De la Tierra a la Luna sin salir de la Sierra Oeste de Madrid
El antiguo monasterio de Pelayos, un vermú de garnacha, un búnker de la Guerra Civil, el Museo Lunar de Fresnedillas y otras sorpresas de una ruta por esta comarca recién incorporada a la Red de Pueblos Gastronómicos de España

La primera foto de la Tierra hecha por un ser humano desde la Luna llegó, antes que a ningún otro lugar del planeta, a Fresnedillas de la Oliva, un pueblo de la Sierra Oeste madrileña que en 1968 tenía pocos habitantes —menos de 500, la tercera parte que ahora—, pero magníficamente bien pagados, porque la NASA había instalado una antena parabólica tipo Cassegrain que era imprescindible para controlar sus misiones tripuladas. De hecho, siete meses más tarde, el 20 de julio de 1969, todas las comunicaciones con el módulo lunar Eagle de la misión Apolo 11 se recibieron a través de la estación de Fresnedillas, incluida la que contenía la celebérrima frase de Neil Armstrong: “Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
Para salto, el que se puede dar viajando por esta comarca. Será un salto de ocho siglos, porque empezaremos en Pelayos de la Presa, descubriendo las enormes ruinas del monasterio más antiguo de Madrid, de 1150. Y acabaremos en el Museo Lunar de Fresnedillas. No necesitaremos cohetes, módulos ni astromóviles todoterreno: solo un coche normal y corriente. Y para mantener las constantes vitales, nada de alimentos liofilizados ni bebidas en polvo deshidratadas, sino lentejas con chorizo y morcilla de la comarca, carne de vacas felices y algunos de los mejores vinos de Madrid, que por algo la Sierra Oeste acaba de ser admitida en la Red de Pueblos Gastronómicos de España.
“Se venden ruinas de un monasterio”
Así decía un anuncio aparecido en febrero de 1974 en un diario madrileño. El arquitecto de la capital Mariano García Benito (1929-2012) fue a Pelayos de la Presa, vio las ruinas del monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias, las compró, las cuidó durante 30 años y, en 2004, cuando ya no podía gastar más energías y dinero en ellas, se las regaló al pueblo donde habían estado olvidadas desde la desamortización de 1835 y donde hoy se enseñan a los atónitos turistas. Y se las enseñan empezando por recordarles que en la España de Franco se construían muchas presas —Pelayos debe su apellido a las de San Juan y Picadas, que anegan buena parte del municipio—, pero los monasterios se expoliaban y vendían al mejor postor: el claustro, la sala capitular y el refectorio del cenobio cisterciense de Sacramenia (Segovia) acabaron en Miami; el ábside románico del de Fuentidueña, también segoviano, en Nueva York. Y las ruinas apabullantes del de Pelayos de la Presa, en los clasificados de un periódico.

