El hombre que habitaba el silencio, un relato de Manuel Rivas para el Día del Padre
El escritor gallego cuenta en este texto la historia de su padre, un albañil y saxofonista de salones de baile que no fue a la escuela y que vivió la dureza de la posguerra y la emigración

Tenía un hoyuelo en la barbilla. Era presumido, a su manera, y no le perjudicaba que lo comparasen con Kirk Douglas. No nació con él. Iba a decir que no era natural, el hoyuelo, pero tampoco sería exacto. Una cicatriz de su época de niño vaquero, hecha con la voluntad de estilo propia de la naturaleza. Lo recordaba de tal manera que el hoyuelo tenía la forma de un cuento. Era hijo de Dominga, costurera, y Manuel, carpintero. Dominga enfermó y hubo que repartir la prole en casas familiares. A mi padre lo llevaron con sus abuelos campesinos. Estaba un día al cuidado de las vacas, cuando oyó que crujían las vigas del cielo. La primera vez que veía un avión y de qué manera. El bimotor volaba tan bajo, tan a ras, que mi padre aseguraba que, por un instante, cruzó la mirada con el piloto. Y la misma curiosidad tuvo la vaca que pacía a su lado. Levantó la testa y el pitón de un cuerno justo acertó en la barbilla del chaval. Cuando recobró el sentido, tenía el hoyuelo.
No fue a la escuela. Trabajaba duro, hasta que los pies pisaban el sol. Hablaba de aquel tiempo de posguerra como quien desmiga un pan duro. Como él decía, aún no se había inventado la infancia. Ni la cena.
Yo quería mucho a aquel muchacho del hoyuelo y que dormía a solas con el hambre y el carillón del viento. Y con el miedo merodeando entre las tejas.
El padre había estado fuxido (huido) en el monte después del golpe del 36. Como casi todos los trabajadores en la comarca coruñesa As Mariñas, había pertenecido al “sindicato”. A la CNT. Y eso significaba, de entrada, ser sospechoso de anarquista. En la República, llegó a la parroquia una Santa Misión para recristianizar a aquellos paganos. En el sindicato acordaron una acción para mostrar el desacuerdo y a mi abuelo le tocó, por sorteo, ser el protagonista de lo que hoy llamaríamos performance. Presentarse en burro, vestido de nazareno, e irrumpir la prédica al grito de “¡viva Cristo Rey!”.
El abuelo carpintero supo que el apocalipsis estaba al caer por otro episodio que tenía que ver con el clero. A principios de julio del 36, iba al trabajo con otros compañeros en el remolque de un camión. Lloviznaba. Adelantaron a un sacerdote en sotana que se cubría con un gran paraguas negro. Los ocupantes del remolque no pudieron resistirse a aquella escenografía perfecta y soltaron una estela de graznidos de cuervo. Y la voz del cura atronó en el alba, con una información de alto calibre: “¡Ya veremos quien ríe dentro de 15 días!”.
—¡Lo sabía! Sabía lo que iba a pasar —murmuró el abuelo en la penumbra del taller. Parecía que estaba allí, absorto, en aquella carretera rural del oeste. Los graznidos de burla y aquel cura feroz anunciando el infierno.
Habitaba el silencio y fue una de las pocas veces que lo rompió. Tenía un pelo muy blanco, luminoso, que alumbraba más que la lámpara. Me gustaba estar allí con él, hipnotizado por esa relación afectuosa que tenía con la madera y las herramientas. De vez en cuando, exclamaba: “¡Boh!”. Una enmienda a la totalidad. La última vez que lo rompió, el silencio, fue en el lecho terminal. Yo ya era un adolescente con pájaros en la cabeza y balbuceé algo consolador sobre la primavera. Pero él me regaló un poema de verdad, popular, algo de lo mucho que el silencio había sepultado: “Se o cuco non cucou en marzo ou en abril, ou o cuco está morto ou o fin está a vir” (si el cuco no cantó en marzo o en abril, o el cuco está muerto o ya viene el fin).
Sí, escuchaba conmovido los recuerdos de mi padre como un camarada. La liberación que supuso ir a trabajar de pinche de albañil en la ciudad. Con qué alegría saltaban sobre el vagón del tren en el puente de Cambre. Cómo, por las noches, aprendió a solfear antes que a leer libros. A su padre, Manuel de Sigrás, mi abuelo carpintero, le habían pagado un trabajo en especies. En este caso, un viejo saxofón. Y en la red de favores solidarios, encontró un maestro que le enseñó a tocar. Así que el joven albañil iba a animar los fines de semana en salones de baile, muchas veces improvisados en galpones o alpendres rurales. No adornaba en especial aquella experiencia. Para él, insistía, era un trabajo más. Y el saxofón, una herramienta. Tan era así, que se fue de casa, el saxofón, cuando mi padre se lo dio a un compañero. Lloramos.
—¡Lo necesita más que yo! —dijo mi padre desconcertado.
Y vimos al hombre marchar apesadumbrado como si el estuche fuera un pequeño ataúd.
