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Fotografía
Crítica

Padres travestidos, amores fingidos, turismo enloquecido: fotografías bajo sospecha en PhotoBrussels

En su décimo aniversario, el festival presenta 50 exposiciones que no usan la fotografía para certificar una verdad, sino para desmontarla: del ‘remake’ en imágenes de un romance fraudulento al deterioro de una isla japonesa convertida en postal turística

Cuando Karla Hiraldo Voleau se enteró de que su novio tenía una doble vida, todo lo que había compartido con él durante 13 meses se le volvió sospechoso, empezando por las fotos de pareja. ¿Decían algo verdadero de aquel amor o ya llevaban dentro, en su propia puesta en escena, la semilla del engaño? De esa duda nace Another Love Story, el proyecto que la fotógrafa francesa de origen dominicano presenta en el festival PhotoBrussels, que se celebra en la capital belga hasta el 22 de febrero. Hiraldo Voleau, de 34 años, tomó una decisión feroz: reconstituir, una a una, las fotos hechas con ese ex, repitiendo encuadres y gestos con un actor escogido para el papel por su parecido físico. Así trató de entender qué sucedió ante sus ojos sin que se diera cuenta de nada.

Esa reconstrucción se mezcla con algunas de las imágenes originales y fuerza una mirada en dos tiempos a su historia de amor: lo que vivió una primera vez, en caliente, y lo que analiza después con distancia crítica y lucidez clínica de forense. En las paredes de la galería La Nombreuse, en el gentrificado barrio de Saint-Gilles, las fotos se encadenan como en el tablero de una investigación policial, mientras varios móviles reproducen mensajes llenos de reproches, escritos cuando la relación ya estaba rota. En la exposición, la fotografía deja de ser la prueba de una verdad objetiva y se convierte en todo lo contrario. Primero, en las imágenes originales, escenifica un amor que tal vez no era tal. Y después, en su remake, sugiere una relectura que firma su certificado de defunción.

Nacido en 2016, el festival PhotoBrussels celebra su primera década convertido en una de las grandes citas europeas de la disciplina. En total, esta edición propone más de medio centenar de exposiciones repartidas por toda la ciudad y unos 150 artistas, entre consagrados y emergentes. El uso de la fotografía más allá de su clásica dimensión documental recorre esta edición del certamen como un hilo conductor. Aquí la imagen no solo registra, sino que también corrige, repara, impugna o fabula.

En Hangar, centro de exposiciones dedicado a la fotografía, el británico Lee Shulman, al frente de The Anonymous Project, levanta una casa británica de los cincuenta con muebles comprados en páginas de segunda mano y coloca en el centro una caravana de época que le costó poco más de 200 euros. La exposición, titulada The House, permite imaginar relatos a partir de una larga serie de imágenes anónimas de la segunda mitad del siglo XX .

En ese hogar postizo, Shulman cuelga fotos de su inmensa colección de fotografía amateur —cerca de 50.000 negativos— que empezó a recolectar hace una década tras comprar una caja de diapositivas antiguas en un mercadillo y quedar atrapado por las vidas que asomaban en ellas, tan distintas y a la vez tan parecidas a las de su propia infancia. En la cocina construida para la ocasión, por ejemplo, una serie de fotos retrata la vida de una familia, año tras año, revelando su intimidad y también su opacidad. ¿Quién hace la foto, siempre desde el mismo lugar y ángulo? ¿La ausencia del padre de familia se debe a su muerte durante el año anterior? En la muestra se dibuja un retrato de un espíritu british, entrañable y un tanto kitsch, emparentado con el de Martin Parr, a quien Shulman dedicó un documental en 2025, poco antes de su muerte.

En la planta superior, la exposición colectiva Family Stories dialoga con la idea de la familia como puesta en escena. De los seis fotógrafos representados, destaca el proyecto del brasileño Danilo Zocatelli Cesco, Dear Father, nacido de su deseo de estrechar el vínculo con su padre. Criado en una granja del interior de Brasil, siempre sintió una distancia respecto a una familia conservadora al asumirse como joven queer, y buscó en su progenitor una complicidad que nunca se materializó. Para encontrar un terreno común, le propuso travestirse delante de la cámara y posar para él con maquillaje y peluca. Para su sorpresa, aceptó. Lo que al principio roza lo grotesco acaba abriendo un espacio conmovedor de aceptación y reconciliación; el testimonio de un amor paterno que no se supo o no se pudo decir.

PhotoBrussels también se adentra en espacios ajenos al núcleo familiar. En la galería KlotzShows, los alemanes Daniel y Geo Fuchs recuperan su proyecto Stasi – Secret Rooms, una larga serie de imágenes de las oficinas, prisiones, búnkeres y salas de interrogatorio de la antigua policía secreta de la RDA, que ya se pudo ver hace años en Barcelona y Santander. Fotografiados con una composición contenida y casi clínica (ángulos frontales, gran formato, luz tétrica), esos interiores revelan la arquitectura fría y metódica del control estatal. No hay cuerpos en escena, y su ausencia obliga al espectador a imaginar qué lugar ocuparían en esos espacios, conservados casi intactos tras la caída del Muro de Berlín en 1989. El resultado convierte cada encuadre en un espacio cargado de memoria y violencia sorda.

Por último, en la galería L’Enfant Sauvage, la fotógrafa belga Katherine Longly detiene su mirada sobre el turismo depredador en la isla japonesa de Aoshima. Su exposición Cat Island Blues examina el lento deterioro de este pequeño islote del mar interior de Seto, que pasó del anonimato a la fama global al popularizarse en las redes sociales como “la isla de los gatos” debido a una numerosa colonia felina. Los gatos, introducidos originalmente para controlar plagas en una isla dedicada a la pesca, se reprodujeron durante décadas sin esterilización sistemática.

Cuando internet convirtió esa circunstancia en atractivo exótico, comenzaron a llegar visitantes en masa, a menudo sin infraestructuras adecuadas para recibirlos. En Aoshima no hay hoteles, restaurantes ni servicios permanentes, y el acceso depende de un ferry con horarios limitados. El flujo constante de visitantes, con un máximo de afluencia en 2013, aceleró la degradación del lugar y obligó a las autoridades locales a tomar medidas. Hoy solo quedan tres humanos y 50 gatos en la isla.

Longly viajó a Aoshima cinco veces y armó su proyecto a partir de fotografías propias y materiales de archivo. Sus imágenes retratan la vida cotidiana de la isla y, al mismo tiempo, plantean una reflexión más amplia sobre la presión de la mirada turística: qué ocurre cuando un lugar es visitado, fotografiado y consumido hasta provocar su agotamiento. O, en otras palabras, cuando se convierte en imagen.

PhotoBrussels. Bruselas. Hasta el 22 de febrero.

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