Sobre el Empate Catastrófico
No asumimos que la Política es un constante tira y afloja, una tensión continua, una disputa dinámica, donde no siempre se pierde todo ni se gana todo

Primero lo había leído en Gramsci, citado como Equilibrio Catastrófico, en referencia a cuando fuerzas antagónicas están bloqueadas debido a que ninguna puede imponerse sobre la otra.
Años después, lo escuché en palabras de Álvaro García Linera, pero acuñado como Empate Catastrófico, con el mismo sentido gramsciano, aplicado para determinadas fases del conflicto político boliviano.
Es un término que a pesar de su potencial explicativo, tiene poca aceptación. El motivo es que se trata de una idea que no está acorde con esta nueva era en la que se impone el simplismo y el pensamiento binario; en la que siempre se pretende conocer quién es el ganador y el perdedor de cada disputa. A todo empate se le exige un método de desempate. Sea para una final de un campeonato de fútbol o una subasta. Hay multitud de ejemplos con una fórmula sencilla para proclamar al ganador en detrimento del perdedor.
Sin embargo, hay situaciones en las que no siempre existen los mecanismos inmediatos que permiten dirimir quién es el vencedor. Frente a este tipo de escenario, lo correcto es no forzar el marco analítico y no precipitarse en sentenciar a quién le atribuimos el triunfo.
Sucede que a veces dos rivales que están en conflicto tienen fuerza suficiente para impedir la dominación absoluta del uno sobre el otro, entrando así en una crisis sin desenlace inmediato, que nos obliga a ‘esperar’ para tener una conclusión definitiva.
Y esto de ‘esperar’ colisiona con el imperativo de la ‘sentencia precoz’, tan propio de los tiempos que vivimos.
El que haya jugado al juego chino del Go, sabrá que a veces se llega a una situación de Jigo, de empate a puntos, donde nadie gana. En el Go antiguo, esto se asumía como resultado final, sin más. Desde hace unos años, también el Go buscó su manera de desempatar a través del Komi (se compensa en puntos al jugador de blancas con un valor en decimales que asegura que siempre gane uno de los dos).
Cada día nos cuesta más aceptar que la trama no tiene un desenlace como el de una final de los juegos olímpicos en el que alguien gana y otro pierde. La houseofcardización del análisis político nos han condenado a que siempre queremos una solución final en cada capítulo. Pero la realidad no siempre nos garantiza dictámenes facilones y concluyentes.
Lo de ser prudente y paciente no está de moda; lo de aceptar que un conflicto no siempre puede descifrarse en modo binario y elemental, tampoco.
Y en consecuencia caemos en la tentación de querer descifrar ecuaciones complejas con dilemas sencillos y con celeridad.
Esto, por ejemplo, es lo que nos pasa a la hora de valorar los efectos del bombardeo de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro del Presidente Maduro. Enseguida, queremos disponer de una resolución terminante. Es como si nos incomodara tener que lidiar con los matices del ‘mientras tanto’.
Nos cuesta asumir lo contradictorio y lo relativo que supone que Trump tenga capacidad militar para destruir un país, y sin embargo, no tenga capacidad política para construirlo.
Nos cuesta asumir que se puede tener fuerza para una cosa pero no para otra.
En muchas ocasiones, el adversario o rival cuenta y juega sus cartas. Que tal vez no le dan para ganar, pero sí para empatar, o al menos, para impedir una victoria aplastante del otro.
En el fondo, no asumimos que la Política es un constante tira y afloja, una tensión continua, una disputa dinámica, donde no siempre se pierde todo ni se gana todo.
De hecho, esto mismo ocurre cuando se hace balance tras un resultado electoral. La fuerza política que no gana unas elecciones, muchas veces, asume la derrota como totalitaria. Es decir, como si no tuviera nada que destacar en positivo. Un muy buen ejemplo fue lo sucedido en Argentina en el año 2019, cuando la alternativa a Milei sacó 11,5 millones de votos en segunda vuelta, y no lo valoró en su justa medida aunque no fuese suficiente para ganar aquella cita electoral. O al contrario. Milei creyó y sigue creyendo que toda la Argentina está con él, y no, tiene un respaldo grande pero también tiene un rechazo grande. No siempre el vaso está lleno por completo ni plenamente vacío.
Algo parecido sucede en una multitud de conflictos entre países. Cada pulso entre naciones vecinas depende de una matriz compleja de relaciones. Y todo acuerdo en algunos asuntos puede venir de la mano de desacuerdos en otros.
Véase la relación altamente complicada e interdependiente que tienen México y Estados Unidos. Sus gobiernos están en las antípodas ideológicas pero sí o sí tienen que buscar mecanismos de encuentros porque comparten frontera. Pero también tienen temas muy desencontrados, como por ejemplo, la relación con Cuba. Por un lado, Trump amenaza con sanciones si se vende petróleo a este país; y Sheinbaum sortear eso mandando buques con ayuda humanitaria.
Este es un buen ejemplo de que no siempre gana un país en este toma y daca tan propio de la política. Ni se impone del todo Estados Unidos, ni tampoco México hace lo que realmente desea.
Cada cual actúa en base a su margen de maniobra, que en la gran mayoría de ocasiones es finito.
Por eso es importante considerar este ‘marco epistemológico’, el del empate catastrófico, para analizar cada caso tanto en la política como en la geopolítica. Este marco nos ayuda a considerar la realidad y el contexto existente, que condiciona, impone y limita.
Sin que esto signifique que el empate, sea catastrófico o no, deba ser el objetivo estratégico a perseguir. Ni tampoco que sea el estado final a aceptar y acatar.
Se trata de un marco analítico y no de un fin en sí mismo.
Y gracias a su consideración, nos evitaríamos caer seguidamente en la tentación de lo banal, lo binario y lo simplón, porque no siempre gana uno por goleada y pierde el otro. Muchas veces, se producen empates, y hasta derrotas por la mínima que si son bien metabolizadas podrían llegar a ser primer paso para una siguiente victoria.
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