En Parque Jurásico 2.0
Las tecnologías, los riesgos, los mercados y hasta las excusas convergen: siempre hay que acelerar porque la seguridad lo exige, porque el clima no espera, porque los jóvenes no ven futuro y porque el futuro, si no se presenta urgentemente, se lo queda otro

La biología sintética promete curar enfermedades, personalizar terapias y rediseñar materiales, pero algunos informes recuerdan con delicadeza que convendría regularla antes de que alguien se lance a utilizarla para mejorar a los humanos por vía de catálogo. Michael Sandel, profesor de filosofía en Harvard, sostiene que el transhumanismo entraña el riesgo de generar nuevas desigualdades y una casta de humanos aumentados. Rafael Yuste, neurocientífico en la Universidad de Columbia, advierte de que “podremos esculpir el cerebro de un adulto con posibilidades casi ilimitadas”. Algo que ya anticipaba la replicante de Blade Runner, cuando descubre que su memoria no le pertenece: “Esos no son mis recuerdos. Son los de otra persona”.
En la era de los datos y los algoritmos, tampoco nuestras decisiones parecen ya del todo nuestras. Los sociólogos alertan de que los deepfakes erosionan la confianza pública, de que la manipulación algorítmica complica la democracia y de que la verdad empieza a necesitar certificado de autenticidad, mientras las plataformas sociales recuerdan que su misión sigue siendo conectar a las personas, preferiblemente con anuncios personalizados entre bulo y bulo.
El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea identifica 221 señales débiles de tecnologías emergentes: baterías de sodio, carne cultivada, organoides en chip, materiales vivos, fertilizantes inteligentes, enjambres de drones, ciudades gemelas digitales, aviones eléctricos de despegue vertical… y uno se pregunta: si esas son las débiles, cómo serán las fuertes.
Elon Musk dice que “el objetivo a largo plazo de SpaceX es ayudar a convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria”. Todo ello mientras el ciudadano medio sigue sin conseguir que funcione bien la impresora.
Los sistemas de inteligencia artificial escriben, sintetizan, interpretan, evalúan, vaticinan, sugieren, engañan y califican pruebas; finalmente hallamos una herramienta técnica apta para reemplazar al mismo tiempo al pasante, al asesor, al docente, al panelista y al pariente sabelotodo. Aumentan la información, los esquemas base, los biosensores y los mecanismos de supervisión constante, no obstante, igualmente crecen las obstrucciones, debido a que el dilema actual no consiste en poseer toda la información, sino en determinar qué sentido tiene realmente aquello que conocemos.
Las máquinas aprenden solas, pero los gobiernos cada vez necesitan más grupos de expertos, hojas de ruta, comités interministeriales, espacios de diálogo, directrices, sandboxes regulatorios y una declaración final con foto de familia.
La OTAN alerta que la pugna ya no se restringe a lo nuclear, sino que abarca la inteligencia artificial, la informática cuántica y la biología sintética, y aconseja a los gobernantes que decidan con prontitud, pues para eso ocupan sus cargos.
La OCDE publica una agenda transformadora y recuerda, con exquisita cortesía burocrática, que no basta con innovar mucho: hay que innovar en la dirección correcta, acelerar la difusión de lo útil, retirar lo dañino, incorporar valores y aceptar que el laissez-faire tecnológico es una forma bastante cara de improvisación.
La misma OCDE propone una gobernanza anticipatoria de las tecnologías emergentes basada en cinco elementos que, quitando la jerga, quieren decir: mirar antes, pensar antes, hablar con la gente antes, regular antes y cooperar antes de que el laboratorio, el mercado y la geopolítica lo decidan por nosotros.
Entretanto, Trump recorta, paraliza, desarticula proyectos, clausura entidades, veta términos, penaliza a los centros académicos de élite, ahuyenta la capacidad intelectual, rechaza la crisis climática, se retira de instituciones globales y transforma la gestión de la ciencia en un acto de ruptura burocrática. China patenta, Estados Unidos se expande, Europa difunde, reglamenta, delibera, evalúa, organiza y denuncia las castas tecnológicas y el feudalismo digital.
