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Jacinto Benavente: cómo quitarle el polvo a un Nobel

El Teatro Español estrena una nueva versión de ‘La malquerida’, obra cumbre del autor, protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón y casi 40 años después de su último montaje nacional

Aitana Sánchez-Gijón, en un momento de 'Malquerida', la nueva producción del Teatro Español de Madrid.MarcosGpunto

Hace casi 40 años, en 1988, Aitana Sánchez-Gijón (Roma, Italia, 57 años) se subió al escenario del Teatro Español de Madrid para interpretar a Acacia, una mujer de la que se enamora su padrastro en La malquerida, la obra cumbre de Jacinto Benavente. Tenía apenas 19 años, casi nulo recorrido en la interpretación y no auguraba la dilatada y exitosa carrera que le esperaba. “Era una actriz jovencita, era mi segundo montaje teatral. Me sentía un poco apabullada por todo: el elenco, el lugar, el texto…”, recuerda. Este viernes volverá a la misma obra y al mismo teatro, pero con el papel de Raimunda, la madre de aquella a la que interpretó tantos años antes, en una nueva producción dirigida por Natalia Menéndez.

“Es profundamente emocionante. Como la vida misma, empiezas siendo la hija y acabas siendo la madre. Esto es, para que entienda el espectador que no conozca la obra de Benavente, como haber hecho la Adela en La casa de Bernarda Alba y luego hacer la Bernarda”, explica. La comparación es oportuna, porque mientras ella actuaba en decenas de obras, series y películas, el texto de Benavente esperó intocable en un cajón, sin que ninguna producción nacional intentara montarlo de nuevo. Casi 40 años de acumular un polvo que prueba el olvido al que ha estado sometido el autor en nuestro siglo.

“En efecto, son muy pocas representaciones, porque si tú vas realmente al núcleo duro del asunto, ahí hay un material dramático extraordinario. Está Hécuba, está Edipo Rey, está Electra, está Bodas de Sangre. La función tiene esa atemporalidad que nos hace revisar la condición humana y, en este caso, el mundo de las pasiones desbocadas, el daño que pueden hacer las pulsiones incontroladas, los secretos de familia, todo eso es algo que nos sigue sucediendo como individuos”, cuenta la intérprete. Lo dice como defensa de una idea que ha merodeado a Benavente desde hace años, incluso antes de aquel lejano montaje del siglo pasado, y que puede ser la primera explicación al fenómeno del prolongado silencio. La cuenta el catedrático emérito de Teoría y Práctica Teatral, y uno de los grandes expertos de teatro en España, César Oliva: “La mayoría de sus obras responden a una especie de crítica social de su tiempo, hoy huelen un poco a naftalina, son antiguas y creo que no tienen vigencia”.

Benavente fue un autor muy fecundo, escribió más de 150 textos teatrales y abanderó a la comedia burguesa, ese género de principios del siglo pasado con diálogos ingeniosos, pero sencillos, y que no pretendía profundizar en las demandas sociales. Más bien, retrataba con realismo las costumbres, vicios y conflictos familiares de la clase media-alta de la época. La malquerida escapa, sin embargo, de ese género en el que se especializó el dramaturgo: es más bien un drama rural. Cuenta la historia de un triángulo amoroso donde un padrastro desarrolla un amor prohibido y obsesivo por su hijastra, lo que desencadena violencia, secretos familiares y tensión en la comunidad. Ahí hay deseo prohibido, honor, moral social y la presión del entorno sobre la reputación. Algo que, para el catedrático, la convierte en una de las pocas obras rescatables del dramaturgo para nuestros tiempos —“quitándole el polvo del pasado, claro”—.

“Por la temática, e incluso por el desarrollo dramatúrgico, más que vigencia, es un tema que puede ser comprendido hoy, seguramente fuera de las intenciones del autor”, explica Oliva. Pero no evita estar envuelta en ese costumbrismo añejo, ni tener altas dosis de melodrama, muy estimadas —y hasta necesarias— por la burguesía de la época, que era la que llenaba los teatros. “Yo siempre he dicho que cualquier otro autor se hubiera ido a ver cómo de verdad habla la gente del pueblo. Benavente escribió La malquerida en la mesa de camilla de su casa. Es decir, era lo que a él le sonaba”, dice el catedrático.

