Pilar del Río: “La democracia no está en crisis, las sociedades sí”
Desde hace más de una década, la periodista y traductora preside la Fundación José Saramago

Pilar del Río llega a la Biblioteca Nacional de España una mañana cálida de octubre con paso tranquilo y una sonrisa franca. Habla despacio, pero con una convicción luminosa. Periodista, traductora y presidenta de la Fundación José Saramago, lleva más de una década custodiando el legado del Nobel portugués y, al mismo tiempo, sosteniendo una causa propia: la defensa de la palabra, la cultura y la empatía como motores de una sociedad más justa.
Nada más comenzar la conversación, se detiene a agradecer la iniciativa del proyecto Iberoamérica en Democracia, impulsado por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). “Fortalecer la democracia no tiene fin, porque la democracia siempre es perfectible. Enhorabuena por promover un espacio que invita a pensar en común”, dice. Así empieza una charla que, más que una entrevista, se siente como conversación donde nos invita a reflexionar sobre la humanidad.
Pregunta: Gracias, Pilar. Antes de entrar en algunos temas que abordaremos, me gustaría preguntarle: ¿cómo se definiría Pilar del Río en pocas palabras?
Respuesta: Es difícil responder a eso. En un documento puedo poner lo que dice el pasaporte: periodista, 75 años, nacida en Sevilla, con nacionalidad portuguesa. Pero eso dice poco. Tal vez aclare algo más añadir que tengo un hijo y soy la mayor de quince hermanos. Que nací en una época en que lo más importante, para huir de la tristeza, era servir a los demás. Así me defino: una persona al servicio. He trabajado como periodista, siempre militando en el periodismo. Ahora, desde una institución cultural, conservo la memoria y el legado de José Saramago. Pero todo desde la misma vocación: servir. Si no es de servicio, el proyecto no me interesa.
P: Justamente quería hablar de ese legado. Usted tiene una doble faceta: periodista, escritora, traductora, y también guardiana de la memoria de José Saramago, de ese “continúame” que él le pidió en el documental José y Pilar…
R: “¡Qué responsabilidad! Y qué maldad”, le decía. En ese mismo documental, con su sentido del humor, él dice: “No quisiera estar en la piel de Pilar cuando me haya muerto”. “Pues no te mueras”, le respondía. Saramago era una personalidad muy fuerte, con una enorme capacidad de observación. Analizó su tiempo y reflexionó sobre el futuro. Era un intelectual y un humanista. Continuar su legado es muy difícil para una persona o incluso para una institución. Tratamos de mantenernos a flote, pero no es fácil seguir ese ritmo, la posición ética y humana de un ser para quien nada ni nadie le era indiferente.
P: Mi pregunta era quizá más personal: ¿dónde empieza Pilar y dónde termina José? ¿O es algo indivisible?
R: José Saramago es el autor de su obra, y eso está claro. Pilar es, simplemente, una más que anima a que esa obra se conozca y que conceptos humanos que él defendía sigan presentes en la sociedad y en las instituciones. Digamos que si él fue padre y madre de una determinada forma de estar en el mundo, yo estuve en el momento de la concepción. Eso me ocupa y me define: ahí se unen la obra de Saramago, cultura y pensamiento, y mi propio trabajo.
P: Hablando de la obra de Saramago, ¿qué libros recomendaría para quienes aún no lo han leído, especialmente para entender su pensamiento sobre el ser humano?
R: Ensayo sobre la ceguera define muy bien nuestro tiempo. Después de escribir El Evangelio según Jesucristo, Saramago vivió una profunda revolución interior. Haber indagado en los orígenes de nuestra civilización, que es la civilización cristiana, y en los conflictos que el factor Dios ha ido generando a lo largo del tiempo -guerras, sacrificios personales, torturas, dogmatismos, martirios- le afectó profundamente, hasta que un día dijo: “Estamos ciegos. Somos ciegos que, viendo, no vemos”. Entonces escribió Ensayo sobre la ceguera. Ese libro nos retrata hoy: estamos al borde de una hecatombe y no entendemos que solo los ciudadanos podemos salvarnos. Más adelante escribió Ensayo sobre la lucidez, donde el asunto es la responsabilidad. En ese libro, donde aparecen jóvenes en momentos clave, parece decir: “sois importantes, asumid vuestra lucidez, que no os uniformicen ni os desalienten”. Por eso recomiendo leer ambos títulos: Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez.
P: Uno explica cómo está la sociedad y el otro lo que podemos hacer. En esa línea, no me gusta hablar de “crisis” de la democracia, porque creo en el valor de las palabras y la importancia de cuidar el discurso, pero ¿qué valores debemos rescatar para fortalecer la democracia? ¿Qué puede hacer la juventud?
R: A mí tampoco me gusta hablar de “crisis de la democracia”. Pobre democracia… Las que estamos en crisis somos las sociedades. Creemos que porque hay elecciones hay democracia, y no siempre es así. La democracia es el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, pero demasiadas veces delegamos nuestras responsabilidades, permitiendo que otros –no votados o votados a partir de campañas manipuladoras- gestionen sin rendir cuentas. Y así surgen las guerras, como si los seres humanos no importaran, millares de muertos son “cosas que pasan”. En la democracia los seres humanos importan, todos. Para que haya democracia, necesitamos más cultura, más educación, más responsabilidad. Debemos frenar las lógicas que nos reducen a números y recordar que cada uno es único, con conciencia y responsabilidad. Solo con ciudadanos conscientes y comprometidos la democracia será el mejor sistema posible.
P: Esa idea de frenar, de escuchar al otro, me recuerda al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que habla de la sociedad del cansancio y de la falta de comunicación real.
