Halladas las tumbas de dos mujeres enterradas con sus armas en un poblado íbero de Córdoba
Espadas, lanzas y escudos fueron colocados con todo cuidado junto a las urnas de cremación de las guerreras


El yacimiento ibero del Cerro de la Cruz en Almedinilla, en Córdoba, se corresponde con un oppidum íbero (ciudad fortificada) que fue destruido en el siglo II a. C. Por las tropas romanas. Ocupaba unas 3,5 hectáreas y contaba con una necrópolis exterior que comenzó a excavarse en 2019. Ahora, Ignacio Muñiz Jaén, director del Museo Histórico/Ecomuseo del río Caicena, ha hecho públicos los resultados del estudio que ha realizado la antropóloga física y arqueóloga Carmen María Román Muñoz sobre este cementerio prerromano. Entre las urnas de cremación examinadas de la necrópolis, hay dos de mujeres, que fueron enterradas con panoplia militar. Una de ellas, que posiblemente falleció en el parto, comparte enterramiento con su recién nacido.
El estudio ¿Las chicas son guerreras?: Reflexiones en torno a los resultados antropológicos realizados en dos tumbas de la necrópolis de Los Collados de Almedinilla, publicado en la revista Antiqvitas, señala que “la identificación de restos óseos femeninos en tumbas iberas con ajuar y/u ofrendas de armas indica, no sólo la posibilidad de que algunas mujeres cogieran las armas en vida, sino su alta probabilidad. Ahora bien, de lo que se trata ahora es de preguntarse cuándo, quién, cómo, para qué y el porqué”.

El historiador romano Apiano escribió que “las mujeres [íberas] luchaban al lado de los hombres y morían con ellos” y que los brácaros [celtas] eran un pueblo “enormemente belicoso que combate juntamente con sus mujeres que llevan armas y mueren con ardor sin que ninguno de ellos haga gesto de huir”.
Según el informe, sería “posible y probable” que algunas mujeres íberas, no solo las aristócratas, cogieran la armas, no de manera permanente, sino cuando se necesitase. Muñiz Jaén explica que una “sociedad de guerreros” obligaría a que parte de la población dedicase su vida a las armas y conformase una ejército profesional, como los romanos. Pero los íberos no hicieron eso, sino que crearon una sociedad más relacionada con la “mentalidad guerrera” o “preparada para la guerra”, incluidas las mujeres.
Las urnas mortuorias de las dos mujeres incluyen dos ajuares diferentes. En una de ellas, la llamada tumba 6, las armas están sin doblar para inutilizarlas, y de ahí que se interprete más como ofrenda que como ajuar. Se trata de una falcata ―la temible espada íbera―, una punta de lanza con su regatón, una manilla de escudo, los restos de hierro de la funda, además de una fíbula. Las armas fueron embadurnadas con tierra roja antes de ser colocadas junto al cuerpo. La tumba 3, por su parte, incluía una espada, un puñal, un soliferreum (lanza), una punta de lanza con su regatón, una manilla de escudo (todo doblado) y un anillo. Los expertos consideran que este armamento bastetano-contestano fue forjado entre los siglos IV y II a. C. Y calculan que ambas mujeres tendrían entre 20 y 30 años.

“Las armas en tumbas femeninas nos estarían hablando del mayor peso social que la mujer íbera tenía en estas sociedades, participando en un rol social y de género en relación a una mentalidad y temperamento guerrero basado en la autosuficiencia y la autonomía, la valentía y el arrojo, la identificación con la comunidad y la libertad”, escribe Muñiz Jaén. Para el autor, las armas en las tumbas (ya sean como ofrendas o ajuares) tenían a la vez una función material e ideológica.
El poblado de Almedinilla fue finalmente destruido entre los años 145-140 a. C, durante las Guerras Lusitanas (la famosa rebelión de Viriato), por el general romano Serviliano. Lo quemó, lo arrasó y asesino o hizo esclavos a todos sus habitantes. “De hecho, que el cerro no fuera ocupado a posteriori (a excepción, tal vez, de una pequeña guarnición militar), siendo un lugar estratégico que domina los pasos naturales, parece indicarnos una cierta damnatio memoriae (olvido oficial completo de una ciudad o personaje) propio del actuar de los ejércitos romanos”.

Fue una destrucción violenta, y no fortuita, porque no se documentan fases constructivas ibéricas posteriores, ni remociones en busca de objetos preciados. Pero sobre todo porque se han documentado restos humanos en los niveles de incendio (cuatro hombres y una mujer) y tres individuos sobre una de las calles (dos hombres y una mujer), dos de ellos con marcas de muerte violenta debido a cortes de espada, sin posibilidad de realizar un ritual funerario adecuado que hubiera podido de esa manera cerrar el duelo.
Lo que es seguro es que después de la destrucción del poblado nadie enterró a nadie en la necrópolis. Los muertos quedaron sobre las calles o bajo los escombros de las viviendas incendiadas. “Por eso”, concluye el estudio, “las armas encontradas en las tumbas no fueron empleadas en la defensa del poblado”. Las jóvenes de las tumbas 3 y 6 murieron antes de que el Serviliano cometiese un horrible crimen contra inocentes que sigue provocando el estupor de los arqueólogos.
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