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Blogs / Cultura
El toro, por los cuernos
Por Antonio Lorca

Peñas, eventos y galas se

La afición se viste de largo en invierno para celebrar tertulias y homenajes mientras los empresarios deciden sin atisbo de crítica el curso de la temporada

Uno de los numerosos trofeos taurinos que se entregan durante el invierno.

La tauromaquia está viva, afortunadamente. Una evidencia contundente reside en el perpetuo movimiento que se genera cada temporada invernal, con mayor intensidad, alrededor de la fiesta de los toros.

Existen centenares, tal vez millares, de peñas, asociaciones y fundaciones que a lo largo de la geografía española desarrollan sesiones para conversar sobre la tauromaquia y su crónica de ayer y hoy, conceder distinciones a matadores y criadores, preparar actos de reconocimiento y, en suma, mantener encendida la llama de la afición a lo largo de los extensos periodos en los que el espectáculo taurino descansa en las dehesas y se inicia su reactivación en las oficinas de las gestoras taurinas.

Es curioso, por ejemplo, cómo la Sala Bienvenida de la plaza de Las Ventas mantiene ocupada su agenda durante casi todo el año, y por allí pasa un aluvión de aficionados, toreros, criadores, periodistas, fotógrafos, historiadores, poetas e intelectuales de toda condición para hablar e intercambiar ideas y criterios sobre toros.

Y todo eso está muy bien porque es señal inequívoca de que hay ganas de toros, y de que la impaciencia se calma con información, con un trato cercano con los profesionales y con el reconocimiento a algunas figuras que han destacado a lo largo de la temporada.

Las oficinas administrativas marcan el destino de numerosos diestros; quedar fuera de un ciclo taurino logra condicionar el porvenir de aquel que anhela consagrarse como estrella.

Sucede, sin embargo, que todo este conjunto de actividades conforma un universo con vida propia que cabalga completamente al margen del curso normal de la fiesta de los toros en invierno.

Porque la tauromaquia no se detiene, aunque no se celebren festejos en las plazas. Los despachos empresariales trabajan a destajo, agenda en mano, para tejer, sin prisa pero sin pausa, los carteles del año venidero.

Son los empresarios, en una relación no siempre amable con los apoderados, quienes determinan el porvenir de cada uno de los toreros. Todos se ejercitan, se esfuerzan, corren y fantasean, pero solo unos cuantos ―la minoría― afrontan la temporada entrante con su futuro resuelto, ya sea por sus méritos en el ruedo o por la inmensa suerte de contar con el respaldo de un representante influyente; y el resto, la gran mayoría, sufre y se desespera ante el silencio del teléfono, recordando inevitablemente aquel amargo pesar del torero ecijano Pepe Luis Vargas, con motivo de su gravísima cogida en La Maestranza allá por el año 1987: “Tanto luchá pa ná…”

Los despachos deciden la vida de muchos toreros. “No hay sitio para todos” suele ser la razón empresarial que justifica que un torero quede excluido de los carteles de Sevilla o Madrid. Pero sí suele haber sitio, con frecuencia demasiados, para todos los bien recomendados.

Y lo realmente grave es que una exclusión de este tipo puede determinar el futuro de un aspirante a figura.

Mientras este drama personal anida en muchos corazones valientes, el otro mundo del toro, ese que forman los aficionados, pasa el rato, se divierte, saluda, y bebe y come al margen de esta situación, como si nada de ello le afectara, como si los olvidos, las injusticias y las arbitrariedades que se cometen en los despachos fueran canciones de otro mundo.

¿Se ha celebrado alguna jornada o tertulia este invierno en la que se hayan analizado con seriedad los carteles de Sevilla o Madrid? ¿Se ha reivindicado la presencia de algunos de los toreros excluidos? ¿Se ha recordado a alguno de los que no figuran en las dos grandes ferias o se ha reclamado la presencia de los hierros ganaderos de los que huyen las figuras? ¿Se ha sentido algún empresario interpelado, fiscalizado o incomodado por la afición?

No. Por razones inexplicables, la afición prefiere visitar ganaderías, celebrar encuentros que no impliquen compromisos y mantenerse al margen de la decisión de los empresarios. Dicho de otro modo, la afición también es responsable de la situación de la tauromaquia moderna por desidia e indiferencia.

Los seguidores optan por acudir a las dehesas, organizar reuniones sin ataduras y permanecer distantes de las determinaciones de los promotores.

Hace pocos días, el novillero El Mene, que lideró la temporada pasada el escalafón de novilleros, se lamentaba de que carece de contratos para esta nueva temporada y desconoce el rumbo de su incipiente carrera.

No obstante, no es el único ejemplo: un diestro ya consagrado como Ginés Marín se ausentará de la Feria de Abril y de San Isidro; tampoco hay noticias de otros espadas noveles con proyección como Jorge Martínez o Calerito.

Y tales casos constituyen simplemente una muestra de la dilatada nómina de matadores relegados por las compañías y, lo que es más grave, por la afición.

Pronto se hablará en las barras de los bares de la necesidad imperiosa de renovar el escalafón, de aupar a nuevos nombres que jalonen el futuro, de la esperada jubilación de los veteranos, de cómo la fiesta de los toros se dirime en los despachos, se intercambian cromos ―nombres de toreros― entre quienes ostentan el mando y se cometen injusticias flagrantes contra toreros con cualidades para escalar puestos en la profesión; pero pocos aficionados caerán en la cuenta de la indolencia manifiesta de quienes sostienen con su dinero este espectáculo.

Hace años que el periodista americano Edward R. Murrow lo advirtió: “Una sociedad de ovejas engendra un gobierno de lobos”.

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