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Relatos de una amateur
Opinión

El ‘hiraeth’ futbolístico, la trampa de la nostalgia

LaLiga hace bien en sacarle partido a la añoranza con la celebración de una Jornada Retro que tendrá lugar entre el 10 y el 13 de abril

Diego Pablo Simeone con el Atlético de Madrid en 1996.Ricardo Gutiérrez

En Gales existe un término, seguro que fuente inagotable de tatuajes, que describe algo parecido al anhelo de un lugar perdido: hiraeth. No hay nada extraordinario en ese impulso galés porque el ser humano siempre ha buscado refugio en el pasado cuando el futuro se vuelve temible, especialmente si está poblado de tiranos trastornados. Con el pasado podemos anclar tierra como avestruces escondiendo la cabeza.

Lo extraordinario es que quizá por primera vez en la historia de la humanidad nos entusiasmamos más con el pasado que con el futuro. Ocurre incluso que algunos escarban en el pasado de una manera abstracta extrañando un lugar donde nunca estuvieron.

Durante el siglo XIX la nostalgia llegó a ser vista como una enfermedad del alma. Había registros clínicos de personas fallecidas por nostalgia, un terrible contaminante emocional que las mantenía metidas en la cama mirando hacia la pared sin probar bocado. Con el paso del tiempo, la nostalgia cambió de representante y ganó crédito y adeptos, casi como una religión. De hecho, si nos atenemos a la psicología moderna, ahora mismo casi todo el mundo siente nostalgia, prácticamente todo el tiempo.

Hay muchos sectores que se han convertido en un campo privilegiado para explotar el provechoso negocio de la nostalgia contemporánea, como la música, la política (el conservadurismo y el populismo bien lo saben), o el fútbol. El que se practicaba el siglo pasado goza de prestigio emocional porque en el imaginario colectivo era un juego más crudo, directo, cruel, pero también más honesto, auténtico, menos mediado por intereses o asuntos económicos imposibles de fiscalizar. Esa es precisamente la gran paradoja del fútbol moderno: el éxito ha terminado devorando su esencia al atraer a personas o industrias que lo contemplan como un negocio y no como un deporte. Para muchos aficionados la nostalgia futbolística no expresa solo el cariño por nuestros equipos del pasado, sino también una forma de resistencia a esa transformación; el deseo de recuperar una relación más directa con tu equipo, quitarle el apellido de una empresa a tu estadio saliendo del juzgado como el día que Nikole Kidman se divorció de Tom Cruise.

En este sentido, LaLiga hace bien en sacarle partido a la nostalgia con la celebración de una Jornada Retro que tendrá lugar entre el 10 y el 13 de abril. En la iniciativa van a participar 38 equipos de Primera División y Segunda, menos el Real Madrid, el único que ha decidido mantenerse completamente al margen, empeñado en privilegiar la solemnidad sobre la diversión.

Bien por LaLiga y las camisetas retro, que seguro que serán preciosas, pero seamos honestos con nosotros mismos, al menos por un momento. Lo que realmente añoramos no es tanto el fútbol del pasado, sino más bien lo que éramos nosotros entonces. Y esa es la cara más cruel y desarmante de la nostalgia: cuando nos echamos de menos a nosotros mismos.

Pasan los años y perdemos certezas, relaciones, expectativas, lo bien que nos lucía el colágeno sin cargas laborales, un padre enfermo, una analítica con asteriscos, un coche averiado, un alquiler imposible, una vivienda inalcanzable. Pasan los años y perdemos, sobre todo, la despreocupación, una emoción a la que se le presta poquísima atención para todo el bienestar que produce. A cambio ganamos experiencia, que queda muy bien en el currículum. Es algo contra lo que no podemos luchar porque es la esencia misma de la condición humana: lo normal en la vida es ir a peor. Así que lo mejor es asumirlo, enfundarse una camiseta vintage, quedar con amigos para ver un partido, evocar aquellos días en los que podías celebrar un gol sin esperar el veredicto de la sala VAR y sonreír. Es la trampa de la bendita y maldita nostalgia.

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