Natalia Menéndez ha adaptado el texto junto con Juan Carlos Rubio para borrar, precisamente, “la parte costumbrista y el melodrama” y dejar “la tragedia desnuda”. Eso, dice la directora, “revela la poética de una obra que tiene esos pulsos, esos gestos, esos deseos ocultos que hacen daño y que nos interpelan hoy”. “Me parece que hay que hablar de esto”, concluye. Reduce drásticamente la duración, confiere a la función un ritmo agitado, y apuesta por una puesta en escena realista: con vestuarios y escenografía de la época, pero con detalles simbólicos, como la construcción de los muros con enormes grietas, como heridas que no cierran, un espacio sonoro de Mariano Marín que “hace como que la naturaleza hable”, o una utilería muy minimalista.

Para ella, el olvido del Nobel no se debe a su obra, sino a factores ajenos. El más importante: “La posición política de Benavente en un momento dado, que no hay que olvidarla”. El dramaturgo, aunque de ideología cambiante, fue un burgués que apoyó la dictadura de Primo de Rivera y fue bien visto por el régimen después de la Guerra Civil. “Lo que una persona fue nos condiciona mucho al acercarnos a su creación”, dice Menéndez. ¿Y no debería de ser así? “¿Somos demócratas o qué somos?“, responde. ”Yo voy a mirar la obra. No voy a ver si tenía el carné de un partido o de otro. Ha pasado tiempo, creo que podemos revisar las cosas y entender que esa persona fue muy atrevida escribiendo lo que escribió, porque no ha habido una obra de teatro que hablara de esto nunca más".

El éxito en su tiempo se difuminó rápidamente —y esta es la segunda explicación de la directora al olvido— con la llegada de Lorca: “Cuando él nació, muchas flores se quedaron apagadas”. El granadino, que nació 32 años después que el de Madrid, como bien cuenta Menéndez, “se fijó mucho en él” y su obra puede, naturalmente, recordar a la de Benavente. También lo explica Mar Mañas, profesora de Literatura Hispánica y miembro del Instituto del Teatro de Madrid: “Los dos son renovadores que fusionaron el drama rural con elementos de tragedia griega. Trascienden hablando de pasiones humanas y demás”. Aunque Oliva, que coincide menos, destaca una diferencia clara: “Cuando Lorca escribe Yerma, La Casa Bernarda Alba o Bodas de Sangre, el costumbrismo es traducido al sector poético. Lo que más perdura en el tiempo de Lorca es el lenguaje poético, no el costumbrista. No hay frases sincopadas, gente que habla mal, etc.“.

Independientemente de eso, para la profesora Mañas, rescatar a Benavente y su malquerida es necesario porque “es un clásico”, y valdría incluso como mero ejercicio arqueológico. “Lo de arqueológico siempre nos parece despectivo, pero lo que hay que hacer es contextualizar esa arqueología. Para conocer a los clásicos, que es importante, primero hay que verlos”. Una filosofía que, por cierto, parece dominar la programación del Español desde la llegada de Eduardo Vasco a la dirección. Una política, que tiene sus detractores, pero que a Mañas le gusta porque “en un teatro público se tienen que ver los clásicos. Hay que acercarlos al público, entre el que también hay una buena parte de estudiantes, y hacer una labor divulgativa”.

Es verdad que el desconocimiento de la obra del Nobel abunda, incluso en las esferas teatrales. Lucía Juárez, graduada en Arte Dramático y que interpreta a Acacia en la nueva producción, reconoce no haber leído a Benavente hasta que empezó a trabajar en este montaje. De hecho, conoció antes la adaptación de Menéndez y Rubio que el texto original. Su acercamiento, el de una joven de 31 años, ofrece un punto de vista distinto. “Yo creo que todavía el tema que trata la obra arrastra una especie de silencio y creo que no se representa más veces porque hay que atreverse a meterse ahí”, cuenta.

No quiere desgranar mucho su idea para “no hacer spoiler”, pero, sin quererlo, lo hace un poco: “Hay ejemplos muy conocidos dentro del mundo de la cultura, que no mencionaré pero que son bien sabidos, de este tipo de relaciones y de este tipo de pasiones y de este tipo de silencios”. Se refiere, seguramente, a esas pasiones desbocadas de las que habla su compañera de elenco y que a Acacia afectan directamente. Interpretar a esa mujer, dice, la estimula mucho: “En los tiempos en los que estamos, donde los jóvenes sufrimos el abuso de las generaciones mayores por sus convicciones, creo que es un personaje que a cualquier persona de mi edad le estimularía ser”.

¿Con todo lo que lo rodea, puede haber gente que se acerque con cierto prejuicio al nuevo montaje? “Que lo haga, peor para ellos”, responde la directora. “Yo creo que entrar en un espacio teatral con recelo es absurdo. A ver si conocen a algún autor que haya tenido la valentía de este”.

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