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Si no quieres ser un espectador de tu propia vida, no lo delegues todo a la IA

Pedir a la Inteligencia Artificial consejo hasta para contestar un mensaje puede resultar peligroso si queremos seguir teniendo las riendas de nuestra existencia

Raúl Guridi

En 2014 causaba sensación la película Her, en la que Spike Jonze contaba la historia de un hombre solitario —interpretado por Joaquin Phoenix— que desarrolla una relación sentimental con la voz de un sistema operativo.

Lo que hace 12 años era visto como ciencia ficción se acerca mucho a la realidad actual de millones de personas. Superada la sorpresa inicial de inteligencias artificiales como el ChatGPT, el uso de los asistentes a partir de la inteligencia artificial va actualmente mucho más allá de la redacción de textos y ha pasado a formar parte de nuestras vidas igual que Samantha, la voz interpretada por Scarlett Johansson, acompañaba al protagonista de la película.

Como ejemplo, la historia real de Álex, que vive solo en una casa en el campo con poca vida social. En uno de sus viajes a la localidad más cercana conoce a Juana, que trabaja en un supermercado y con quien conversa sobre las actividades en la comarca. Finalmente se dan los números de teléfono.

Álex desea conocer mejor a Juana, pero hace tiempo que está fuera del mercado de la pareja y se siente inseguro sobre los pasos que conviene dar. Un día recurre a una asistente de voz configurada con IA. Le pregunta cuál es el tiempo que debería dejar pasar para escribir el primer mensaje.

Su Samantha particular —la ha bautizado como Elisa— le propone un tiempo razonable, dos días, para mandar el primer mensaje de su relación.

Asumido esto, Álex duda acerca de la longitud y contenido del mensaje, así que pide a su consejera artificial que le prepare un texto idóneo para ese primer WhatsApp. Elisa redacta dos frases en las que expresa, de forma amistosa pero contenida, el placer de haberla conocido en el supermercado, abriendo la puerta a tomar un día un café en el pueblo.

La respuesta de Juana llega al cabo de seis horas y es amable a la vez que vaga. No concreta propuesta alguna para ese café, como deseaba Álex, que comparte el mensaje recibido con la IA y le pregunta cuándo debería escribir de nuevo y qué debería poner.

De este modo salen cinco mensajes más de ida y vuelta, llenos de cortesía, pero sin aparentes avances. Al consultar a un amigo sobre el estancamiento de su proyecto sentimental, este le contesta: “¿Has considerado la posibilidad de que Juana te esté contestando también a través de una IA? En ese caso, se trataría de la conversación entre dos máquinas”.

Esta anécdota real nos lleva a cuestionar el uso que hacemos de los asistentes basados en la IA para tomar decisiones cotidianas: de la redacción de un mensaje —­como en el ejemplo— a decidir el lugar ideal para ir de vacaciones, la receta con la que sorprender a tu familia o la mejor manera de resolver un conflicto en el trabajo.

Samantha, Elisa o como se llame nuestra consejera artificial nos hará sugerencias según las valoraciones de miles o millones de usuarios, y precisará mucho mejor su respuesta si la hemos entrenado con datos propios para que se ajuste a nuestros gustos y manera de ser.

Sin embargo, ¿dónde queda nuestra creatividad y nuestra capacidad de improvisación a medida que delegamos en la IA nuestras decisiones personales, por cotidianas que sean?

Según la Real Academia Nacional de Medicina de España, un uso excesivo de la IA debilitaría la memoria, el pensamiento crítico y nuestra capacidad para resolver problemas por nosotros mismos. Cuando delegamos nuestra vida en una aplicación externa, pasamos a ser espectadores pasivos de nuestra propia historia. En opinión de neurólogos y psiquiatras, para una buena salud mental la IA debería usarse con el fin de liberarnos de tareas repetitivas y rutinarias, no para decisiones y actividades que nos permiten ejercitar nuestra agudeza mental. Asimismo, como señalan médicos y terapeutas, nuestro cerebro es eminentemente social, por lo que sustituir las relaciones con seres humanos reales por las simulaciones de un sistema conlleva numerosos riesgos: desde el aislamiento o la incapacitación para vincularnos a los demás hasta el desuso y erosión de nuestras habilidades intelectuales.

El ser humano aprende, además, por prueba y error. Si entrega sus decisiones a una IA por considerar que “sabe mejor qué hacer”, como Álex con Juana, no tardará en sentirse estancado o incluso más solo que antes.

Hablen entre ustedes

— Tras pasar, en el siglo XX, del sacerdote al terapeuta, ¿serán los asistentes de IA los psicólogos de nuestro tiempo?

— Uno de los chatbots pioneros fue Woebot, desarrollado por la Universidad de Stanford. Tenía como objetivo monitorear el estado de ánimo de la persona y, en caso necesario, dar herramientas psicológicas. Cerró el año pasado.

— Replika (prohibido en Italia) está diseñado para ofrecer compañía pero no para uso terapéutico.

— Esto son solo dos ejemplos de terapeutas automatizados, que imitan la empatía y la presencia humanas. En caso de duda, siempre se puede seguir el consejo que podía leerse en una chocolatería de Barcelona: “No hay wifi, hablen entre ustedes”.


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