, Merckx, Hinault, Indurain…
Habla también de la niebla que envolvía el Tourmalet, cuando su mente, entre la bruma despistada, perdida, se aclaró, como si una neurona hiciera clic en su cerebro. En el descenso levantó el pie. Dejó que el fugado ganara la etapa, un gesto inaudito. Fue el 19 de julio, el domingo final de la segunda semana de su cuarto Tour victorioso.
Desde que debutó en ella, y la ganó, en 2020 a los 21 años, la gran carrera francesa es su patio de juego, de diversión y éxito, aun en la derrota. Las seis veces que la ha disputado ha quedado entre los dos primeros: cuatro veces primero, dos segundo. Ha ganado 21 etapas, y de todo tipo, de finales en repecho, contrarrelojes, de alta montaña, en fuga solo, en llegadas en grupo, en sprints… Con la ayuda de un equipo fortísimo, de cracks capaces de limitar sus ambiciones de victoria a cambio de un buen sueldo, ha perfeccionado su dinámica y su dominio de tal manera que todos los demás solo esperan ser segundos, y cruzan los dedos para serlo. Así comienza el Tour de 2025. En la Rouen de Jacques Anquetil, una calle en cuesta sobre el Sena que avanza lento, en curvas de ballesta cada vez más arqueadas para verter su vida en el mar unos kilómetros más allá, consigue espléndido la centésima victoria de su carrera. Revive sus duelos en los San Remo, Flandes, Roubaix, con Mathieu van der Poel, su alma gemela, su motivación máxima. Ciclismo puro. Locura romántica. Demolición de convenciones.
Días después, esplendor en los Pirineos, la cima de su carrera, en piernas y cabeza, y los muros de Bretaña y Normandía, y, a partir de ahí, el declive. Miseria triste en los Alpes, y ni siquiera el Ventoux desconocido despierta su sed. La chispa apagada, la duda. Imbatible, pero obligado a ganar, despiadado destino. Como si su excepcional capacidad física no fuera sino un regalo envenenado de los dioses y de los genes de sus padres que le obliga a ser excepcional.
A falta de datos oficiales, secretos siempre, los fisiólogos, desconcertados, intentan calcular su capacidad física, y llegan a cifras nunca vistas. “Utilizando datos de ascensos disponibles públicamente, datos antropométricos de los ciclistas y modelos mecánicos validados de la potencia de pedaleo, los resultados indican una potencia media estimada de 442 vatios, un consumo medio de oxígeno correspondiente de 80 ml/kg/min mantenido durante unos 40 minutos”, se lee en un estudio de la Universidad de Molde, en Noruega. “La extrapolación de estos esfuerzos y las relaciones conocidas entre la potencia crítica y el V̇O₂ máximo [capacidad de consumo de oxígeno] sugieren que el V̇O₂ máximo de Pogacar durante la carrera probablemente superó los 90 ml/kg/min. Estos hallazgos subrayan cómo las continuas mejoras en el entrenamiento, el equipamiento y la fisiología de los ciclistas siguen superando los límites del rendimiento”.
Su entrenador es Javier Sola, un sevillano de Alcalá de Guadaíra, una persona discreta que huye de los micrófonos y los focos, y de las hipérboles. “Esos números quizás sean un poco exagerados”, dice. “Suele pasar con los estudios estadísticos”. Sin embargo, no desmiente que trabaje con un organismo excepcional.
“Cuando termino cada entrenamiento, Sola me envía un mensaje para recordarme que suba a la nube el archivo con los datos de la sesión, pero también para preguntarme cómo van las cosas”, dice Pogacar en el confesionario de Benidorm. “A veces me molesta, y no respondo inmediatamente porque, cuando llegas a casa después del entrenamiento, lo primero que quieres es ducharte, comer y recuperarte un poco, pero a él no le importa si no le respondo inmediatamente y lo entiende. Eso demuestra que realmente se preocupa por cómo me siento, cómo me va el día, no solo el entrenamiento, y creo que es muy importante tener un entrenador con el que puedes hablar de cualquier cosa. No creo que me haya cambiado en absoluto como ciclista, pero, sí, trabajamos bien juntos y, por supuesto, he mejorado desde que estoy con él, pero he mejorado cada año hasta ahora, así que…”.
Con Sola y con los compañeros de equipo, Pogacar convive más días que con su novia. Y sufre. Es un animal en el zoo que no encuentra soledad silenciosa ni alegría en las concentraciones y entrenamientos por las rutas de Alicante y Valencia, que antes adoraba. El agobio en la carretera, en la puerta del hotel, globeros maleducados e impacientes a los que quizás le gustaría responder como Fernando Fernán Gómez a aquel lector al que se niega a firmarle un libro. “Le admiraba hasta ahora”, le dice el lector. “Pues déjeme de admirar, no me hace falta su admiración. ¡Váyase usted a la mierda! ¡A la mierda!”.
Pero es el globero el que le hace una peineta cuando Pogacar le dice que espere para hacerse un selfi con él. “El problema es que antes solo venían profesionales y sub23, ahora la gran mayoría son populares y esto parece La Meca que vienen a peregrinar”, explica Sola. “Y a veces no se dan cuenta de que estamos trabajando. Él no niega una foto a nadie, pero el aficionado tiene que darse cuenta de que hay unos tiempos. Y si ven que estamos hablando algo de trabajo, solo hay que esperar un momento. Es cuestión de educación”.
Pogacar, físico excepcional y cabeza de campeón, epicúreo del ciclismo y la vida, no tiene más remedio que abrazar el estoicismo, encontrar virtud en la necesidad. “No es fácil. Hay mucha atención, muchos medios de comunicación, muchas obligaciones con los patrocinadores”, dice. “Diría que es duro, pero no tan malo. Intento disfrutar de estos momentos en los que tengo la suerte de estar en la cima e intento aprovecharlo al máximo para mi vida y para la gente que me rodea. Así que creo que todo vale la pena”.
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