Tocando en uno de los salones rurales, el joven del hoyuelo había conocido a Carmiña. Mi madre. Ella era de una familia campesina muy numerosa y muy humilde, los Barrós de Corpo Santo, pero con una gran riqueza: los mil años de risa popular. “¡Pobres, pero no pobrecitos!”, decía mi madre. El padre, mi abuelo Manuel de Corpo Santo, enviudó con una gran prole de 10 chicas y chicos. Él era un demócrata de los de Azaña y se salvó de milagro, por un párroco, cuando iba a ser “paseado” por una Brigada de la Noche. Su refugio histórico no fue el silencio, sino hablar sin parar. Hablar con la gente. Hablar solo. Hablar con los árboles. Mi madre, Carmiña, trabajaba de lechera en el barrio coruñés de Monte Alto y allí se estableció la pareja, en un bajo de alquiler, donde nacimos las dos primeras criaturas, María y yo. Los otros dos, Paco y Sabela, nacieron en el “ranchito” que autoconstruyó mi padre en la tierra comprada gracias a la emigración en una ladera del monte de Elviña.
Sí, yo admiraba como un héroe al albañil atlante que en 1957 emigró a Venezuela con la voluntad de ahorrar para construir una casa propia. Cuando escucho decir que la emigración española en el franquismo era diferente, que los “nuestros” iban con papeles y en perfecto estado de revista, me viene a la cabeza el relato irónico de mi padre: el billete gestionado por un prestamista y las instrucciones para identificarse como ingeniero, en viaje de turismo a la llegada a puerto venezolano. Y así lo hizo: “¡Que sepáis que, durante un día, yo fui ingeniero de Obras Públicas!”. En la misma ciudad portuaria, en La Guaira, al poco de llegar, lo contrataron en una obra. El acuerdo incluía una litera para dormir en un barracón colectivo. Un día de mucho calor, trabajando, descamisado, en el tejado de un edificio, un compañero venezolano le avisó: “¡Gallego, hueles a llanta quemada!”.
—Y era verdad. El Negro tenía razón. Me estaba ardiendo el cuerpo. ¡Echaba humo por la espalda!
Bajó al muelle, se refrescó, y le dejaron beber de un cubo con hielo. Aquella noche comenzó el peor viaje de su vida. El barracón giraba como una hormigonera donde se mezclaba hielo y fuego. Durante aquellos días interminables de irrealidad febril, su único contacto con la realidad era una voz chillona que llamaba por una mujer: “¡Mercedes, Merceditas!”. Un día, por fin, se paró la máquina de desesperar. Le visitó el Negro, con algo de comida.
—¡Pensé que te ibas para siempre, gallego!
Cuando se recuperó, mi padre preguntó por la vecindad del barracón que si conocían a alguna Mercedes. Y le contaron que era una mujer que tenía un loro real, chévere y parlanchín. Y que se habían marchado, Mercedes y el loro real, unos días atrás.
Sí, yo admiraba como un héroe al hombre del hoyuelo que se parecía a Kirk Douglas.
Pero había unos días al año en que lo detestaba. El buen hombre que era mi padre se convertía en un ser perverso. Los domingos de fútbol. Más en concreto, los domingos de fútbol en el estadio de Riazor. El campo del Deportivo. Donde se ejercía el derecho a soñar y donde podríamos enterrar nuestro corazón. Y yo tenía la oportunidad de estar allí. Había un vecino, el señor Gregorio, técnico de la emisora de Radio Coruña, EAJ 41, situada en lo alto del monte donde teníamos nuestra casa y huerto, que era socio del club y se ofrecía a llevarme. Y justo, cada domingo de partido, era el día de la plantación. El día de la patata. El día de los repollos. El día de las cebollas. El día de los tomates. Los sábados por la tarde me afanaba en adelantar el trabajo. Aprendí a abrir los surcos con voluntad caligráfica, colocaba cada plantón con un tacto quirúrgico. Llegaba el domingo, después de comer, y el auto del señor Gregorio bajaba la cuesta y se detenía ante nuestra casa. Yo tenía siempre la secreta esperanza de que el orden mundial hubiese cambiado y de que la negociación llegaría a buen fin. Pero el señor Gregorio arrancaba el auto y yo quedaba plantado, en tierra, hundido en el estiércol del rencor y la rabia. Mi padre, silencioso, sin explicaciones, reanudaba el ciclo agrícola. Me había tocado. Estaba ante el bastión de lo inexplicable. Había una persona, una sola persona en el mundo, que odiaba el fútbol de esa forma. Y esa persona resultó ser mi padre.
No se trataba de desinterés o indiferencia. Si estaba en un bar y la conversación derivaba al fútbol, él pagaba y se iba. Ni un mal gesto. No confrontaba. No era algo que mereciese la pena ni siquiera para llevar la voz contraria. Su rechazo era ontológico. El fútbol era una gran bobada. Una majadería. Y los gritos del estadio, el ruido de una estupidez global.
Un día de domingo. Había partido en Riazor. Jugaba el Deportivo con el Rayo Vallecano. Mi padre estaba sentado en un escalón del porche. Al lado, disponibles, un plantel de pimientos de Padrón. Mi madre me dijo: “¡Ponte el pantalón y los zapatos nuevos!”. El señor Gregorio detuvo el coche. Bajó. Saludó sonriente. Y me hizo un gesto para que subiera rápido. Cuando miré hacia atrás, mi padre ya no estaba.
No quería ser testigo de aquel fracaso de la humanidad.
Por la noche, cuando regresé, estaba escuchando la radio a oscuras. Le gustaba oír música así: “¡Estos negros tocan como Dios!”. Y además se la tenía jurada, por ladrones, a la compañía eléctrica.
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