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Los Albon, el matrimonio amante del trail que ha puesto a la Transgrancanaria a sus pies: victoria para ambos en las dos categorías del ultra

Jonathan y Henriette, conocedores al dedillo de la isla, su escape de Noruega en invierno, dominan una Transgrancanaria que tumbó al ganador de UTMB, retirado por hipotermia

El matrimonio Albon posan tras ganar en la Transgrancanaria. Carlos Díaz-Recio
Luis Javier González
San Bartolomé (Gran Canaria) -

Jonathan Albon honra el regreso del Roque Nublo a la Trasngrancanaria llegando solo en cabeza al obligado peregrinaje por el monolito volcánico. El permiso de las autoridades ambientales lo refrenda la cambiante meteorología, al fin con cielos despejados y un mar de nubes a sus pies. Por debajo, en Tejeda, su esposa, Henriette Albon, ejecuta su estrategia y toma en ese momento la cabeza cuando empieza la larga subida hacia allá. El matrimonio que se conoce al dedillo Gran Canaria, su escape invernal de Noruega para entrenar, conquistó este sábado la prueba reina del primer gran evento del calendario mundial de trail: los 126 kilómetros con más de 6.700 metros de desnivel positivo que atraviesan la isla de norte a sur. Su conocimiento del terreno —las dos caras de la isla, del frío de la noche al calor del día— situó en lo más alto del podio a dos ganadores que no solo comparten lecho, sino celebración: tan enteros llegaron que se dieron el gusto de esprintar de lo lindo chocando manos.

Una historia sin precedentes para la 27ª edición de la Transgrancanaria, con una semana con carreras. El consenso entre corredores es que la reina, la Classic, empieza en Artenara, ya pasado el ecuador, en el kilómetro 67, pero hay que sobrevivir la noche. Ahí estaba Abel Carretero con la primera luz del día, sentado en el avituallamiento bajo una manta con la que entrar en calor, la misión imposible con esos pies fríos tras charcos. Al reanudar la marcha, reconoció que su deseo —prefería menos calor que en ediciones anteriores— le había explotado en las manos. “¿Recuerdas que prefería mal tiempo? Pues no, esto es peor”. Lo sabía el canario Oswaldo Medina, cuyas manos temblaban mientras sujetaba un caldo que calentó su alma, pero no evitó su abandono. La organización subraya que el índice de retiradas, al menos en la élite, es ostensiblemente mayor con el calor. Con todo, al mediodía ya se habían retirado 166 y quedaban 707 en pie.

A Artenara llegó Jonathan Albon dentro del cuarteto de aspirantes que transitó la noche, junto al alemán Hannes Namberger y a los también británicos Josh Wade y Tom Evans, el gran favorito, pues ponía en juego su cinturón como mejor ultrero del mundo tras ganar el año pasado el Ultra Trail del Mont Blanc. Poco después, todos esos pequeños detalles de la noche —mantener los pies lo más secos posible, la ropa de abrigo, la comida, la hidratación, la cabeza— le pasaron factura y acabaron con su cuerpo hipotérmico en un coche camino a Tejeda. Su criptonita, como en sus dos abandonos antes de triunfar en Chamonix. Al pueblo llegaron sus dos compatriotas, que decidieron la carrera, como ocurriera en 2025, en esa larga subida hacia Roque Nublo: 6,5 kilómetros al 8,8%.

Wade, aún con la chaqueta puesta, marcaba el ritmo mientras Albon, ya en manga corta —un look que mantuvo incluso en la peor meteorología en Zegama—, calentaba a rebufo, esperando el momento para redimirse y encontrar la marcha que no tuvo el año pasado para seguir ahí a Caleb Olson, el estadounidense que rompería el récord y después ganaría la gran corona patria con las cien millas de Western States. Ese segundo puesto escoció a alguien con todo tipo de triunfos hasta los 100 kilómetros y con dudas a partir de esa frontera. Las disipó soltando a su compatriota antes del monolito entre un creciente vendaval para llegar hasta el voluntario que tomaba el tiempo y dar la vuelta. Una brecha creciente de dos minutos para empezar el descenso a Maspalomas, de 27 kilómetros: con algún repecho, sí, pero una dependiente negativa del 4,4%. Música para los oídos. En esta isla de contrastes, pasó del abrigo nocturno en Teror a ponerse una mochila con hielo en Ayagaures para transitar el sur más desértico.

Wade llegó ya con el capó levantado al avituallamiento del Garañón, justo después del Roque Nublo, con la misma disyuntiva que Namberger. ¿Caldo o coca-cola? Quizás la refrigeración del alemán, que también se puso hielo cuando llegó el sol, decantó a su favor la segunda plaza frente al sobrecalentado cuerpo de Wade: se estrecharon la mano en el adelantamiento. Albon bajó por los pelos de las 13 horas (12h58m08s), 41 minutos más que el año pasado, el peaje de la meteorología. Namberger llegó a 5m02s; Wade cerró el podio a 9m46s. Gran actuación de Borja Fernández, un albañil que corre, subraya, por pasión: cuarto a 36 minutos.

Las paradas en un ultra se parecen cada vez más a la de un box de motor. Por eso a Claudia Tremps le quitaron las zapatillas cortando la lengüeta. Y a la basura. Su relación de amor con la Trasngrancanaria —es su octavo intento seguido— siguió el mismo guion: otra gran carrera para subirse al podio, pero el oro se resiste. Como en 2025, fue superada por Albon, intratable. Henriette, que mantiene la nacionalidad noruega pese al apellido de su marido, llegó tercera a Artenara, adelantó a la española y apartó del timón a Katarzyna Dombrowska en el barranco de Tejeda, un avituallamiento al que la polaca, la más ambiciosa durante la noche, llegó muy tocada tras una fea herida en la rodilla derecha. En un ultra no mata tanto el impacto de la caída como la descompensación que genera el cuerpo en el resto de articulaciones para evitar la zona del dolor. Abandonó unas horas después, sin fuerza siquiera para sujetar los bidones.

Henriette, concentrada en su eficiente trote con bastones –su uso generalizo explica su gran gestión de energía en esfuerzos largos– siguió los pasos de su marido hacia el Roque Nublo y encontró un cielo más despejado, pero más viento. Cuando llegó Tremps, segunda tras adelantar a Dombrowska y fundirse en un abrazo con ella, se limitó a pasear por esas piedras tramposas antes de volver al abrigo del pinar. El desenlace estaba escrito, así que se tomó su tiempo en El Garañón, un respiro al dolor de ovarios, de estómago y de cabeza que compartió entre lágrimas con su marido. Su cuerpo quería yacer en cada avituallamiento, pero tuvo las fuerzas para levantarse una y otra vez. Incluso cuando le pasó la suiza Melanie Delasoie tuvo arrestos para atraparla y se negó a dejarla atrás. Tras tanto penar —las 12 horas sin comer de Tremps— enterraron el hacha y transitaron juntas la última hora. Llegaron a hora y media de la noruega, que ganó en 15h16m33s, cuarto de hora más que el año pasado. Como corresponde, su marido, ya duchado, la recibió como merece. Un matrimonio con Gran Canaria a sus pies.

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