R: Exactamente. Vivimos una soledad angustiosa, no creativa. Estamos rodeados de miles de contactos, pero no comunicamos con alma y cuerpo, como si todo fuera superficial. Antes, en los pueblos, las mujeres conversaban durante horas al final del día; se conocían, se acompañaban. No se sentían solas. No digo que debamos volver a sentarnos en las puertas de las casas, pero sí debemos recuperar la comunicación directa, la mirada, los proyectos compartidos. Asociarnos, leer, conversar mirándonos a los ojos. Podemos hacer del mundo un lugar mejor. Y si a alguien esto le parece utópico, pues peor para él o para ella: en una sociedad donde la gente se reconoce, donde hay pluralidad, respeto y encuentro, cabemos todos y podemos intentar el anhelo de ser felices.
P: Esa empatía de la que habla, esa frase que repiten Saramago y usted en varias ocasiones: “El otro tiene derecho a decir yo”, parece haberse debilitado. En ese sentido ¿cómo fomentar sociedades más empáticas desde instituciones como la Fundación Saramago o la OEI?
R: Cuando la OEI organiza encuentros y lleva a autores, artistas o músicos de distintos países, demuestra que, siendo distintos culturalmente, tenemos proyectos que nos acercan y demuestran las convivencias posibles. Nos falta dar más visibilidad a las buenas noticias, como las que genera la OEI. Los medios repiten las malas, insistamos nosotros en las otras, en contar el concierto que emocionó a tantos, en los proyectos que construyen esperanza y convivencia. Detesto el odio y vivimos rodeados de discursos de odio, incluso desde gobiernos o medios poderosos se proclama el odio. Tenemos que encontrar vacunas contra la sociedad del odio que algunos diseñan.
P: Pero, con internet y las redes ¿no tendríamos más posibilidades para contar buenas noticias?
R: Estamos dominados por los algoritmos, pero bueno, activistas sin rendirnos sí que podemos ser.
P: ¿Qué papel juega entonces la cultura y el intercambio entre culturas en este contexto de fragmentación?
R: La cultura nos hace iguales. Gracias a la literatura, a la pintura, a la música, conocemos al otro. Sabemos cómo vivía el abuelo de García Márquez o los sueños de Cortázar. La cultura nos enseña que, aunque tengamos la piel más clara o más oscura, todos queremos ser felices. Si hay cultura, hay respeto. Y si hay respeto, no habrá invasiones ni expulsiones de emigrantes, ni explotación de semejantes. La cultura es la base de las relaciones humanas.
P: Cada día, cuando ve las noticias, ¿qué cree que diría Saramago? ¿Qué frases suyas le vienen a la mente?
R: Lo que decía tantas veces es lo que me viene a la mente: “Estamos locos”. Saramago vivía en Lanzarote, una isla a medio camino entre Iberoamérica, España, Portugal y África. Para él simbolizaba un puente. Defendía que la Cuenca Cultural y Económica del Atlántico Sur debía de existir, ser decisiva hoy como lo fue la Cuenca del Mediterráneo en su tiempo. El Atlántico Sur es joven, diverso, rico en idiomas y culturas, y en materias imprescindibles para el desarrollo. España y Portugal podrían acercar Europa a la región americana, no como colonizadores, sí, por fin, como iguales. En alianza, el Atlántico Sur, es decir, América, desde Rio Grande hasta la Patagonia, Portugal, España y algunos países de África podrían formar una potencia humanística, económica y cultural fuerte, potente, no invasora, distinta, autónoma de otras potencias. Ese es un sueño hermoso que no debemos olvidar.
P: Coincidimos plenamente. En la OEI también apostamos por esa cooperación Sur-Sur y por las industrias culturales. Pero dígame, ¿la cultura es un derecho?
R: Es un deber.
P: Como los derechos humanos. Usted suele decir que los derechos humanos no son un favor, sino una responsabilidad individual.
R: Es que la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 fue un logro histórico, pero la firmaron los Estados, no las personas. Y los Estados a veces “se van de vacaciones”. Por eso debemos asumirla como propia nosotras y nosotros. Desde la Fundación José Saramago impulsamos la idea de una Declaración de Deberes Humanos: cada persona tiene la obligación de defender el documento maravilloso que es la Declaración Universal y velar por su cumplimiento. Los derechos humanos deben estar por encima de las leyes del mercado. Si no lo entendemos, estamos perdidos como humanidad.
P: Desde nuestra experiencia en América Latina, pienso en el derecho a la educación, a tener una alimentación básica, al hogar, a tener una familia que te cuide…
R: Y también el derecho a amar, a elegir la religión o no tenerla, a decidir la propia vida. Hay que estar atentos: está surgiendo una nueva forma de dominación económica que se disfraza de religión y dogma. Nos amenaza con reducirnos a seres resignados o amedrentados, como si estuviéramos en las épocas donde el oscurantismo era ley. Por eso la cultura es más importante que nunca: para poder ver, para conocer y decidir en libertad. La libertad, ese concepto que no puede ser devaluado.
P: Para cerrar, ¿qué mensaje les daría a los jóvenes, futuros líderes, para que aprendan a mirar y respetar al otro?
R: Que sean empáticos, que vean al otro como semejante. Que reclamen a los mayores, porque hemos cometido muchos errores. Que busquen nuevos caminos desde la solidaridad y la contemplación del otro. Y que comprendan que la luna tiene un lado oculto: para construir el futuro necesitamos todas las voces, todos los idiomas, todos los colores, todas las culturas, todo lo que ha sido ignorado. Necesitamos ver la luna completa para ser hombres y mujeres libres, iguales, independientes, necesarios.
Pensemos que hay mucho por hacer y hagámoslo juntos, para que sea posible. Y ya, con todos los datos, podremos decidir desde la responsabilidad y la conciencia. Se necesita.
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