Draft 2:* Los apiarios públicos de Valencia alcan
La capital del Turia acoge hasta 24 colmenas urbanas gestionadas por el Ayuntamiento. Además de producir miel, actúan como termómetros medioambientales
“Esta es impresionante”, asegura Toni Fernández, relamiéndose literalmente los dedos para degustar las gotas de una miel espesa recién obtenida del panal. “Se nota el aroma floral”, señala este veterano apicultor mientras destaca la repercusión del clima o de la flora en el sabor. En esta ocasión, el matiz de azahar impregna la melaza cuya denominación de origen no es un ecosistema campestre y remoto, sino uno de los distritos céntricos de Valencia. Porque en este lugar, las abejas ya no son unas agradables o temidas visitantes concentradas en recolectar este néctar dorado, sino unas residentes con cartilla de empadronamiento en diversos puntos de esta urbe.
Desde hace varios años, los Jardines del Real, la azotea del Centro de Bienestar Social de Patraix o el tejado de Las Naves en el Grau albergan colmenas urbanas que no solo producen miel, sino que se han convertido en vigilantes ambientales y en un puente entre la ciudad y la naturaleza. El colmenar municipal, gestionado por el Observatori Municipal de l’Arbre (OMAV), cuenta actualmente con 24 colmenas repartidas en seis emplazamientos estratégicos y produce unos 450 kilos de este producto al año, en dos cosechas: verano y otoño.
“Lo más llamativo es que conviven sin problemas. Están en alto para evitar incidentes y sirven incluso para detectar especies invasoras, como la Vespa orientalis o la Vespa velutina”, explica Fernández durante una cata en el festival Gastrónoma, celebrado en noviembre en la Feria de Valencia. El día a día no solo incluye la atención de las abejas y la cosecha de miel, sino también actividades didácticas y excursiones de centros educativos. “Cuando acuden estudiantes o adultos, se quedan maravillados de tener esto tan cerca de casa”, anota. Se sorprenden también por la calidad de su producción.
El proyecto no es solo una cuestión de miel. Las abejas son bioindicadores perfectos de la salud ambiental de la ciudad. Las muestras de este jarabe, el polen, la cera y los propóleos se analizan periódicamente en el Laboratorio de la Miel de la Universidad Politécnica de Valencia (UPV), ayudando a medir la calidad del aire, la presencia de contaminantes y la existencia de amenazas naturales. “Si las abejas pudieran hablar, probablemente nos reclamarían más especies botánicas autóctonas en los jardines”, bromea el encargado, que alude a la normativa de París como modelo avanzado de este tipo de iniciativas.
Además, los colmenares urbanos permiten rescatar enjambres y darles una segunda oportunidad. Fernández recuerda cómo trasladó uno de un nicho del cementerio municipal a los Jardines del Real, a pocos pasos del centro histórico de Valencia. Experiencias como esta muestran cómo la ciudad puede integrar la naturaleza sin conflictos. Y el impacto social también es notable. “Cuando la gente descubre que hay 40.000 abejas habitando encima de su edificio, la reacción suele ser de asombro y admiración, no de miedo”, asegura Toni Fernández. Es el reflejo de un cambio cultural y de un paso más hacia la sostenibilidad.
Valencia se convierte así en un ejemplo de convivencia con la fauna: abejas que trabajan entre terrazas y semáforos, paseantes que aprenden a respetarlas y profesionales del sector que equilibran tradición y modernidad. “Más allá de que piquen o no, las abejas son insectos sociales fascinantes, y la apicultura urbana puede aportar mucho en concienciación ambiental, educación y biodiversidad”, concluye el experto. En un paisaje donde habitualmente prima el ruido, ahora resuena también el zumbido de quienes ejercen un poder enorme: las pequeñas inquilinas que dominan la ciudad.
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