Pobreza lingüística
La libertad de expresión, a pesar de sus amplias fronteras, puede ser inalcanzable para muchos si tenemos en cuenta la pobreza lingüística que padecemos y que nos impide comunicar eso que pensamos con la deseada precisión. Cuando decimos que alguien está cabreado, puede que no acertemos, ni de lejos, a definir realmente su situación. Desde una posición de levedad (molesto, disgustado, apesadumbrado) podemos ir subiendo de tono (irritado, enojado, despechado), pasando luego a un grado superior (indignado, airado, sulfurado), para culminar en el máximo cabreo (enfurecido, encorajinado, encolerizado). La indigencia de vocabulario, que proviene de no leer, es la que nos impide la definición de lo que queremos o de lo que sentimos, que nuestro riquísimo idioma nos haría posible y que los maestros del lenguaje (pocos) utilizan en sus escritos.-
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