El barquer: una historia de dolor, familia,
Julio Manrique nos vuelve a demostrar que es un buen director de actores aunque el mayor desacierto de este montaje proviene del propio texto de Jez Butterworth


“Whatever you say, say nothing” (Pase lo que pase, no digas nada). Al ingresar a la Sala Fabià Puigserver, nos topamos con un inmenso telón cubierto de grafitis y proclamas políticas. Estamos en agosto de 1981, en Irlanda del Norte: nos ubicamos en el centro neurálgico del conflicto norirlandés. Bobby Sands ha perecido, hace unos meses, después de sesenta y seis días de huelga de hambre en el penal. La familia Carney amanece con entusiasmo por la jornada de siega que tienen por delante: es el evento festivo del año, una tradición rural, social y de parentesco. El barquer constituye la segunda ocasión en que Julio Manrique trabaja con el autor inglés Jez Butterworth, tras Jerusalem (Festival Grec, 2019). Se trata de la principal puesta en escena de la temporada del Lliure: diecinueve actores en el escenario, una imponente escenografía de Lluc Castells y tres horas y media de duración.
El autor sitúa una historia de política y violencia en el corazón de un hogar aparentemente feliz. Quinn Carney (Roger Casamajor) ha acogido a su cuñada Caitlin (Mima Riera) en su casa: el hermano de él y marido de ella lleva diez años desaparecido. La familia es grande, ruidosa y multigeneracional: uno de los aciertos del montaje es su reparto, donde brillan todas las edades. Entre las veteranas, Imma Colomer retrata a una tía Pat rabiosa y política, que demuestra que el activismo no tiene edad (qué bien se caga en los ingleses), y Anna Güell es una tía Maggie Faraway que transita entre la ausencia y los poderes adivinatorios: pongan una tía médium en su vida. Las niñas de la familia (estupendas todas) se alegran muchísimo cuando la tía Maggie regresa momentáneamente de sus viajes siderales y les cuenta historias del pasado y del futuro. Carles Martínez encarna con oficio el tío Patrick, hombre culto y divertido, siempre con una anécdota a punto, quien introducirá la historia del barquero Caronte que da título a la obra.
Aun siendo muy coral, el reparto está encabezado por unos muy afinados Roger Casamajor y Mima Riera con su historia de deseo reprimido: la esposa de él (Marta Marco) hace años que convive con la depresión, y recluida en su cuarto ha dejado que Caitlin acabe llevando la casa y, de paso, el corazón de su marido. Entre los jóvenes, destacan un electrizante Marc Soler y una Lua Amat que, como suele suceder en toda familia numerosa, se debate entre su propio deseo y el deber de actuar como segunda madre de las pequeñas.
Butterworth lo destruye todo en los últimos cinco minutos, con un final atropellado, inverosímil y ridículo.
El texto de Jez Butterworth es largo y ambicioso, y durante tres actos va cimentando una historia de terrorismo, confidentes y traición: la aparición de Muldoon (Ernest Villegas) con una mala noticia revela que aquí tanto los buenos como los malos son del mismo bando. Es decir, del IRA. Julio Manrique nos vuelve a demostrar que es un buen director de actores, y que sabe componer un montaje ágil y muy resolutivo. Creo que se queda a medio camino con la propuesta escenográfica: el hogar familiar está rodeado de fango, y en contadas ocasiones los personajes rompen la ilusión y ponen los pies en el barro. La cosa podía dar mucho más de sí. El mayor desacierto, sin embargo, proviene del propio texto: después de tres horas construyendo un mundo, Butterworth lo destruye todo en los últimos cinco minutos, con un final atropellado, inverosímil y ridículo. El truco escenográfico tampoco ayuda, pero no pasa nada: subrayar el efectismo de la imagen final asegura una mayor ovación.
El barquer
Texto: Jez Butterworth. Dirección: Julio Manrique
Traducción: Cristina Genebat.
Teatre Lliure Montjuïc. Barcelona. Sala Fabià Puigserver. Hasta el 15 de marzo
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