En España reaccionamos mediante la visión de futuro, con objetivos estratégicos, con PERTE, con un Estado proactivo, con desembolsos de gran escala en instalaciones científicas de relevancia, con Oficina Nacional de Asesoramiento Científico y bajo la premisa de que los avances tecnológicos tienen que dirigirse hacia el beneficio social, algo que nos genera una gran satisfacción, pese a que ciertos sectores cuestionen estas medidas tachándolas de injerencia, colectivismo o, lo que es más grave, una moda pasajera costeada por Europa.
Latinoamérica intenta responder a su manera: Ecuador soñó con una ciencia para el buen vivir, una aceleración con dirección social y ecológica, y descubrió que querer orientar la tecnología es una cosa y hacerlo en medio de la desigualdad estructural del mundo es otra bastante más utópica.
En Argentina, Milei se impone en las urnas bajo la promesa de estabilizar las finanzas con su motosierra para luego reducir de forma contundente los fondos de ciencia y formación académica, cual si el saber fuese un bien superfluo y no el capital que forja el bienestar de las futuras generaciones.
La salud aparece como el gran escaparate donde regulación y tecnología todavía pueden darse la mano sin insultarse demasiado: medicina personalizada, edición genética, biomateriales, datos clínicos, terapias avanzadas, plataformas diagnósticas, todo con gran potencial para mejorar vidas y gran capacidad también para segmentarlas por renta si nadie se molesta en gobernar el proceso.
La transición verde avanza con hidrógeno renovable, nuevas baterías, redes inteligentes, materiales avanzados, circularidad industrial y una prosperidad limpia que, por desgracia, sigue necesitando minerales críticos, tierras raras, cableado, centros de datos y mucha electricidad.
Los avances técnicos se integran, los peligros se solapan, los sectores comerciales se funden e incluso los pretextos coinciden: siempre es preciso ganar velocidad porque la rivalidad presiona, porque la protección lo requiere, porque el medio ambiente no aguarda, porque el rendimiento disminuye, porque la población se hace mayor, porque China avanza, porque Estados Unidos impone, porque la sociedad se manifiesta, porque la juventud no percibe porvenir y porque el mañana, si no llega con prontitud, lo tomará un tercero.
Proliferan las cumbres sobre inteligencia artificial, los manifiestos por la ciencia abierta, las llamadas a una prosperidad compartida, los foros sobre autonomía estratégica, las promesas de que ahora por fin la innovación llegará a todos los territorios y no se quedará en las élites de Silicon Valley, Shanghái o cualquier otro valle con fibra óptica, capital riesgo y escasa paciencia democrática.
Hay quienes exigen mayor rapidez; otros, frenar; los más juiciosos piden avanzar con rumbo, si bien aún no han pactado quién controla el mando, quién acciona el freno y quién desarrolla el algoritmo que marca la vía. “Sus científicos estaban tan preocupados por si podían hacerlo que no se pararon a pensar si debían hacerlo”, afirma Malcolm en Parque Jurásico.
Y mientras los informes estratégicos se apilan, la sociedad se cansa, la política corre detrás de la tecnología, la tecnología corre detrás del capital y el capital corre delante de todos.
Con el fin de proteger el mundo mediante vehículos eléctricos deforestamos arboledas completas para inaugurar yacimientos de litio, aunque actuamos bajo una ética ambiental avalada por documentos de sustentabilidad impresos en hojas recicladas. Los residuos derivados de la caducidad planificada contaminan mares y caudales, al tiempo que un conjunto de satélites monitorea desde la órbita el deterioro terrestre empleando una asombrosa exactitud técnica.
El progreso de la ciencia se manifiesta mediante un lenguaje progresivamente vanguardista y carente de humanidad, compuesto por siglas y compromisos técnicos que prácticamente nadie logra esclarecer: deeptech, interfaces terahercios, nanofungicidas, fotónica sináptica, qubits, CRISPR, criptografía cuántica, redes 6G, drones autónomos, sensores ultraprecisos, materiales programables, IA agéntica, interfaces cerebro-máquina. Interrogante: ¿cuál es nuestra identidad? ¿Cuál es nuestro propósito en este lugar?
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