Que la fuerza te acompañe
Se precisan intervenciones particulares que mitiguen el efecto en ciertas áreas y familias frágiles conforme la transformación ecológica cobra fuerza y disminuye de manera estructural los gastos.

Días de dolor y de bombas nos recuerdan la necesidad de desescalar, nuestro compromiso con preservar la paz y los derechos humanos, así como de expresar nuestra solidaridad con quienes sufren las consecuencias de estas acciones sangrientas.
Sin embargo, los proyectiles y el sufrimiento no aparecen de forma aislada. Los mercados reaccionan. El coste de la energía aumenta drásticamente y la certidumbre —ese cimiento delicado pero vital de nuestras democracias y economías— se ve mermada.
En el momento en que Rusia invadió Ucrania, Europa aprendió por la vía difícil lo que implica la subordinación. La variedad de opciones se activó con una rapidez nunca vista. Se obtuvieron abastecedores distintos. Las reservas se completaron. El requerimiento disminuyó. La estructura se mantuvo firme.
Sin embargo, en el presente, con el cierre del estrecho de Ormuz, aparece un hecho inquietante: el margen para variar las fuentes se ha agotado, y saltar de una subordinación a otra no debe ser el patrón europeo de resiliencia.
Mientras sigamos dependiendo en gran medida de combustibles fósiles importados, seguiremos expuestos.
Para los hogares con menores ingresos, la energía representa una parte muy significativa del gasto mensual. Para las industrias intensivas en energía, los picos de precios pueden determinar la competitividad, las decisiones de inversión y el empleo.
Cualquier perturbación puede romper el frágil equilibrio de familias trabajadoras y empresas. Los shocks del petróleo se transmiten al mercado del gas. El precio del gas alimenta la inflación y la inflación debilita el crecimiento. Lo que comienza como un foco de tensión geopolítica acaba convirtiéndose en un problema que encontramos sobre la mesa de la cocina.
Pero existe otro camino.
Hemos entrado en la ‘Era de la Electricidad’. Del mismo modo que el carbón impulsó la Revolución Industrial y el petróleo definió el siglo XX, la electrificación limpia está dando forma al siglo XXI. El coste de la energía solar ha caído casi un 90% en los últimos quince años. Las baterías han seguido una trayectoria similar. En muchas partes de Europa, las renovables son ya la fuente más barata de nueva generación eléctrica.
Las energías renovables representan una exigencia financiera y de resguardo. Apostar por energía ecológica de origen nacional constituye una obligación estratégica.
Electrificación, renovables, eficiencia energética, redes inteligentes e interconexiones no son ambiciones abstractas. Son instrumentos de estabilidad, competitividad y soberanía. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles importados mientras aceleramos el despliegue de tecnologías limpias es la oportunidad de Europa para romper el ciclo de dependencia y volatilidad.
Pero necesitamos estabilidad y previsibilidad. Quienes apostaron primero por el desarrollo limpio merecen un marco estable. Sin embargo, si las políticas cambian bruscamente con cada crisis, la inversión se frenará. El capital se retirará. Europa correría el riesgo de quedar atrapada en un sistema deficiente, en el que la exposición a las grandes sacudidas geopolíticas seguiría siendo elevada y los precios de la energía permanecerían estructuralmente por encima de los de nuestros principales competidores.
Esto no significa ignorar las dificultades del presente. Son necesarias medidas específicas a corto plazo que amortigüen el impacto sobre determinadas regiones, sectores y los hogares más vulnerables en los próximos años, mientras la transición limpia gana escala y reduce estructuralmente los costes. Pero ese alivio a corto plazo debe preservar las señales a largo plazo y evitar la fragmentación en Europa.
La lección de la crisis anterior es clara. Lo que inicialmente parecía política o técnicamente imposible terminó siendo real. La verdadera limitación no era el tiempo, sino la mentalidad.
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