Las tiendas de barrio resurgen tras años de retroceso
Los comercios locales, excluyendo la alimentación, alcanzan sus mejores niveles de venta en más de una década


Durante más de una década se ha hablado del declive de las tiendas de barrio. Primero, con la llegada de las grandes superficies; después, la venta por internet; más tarde, la pandemia y, finalmente, una inflación que dejó mermados los bolsillos de los consumidores. Entre 2020 y 2024, muchas tiendas de barrio tocaron mínimos históricos en ventas. Algunas cerraron. Otras sobrevivieron reduciendo horarios, ajustando márgenes o aplazando inversiones. Pero en el último año los negocios de proximidad han ganado terreno, según confirma el índice de comercio al por menor, publicado este jueves por el Instituto Nacional de Estadística (INE).
El cambio se aprecia sobre todo en aquellos comercios que venden algo más que lo imprescindible. Establecimientos de artículos para el hogar, librerías, comercios culturales, puestos de mercadillo o negocios ligados a la tecnología son los que más han crecido en el último año. En este amplio grupo, los comercios de barrio ―que el INE denomina unilocalizados― alcanzaron en 2025 su mejor nivel de ventas desde 2010. Las pequeñas cadenas ― donde entraría cualquier negocio que cuente con menos de 25 locales y 50 asalariados— han repuntado todavía más, alcanzando su mejor cifra desde 2008. Así se extrae de la estadística oficial, que consiste en un índice de base 100 que toma como referencia las ventas del año 2021.
En términos porcentuales, se observa un repunte interanual de las ventas minoristas del 3,3% en los comercios con un solo punto de venta y del 1,2% para las pequeñas cadenas. Es un crecimiento más moderado que el registrado en 2024, cuando ambas alcanzaron una tasa del 5%. En cualquier caso, la evolución afianza la tendencia alcista.
Detrás de esta mejora hay varios factores que se solapan. El primero es puramente demográfico y económico: España tiene hoy más población y más personas trabajando que hace unos años, en buena medida gracias a la inmigración y a la recuperación del empleo tras la pandemia. Ese aumento de la base de consumidores sostiene el crecimiento de la actividad comercial, incluso en un contexto de inflación y pérdida de poder adquisitivo. En la práctica, se traduce en más consumo en términos absolutos, aunque no necesariamente en un mayor gasto por persona. “Hay más gente comprando”, resume Rafael Torres, presidente de la Confederación Española de Comercio (CEC), “aunque eso no signifique que cada persona consuma mucho más”.
El segundo factor es un cambio más difícil de medir y tiene que ver con los hábitos y preferencias de las personas. Tras la pandemia, una parte de la población ha empezado a valorar de nuevo la cercanía, la especialización y el trato personal. Esta tendencia, que no se observa en los productos de alimentación, sí ha beneficiado al resto de negocios de nicho. Según explica Torres, “en el comercio especializado, la gente busca asesoramiento, confianza y experiencia. Eso es algo que el pequeño comercio puede ofrecer mejor que nadie”.
La historia es distinta cuando se mira a la alimentación, el terreno más competitivo y más castigado por la inflación. Aquí, la recuperación es más lenta y desigual. Los propietarios de estos pequeños comercios siguen sin alcanzar los niveles previos a la pandemia, aunque han logrado remontar desde los peores momentos de la crisis inflacionaria, cuando sus ventas cayeron con fuerza. En 2025, se han quedado a las puertas de ese umbral con un crecimiento interanual del 4,2%, mostrando una mejora clara pero todavía incompleta. Las pequeñas cadenas de alimentación han recuperado un poco más de terreno, impulsadas en parte por su mayor capacidad para negociar precios y adaptarse a un consumidor cada vez más sensible al coste de la cesta de la compra. Pero esto tampoco ha sido suficiente para alcanzar los niveles previos al estallido de la crisis sanitaria.
En ambos casos, las ventas crecieron en 2025 a un ritmo superior al 4% respecto al año anterior, un repunte notable que rompe de lleno con las caídas registradas en la última década. Sin embargo, Torres pide leer este dato con cautela. “En alimentación se está facturando más, pero eso tiene mucho que ver con la subida de precios”, advierte. “La inflación ha sido muy alta y ha empujado las ventas por una cuestión de precio, no de volumen”. Además, el avance de los grandes supermercados y de la marca blanca sigue acorralando al pequeño comercio, que pierde cuota en un mercado cada vez más concentrado.
Esa presión explica una de las grandes contradicciones a las que se enfrentan los dueños de estos comercios: aunque las ventas repuntan, su situación financiera sigue siendo frágil. Al respecto, Torres insiste en que el aumento de la facturación convive con costes laborales más altos, alquileres tensionados y una carga regulatoria que pesa especialmente sobre los negocios más pequeños. “Hay casi 3.000 normas que afectan al comercio entre legislación local, autonómica, nacional y europea. Cumplirlas exige tiempo y recursos que una gran empresa puede asumir, pero que para un autónomo son una carga enorme”. A ello se suma la subida del salario mínimo y de las cotizaciones sociales, que ha afectado de manera más directa a un sector con salarios tradicionalmente más bajos que la media. Ante este escenario, el presidente de la confederación advierte que no hay una relación directa entre “vender más y ganar más”, pues en muchos casos los márgenes se han reducido.
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