A los visitantes también se les informa de que el de Pelayos fue el monasterio más grande de Madrid, solo superado por el monstruoso de San Lorenzo de El Escorial. Y también el más antiguo, porque fue fundado por los benedictinos en 1150 y sus orígenes espirituales se remontan a principios del siglo VIII: a los eremitorios que proliferaron en la zona en las postrimerías del reino visigodo. En 1177 pasó a manos de los cistercienses, que lo engrandecieron hasta que los exclaustraron en 1835. Y luego a las del mencionado arquitecto, que recuperó lo que pudo. Tanto tiempo, tantos estilos. Hay partes románicas, góticas, renacentistas, barrocas y, en el corazón de esta cebolla histórica y artística, una capilla mozárabe.
Viéndolo tan inmenso, tan desnudo, tan en los huesos, con los arcos pelados y al aire y sin apenas una techumbre en su sitio, el monasterio tiene algo de decorado fantasmal, de escenario de película de terror. En realidad, no tiene algo, sino mucho, pues en sus ruinas abandonadas se rodaron Horror (1963), La marca del hombre lobo (1968), La noche de Walpurgis (1971), Drácula vs Frankenstein (1971), Necrophagus (1971), El ataque de los muertos sin ojos (1973), El jorobado de la morgue (1972), La llamada del vampiro (1972), Las garras de Lorelei (1974) y 14 filmes más, no todos de miedo, aunque lo dieran.
Al asomarse los visitantes al refectorio y a la cocina, la guía comenta que la Regla de san Benito, en su capítulo 39, prohibía a los monjes comer carne de cuadrúpedos. En cambio, con los cuadrúpedos ocasionales, los que acababan a cuatro patas después de beber, el santo no se mostraba tan tajante, porque el vino era necesario “para atender a las flaquezas humanas” (ibidem, capítulo 40). Seguramente por eso, los benedictinos llenaron los montes cercanos de viñedos, sembrando las primeras semillas de lo que sería la DO Vinos de Madrid.
‘Enosenderismo’ en Las Moradas de San Martín
Muchos viajeros, después de visitar el monasterio, aprovechan para ver qué se planta y se bebe en estos pagos. Desde Pelayos de la Presa, suben por la carretera de sentido único que lleva a Cadalso de los Vidrios (M-541), culebreando por un hermoso bosque de pinos piñoneros hasta lo más alto del monte, para aquí desviarse a la derecha por el camino de Fuenfría, una pista de tierra que conduce en tres minutos hasta la bodega Las Moradas de San Martín, la cual aparece rodeada de viñas en vaso de hasta 118 años, como las de la parcela Centenaria. Hay que seguir bien estas indicaciones porque los navegadores no se enteran.
Ofrece ocho visitas distintas, pero las dos más apetecibles son una que incluye poda y almuerzo campero de chuletillas asadas sobre las brasas de los sarmientos y otra que consiste en un paseo autoguiado por los viñedos con tres paradas para saborear otros tantos vinos ecológicos: dos tintos de garnacha y un blanco excepcional de albillo real, con crianza sobre lías. Este paseo de poco más de un kilómetro se hace —con ayuda de un planito y un móvil con lector de códigos QR— en 90 minutos como mucho, pero el récord negativo, según cuenta el enólogo Alejandro Carreras, que lleva 13 años aquí, lo tiene una pareja que tardó ¡cuatro horas! Será que se echaron una buena siesta bajo la encina monumental de la parcela Centenaria. Será que se pararon más de la cuenta a observar los animalitos: los que dan nombre a la parcela Corzos, los ciervos, los jabalíes, las ardillas, los conejos, las comadrejas y las 32 especies aladas de esta Zona de Especial Protección para las Aves. O será que se quedaron de piedra contemplando el panorama: desde los 870 metros de altura de estos viñedos se ven, a poniente, las primeras elevaciones de la sierra de Gredos, en la vecina provincia de Ávila; y a naciente, las Cabreras del embalse de San Juan, el pico de La Almenara y los montes cada vez más altos de la Sierra Oeste, que enseguida se convierten en la sierra de Guadarrama.
Un vermú que sabe a garnacha
Cerca de Las Moradas de San Martín se hacen otros vinos que vale la pena probar, porque son diferentes: los de Siguín. La bodega está en Pelayos de la Presa, pero los viñedos, todos de garnacha, se encuentran en Cadalso de los Vidrios. Allí, al pie de la Peña Muñana, está el de Canto Pairón, con sus cepas corpulentas de casi 70 años, donde Mariano Quintana explica que hace lo que quiere porque sabe y porque puede —es químico, enólogo y un experimentado microbiólogo—: vive de su trabajo como director técnico de una empresa química y se divierte produciendo 5.000 botellas de cosas inauditas, como un pet nat, un rosado espumoso natural, sin filtrar, ni añadir licor de reposición, ni sulfitos al degollar, ni nada que haga ningún otro en Madrid. O como su vermú Kdalso, que sabe a garnacha, a vino, y está elaborado con botánicos y cítricos naturales y con la mitad del azúcar que suelen llevar otros, y encima moreno. El resultado es un vermú serio, no dulzarrón, que alcanza su máxima expresión cuando envejece 12 meses en barricas de roble americano. El Kdalso reserva no es barato (26 euros), pero la Guía Peñín le ha otorgado 92 puntos, solo uno menos que a los mejores de Reus, la meca del vermú.

Cadalso de los Vidrios, además de vino, ha dado siempre buena historia. Es fama que Isabel la Católica durmió en el palacio de Villena tras ser reconocida como futura reina de Castilla en los Toros de Guisando, a solo ocho kilómetros de aquí. El palacio no se puede visitar; los jardines, sí. El que construyó el palacio, Álvaro de Luna, condestable de Castilla, maestre de la Orden de Santiago y valido del rey Juan II, no quiso volver a pisar esta población después de que una adivina le advirtiera: “Morirás en Cadalso”. Al final, murió en un cadalso de madera, decapitado en Valladolid.
San Martín de Valdeiglesias, una villa a fuego lento
Siguiente parada, en San Martín de Valdeiglesias, para probar lo que se cuece en sus fogones. Es una de las 11 poblaciones que este invierno propone visitar y saborear la guía Villas a fuego lento, de la Asociación de Hostelería de la Comunidad de Madrid. Quien elige el restaurante 7 Capillas, acierta. Y quien pide las lentejas guisadas con chorizo y morcilla de la comarca, vuelve a acertar. Muy ricas, también, las patatas revolconas y cualquiera de las carnes que aquí se sirven, provenientes de La Finca de Jiménez Barbero, una explotación vacuna de Colmenar del Arroyo que hace ya muchos años (10 o 12) puso a la Sierra Oeste en el mapa de la gastronomía sostenible con su “carne de la felicidad”. De postre, otro acierto: la torrija con helado de violeta.
Y luego, a rumiar todo lo que se ha visto, bebido y comido en uno de los apartamentos boutique de Hacienda La Coracera, de la misma propiedad que el restaurante.
Las huellas de la Guerra Civil
Al día siguiente se puede y se debe rastrear la profunda huella que la Guerra Civil dejó en la zona oeste de la región madrileña. Solo en la batalla de Brunete, en julio de 1937, murieron 30.000 personas. Para seguir ese dramático rastro, hay que acercarse por la carretera M-501 desde San Martín de Valdeiglesias hasta Chapinería y desviarse hacia Colmenar del Arroyo. Al poco de atravesar esta última población, a mano izquierda, se descubren cuatro chichones grises tremendos, como si un gigante la hubiera emprendido a capones con la Tierra. Es Blockhaus-13, la más imponente fortificación bélica moderna de la Comunidad de Madrid. Los cuatro chichones son nidos de ametralladora circulares de hormigón —el mayor, de seis metros de diámetro—, unidos entre sí por una galería anular llena de troneras fusileras. Hay escalerillas para subirse encima y una rampa para colarse dentro e imaginar cómo debían de caer los capones —o sea, las bombas— allá afuera.
En el siguiente pueblo, Navalagamella, hay otros restos llamativos de la Guerra Civil, como la Posición Calvario o el campamento militar La Peña, que fue utilizado como puesto de mando del bando sublevado durante la batalla de Brunete. Incluso hay un tanque T-26 de origen soviético, como los que utilizó el ejército republicano, a la entrada del pueblo. Pero de lo que están más orgullosos los vecinos, y con razón, es del Centro de Interpretación de la Mujer en la Guerra Civil, que recuerda el papel mudo, aunque estelar, que ellas desempeñaron en la contienda.

