El peligroso caso de segundo de la ESO
En este nivel de la secundaria el sistema sigue funcionando como si el alumnado fuera una línea recta y previsible
Me da lástima cuando un chaval de 15 años me dice por los pasillos del instituto: “yo ya lo tengo todo perdido”. Procuro cambiarle la óptica y decirle que es al revés, que tiene todo por delante y que eso en todo caso lo podría decir un señor de 85 años.
Esta situación se me ha dado de forma más o menos similar más de una vez, y suele coincidir con que ese chaval está en segundo de la ESO, con unos 14 años de edad (o 15, si ha repetido). El antiguo octavo de EGB, para los que como yo peinamos canas. Preocupante, ya que estamos hablando de chicos que hace décadas ni habían salido de sus colegios.
Uno con el tiempo se va dando cuenta de que en este tipo de tribunas tendemos hablar de generalidades, al menos desde la educación, y no partimos de casos reales como el que les acabo de contar. El elenco de expertos que se atreve a meterle mano al sistema educativo para opinar suele estar ubicado en la cima de sus puestos respectivos, muchas veces desde el ámbito universitario o asesorías externas. Pero nunca se habla de un caso incómodo como este, que todo el mundo intenta evitar: el caso de segundo de la ESO y en lo que este nivel se está convirtiendo.
Segundo de la ESO es, para muchos docentes, el reflejo de la sensación persistente de que algo no nos encaja y no sabemos qué es. No es un curso “importante” según el relato oficial. Aquí nadie titula ni acaba un ciclo, es un año de continuidad en una etapa obligatoria que empezó cuando aún iban ilusionados de nuestra mano al colegio. Ahora muchas madres ni reconocen a esos hijos que no quieren pisar un centro ni por asomo y, cuando van a clase, todo explota a su alrededor. Resulta contradictorio que el sistema apenas mire a este momento decisivo en el desenganche tan estudiado desde la sociología educativa.
El caso de segundo de la ESO representa la confluencia de realidades que rara vez se ponen en diálogo. A este curso llega un gran grueso de alumnos que ha pasado por Primaria y por primero sin repetir, sostenidos por medidas de apoyo que, aunque insuficientes, al menos existían. O, simplemente, se le pasa de curso, porque al final pasan casi todos. En un porcentaje importante acaban la Primaria con muchas carencias pero, aun así, afrontan el verano sabiendo que su recorrido en el cole ha terminado y en septiembre se abre una etapa nueva en el instituto.
La ESO exige cierta autonomía, una progresiva abstracción y capacidad de autorregulación, y por eso se ensanchan las grietas en lo académico y en lo emocional que afectan a los más débiles. No hay soluciones organizativas significativas para aliviar este bache: no hay todavía programas de diversificación curricular, no hay programas de cualificación profesional inicial, no hay apoyos sino los justos para el alumnado de necesidades específicas de apoyo educativo.
Quien ha estado en un aula de segundo lo reconoce enseguida. Es el curso donde aparecen los alumnos que “se pierden”. No son casos aislados, sino un patrón que se repite año tras año. Y lo más duro es que, cuando se analiza, se tiende a responsabilizar al alumno —“no se esfuerza”, “no quiere”, “no le interesa”— sin rebuscar en el origen del desenganche.
En segundo de la ESO el sistema sigue funcionando como si el alumnado fuera una línea recta y previsible. Se exige madurez, responsabilidad y motivación, sin haber generado condiciones para ello. Y cuando el estudiante no responde se interpreta como un fallo individual, no como una falta de acompañamiento estructural.
Segundo es el curso estrella en la heterogeneidad, en la falta de recursos y la presión de avanzar en el currículo, aunque el grupo no esté preparado. Y esa tensión, mantenida en el tiempo, desgasta. Desde una mirada pedagógica crítica y honesta, se me ocurre que es ahí donde el sistema tiene que apostar por reforzar la tutoría y la orientación educativa. Segundo necesita más tiempo de acompañamiento efectivo y más presencia de orientadores y equipos de apoyo.
Ayudaría una organización curricular más laxa: talleres instrumentales, proyectos interdisciplinares, apoyos dentro del aula y agrupamientos flexibles permitirían atender a quienes llegan con lagunas sin separarlos del grupo ni estigmatizarlos. La clave es ofrecer distintos caminos hacia los mismos objetivos.
También sería necesario anticipar medidas que hoy solo aparecen en cursos superiores. Espacios de aprendizaje práctico, actividades vinculadas a intereses reales del alumnado, programas de refuerzo como los hubo en el pasado, por ejemplo alternativos a aprender un segundo idioma.
Hace falta estudiar el caso de segundo de la ESO como ese curso crítico del que nadie habla. Porque ponerlo en el centro del debate implica dotarlo de recursos, pero también de un relato con sentido: estar al lado de quien más lo necesita en el momento que más lo necesita.
Quizás queden preguntas por hacernos que no se pueden abordar en la columna de un periódico. Por qué han llegado así a los 14 años muchos chicos y chicas sería, tal vez, la principal.
Pero, mientras, reconocer el caso de segundo de la ESO como una de las prioridades del sistema educativo no vendría mal. Cada estudiante que a los 14 años se salva para seguir confiando en que todavía está empezando a vivir y que le queda mucho por recorrer, habrá merecido la pena.
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