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Manuel Vicent: memoria lúcida a los 90 años ante una cámara

David Trueba y Luis Alegre presentan en el Festival de Málaga un documental donde el escritor repasa su sustanciosa vida

Manuel Vicent posa en su casa en Madrid, el pasado diciembre. Andrea Comas

Un gentío escuchó este martes a Manuel Vicent (Villavieja, Castellón) en Málaga el día que el escritor celebraba sus noventa años. Fue en un acto dentro de la programación del Festival de Málaga. Él estaba en la sala y en la pantalla. A su lado, sentado ante sí mismo, el autor de Tranvía a la Malvarrosa, su hija Nora y delante su amiga Ana Belén, que habían ido a compartir con el maestro de periodistas, y de la literatura, uno de los momentos más emocionantes de su vida como escritor.

En la pantalla estaba él solo, buscándose a sí mismo, conducido a lo lejos por dos amigos suyos, ambos cineastas y escritores: David Trueba y Luis Alegre. Este último, por cierto, ha hecho de su apellido una redundancia: parece un seudónimo.

Los dos, Trueba y Alegre, convencieron a Vicent para que él hiciera una sentada extraordinaria: grabó su vida entera, mirando siempre a los celajes que había ante la cámara que lo recogió todo. Vicent de medio cuerpo, en tres sesiones que comprendieron su vida entera, desde que era un niño de cinco años hasta este momento en que ya no entiende cómo puede estar tan vivo. El documental se titula Mañana seré feliz.

Lo está. En el patio de butacas, animado por Nora y por Ana, y en la pantalla. El gentío entró en seguida en el combate de Vicent contra el lugar común, de modo que él parecía un espectador más riéndose, cuando había que reír, de sí mismo, o ensimismado cuando las historias que le venían a la cabeza tenían que ver con momentos muy graves de la vida. La evocación triste de la muerte de su hijo, el también periodista —compañero de este diario—, Mauricio Vicent. Ahí el más interior de los Vicent que anidan en Manuel Vicent dejó en la pantalla un paréntesis en el aire. Él acabó ese instante como si se volviera a aquella tarde en que, con gafas oscuras, decía un adiós que nunca quiso.

Hubo en este encuentro momentos de enorme hilaridad pública. Las eras en las que él era un muchacho buscándose en los intersticios de su cuerpo para salir de allí feliz y conociéndose no fueron celebrados por el solo: el público hizo de lo que Manuel decía una celebración del regocijo. En uno de sus grandes libros, Contra Paraíso, él escribe, nada más empezar: “Antes de llegar al uso de razón yo era un especialista en bombas y en el paraíso terrenal las había de todas las marcas, pero a mi me gustaban más las italianas porque se parecían al frasco de colonia que usaba mi madre”.

En una casa en la que el padre manejaba el silencio y la madre vivía embobada la capacidad de su padre para ser guapo y para estar callado, este martes era un milagro que Vicent hubiera sido aquel golfo que iba narrando su vida como si fuera un modo de burlar, todavía hoy, la seriedad de los mayores.

Es una obra mayor la que han ofrecido David Trueba y Luis Alegre. Una alegría, realmente, que los tuvo trabajando, con Vicent, nueve horas de sus tiempos para sacar de ahí 80 minutos en los que, al fin, parecía que todo estaba bien. Claro, porque el autor que hablaba regalaba con su memoria lo más esencial de una vida que no tiene par, que es la de Manuel Vicent Recatalá. Desde que nació hasta el mismo instante en que se fue a cenar después con Alegre, David, Ana Belén, Félix Tussell y Arturo Valls, productores del documental. Los amigos con los que celebró la cena de su cumpleaños.

En el patio de butacas y en la ficción de la pantalla quedaba el aire de la infancia, los relatos sobre los padres, la falta de cariño que padecían aquellos tiempos, la esencia inolvidable de las masturbaciones, el desdén ante la religión, el gusto por el atún en escabeche, la alegría de estar en el Mediterráneo, su llegada al Café Gijón, donde se hizo mayor, y de donde escapó cuando la alegría se hacía inmunda.

Este hombre que se ríe, y que es adusto, contó que ahora se permite la música y las lágrimas en la tarde, recibe el homenaje que le dedican los jóvenes, y compartió con ellos, con quien estuviera por allí, aquella alegría. Hasta que supo que ya era hora de acabar con la celebración de estos noventa años que ahora tienen su propia historia, esta alegría.

Llamó la atención que esas nueve horas de conversación grabada del autor de Tranvía a la Malvarrosa no bebiera nada del agua que tuvo delante. La sobriedad de aquel chico sigue intacta, como si el padre lo estuviera vigilando.

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