Grandes fotos en blanco y negro de mujeres anónimas que participaron en el conflicto (milicianas, enfermeras, militantes de la Sección Femenina…) decoran exteriormente el edificio de las Antiguas Escuelas de Navalagamella, de 1892, mientras que dentro se desgranan la vida y milagros de otras protagonistas olvidadas de aquel drama, en una exposición moderna, colorida y vibrante, con aire de cómic. Una de ellas es la alemana de origen judío Gerda Taro (1910–1937), la primera fotoperiodista que cubrió un frente y que perdió la vida en él: la atropelló un tanque el 26 de julio de 1937, en la batalla de Brunete. Fue también la pareja sentimental y profesional del fotógrafo húngaro Endre Ernő Friedmann, con quien compartió el seudónimo —aunque no la gloria— de Robert Capa. Gerda Taro, por último, es una asistente virtual de ChatGPT creada por el periodista Juan Antonio Tirado, que se ofrece como guía para recorrer los vestigios arqueológicos de la Guerra Civil en la Sierra Oeste y su entorno.
Fresnedillas de la Oliva: una historia ‘alunizante’
Callejeando por Fresnedillas de la Oliva, última parada y última sorpresa de la ruta, se puede ver a Edwin Aldrin caminando sobre la Luna. Es uno de los 15 murales de la ruta Casas Vivas, pintados por Elena Parlange y Patricia Moret en las viviendas abandonadas del pueblo, para darles color y calor humano. Su Museo Lunar, inaugurado en 2010 por el que fue comandante de la Estación Espacial Internacional Miguel López Alegría y reinaugurado en su nueva sede en 2019 al cumplirse 50 años de la gesta, cuenta con detalle cuál fue el papel de esta pequeña localidad de la Sierra Oeste en la mayor epopeya espacial.

En el exterior del museo, están expuestos el cono y el subreflector de una antena Cassegrain idéntica a la que se usó para recibir las comunicaciones de las misiones tripuladas de la NASA en la estación de Fresnedillas, hasta su cierre en 1985. Además, hay una reproducción a pequeño-gran tamaño del Saturno V, el cohete más alto (110 metros), pesado (2,8 millones de kilos) y potente (3,4 millones de kilos de empuje en el despegue) jamás fabricado y que permitió el histórico viaje a la Luna. Dentro, se conservan los aparatos originales de conexión utilizados en las misiones Apolo, fotos dedicadas por diferentes astronautas (una de Aldrin, el segundo hombre que pisó la Luna), diplomas, planes de vuelo y quizá lo más curioso para alguien que haya vivido aquella época y esta: las nóminas de vecinos de Fresnedillas que trabajaban en la estación espacial. Un mecánico ganaba al mes 68.836 pesetas (413,71 euros) y el sueldo medio en España cuando el hombre llegó a la Luna era ocho veces menor.

El museo es el más visitado de la Sierra Oeste: 32.000 personas al año, la mayoría escolares. Viendo a la chiquillería jugar con imágenes tridimensionales de la Luna como si fueran pelotas de playa gracias a la realidad aumentada (antes, padres y profesores se han descargado la aplicación del Museo Lunar) o con las naves espaciales de los años sesenta que navegan silenciosas por las salas de exposición permanente, se tiene la impresión de estar en un espacio muy moderno y, al mismo tiempo, muy viejo. Pocos lugares habrá en España tan de abuelos y tan para niños.
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