Crímenes en las arenas de río: tatarugas traficadas para fines gastronómicos
Esta es la especie de tortuga más grande de Sudamérica y en Bolivia está en peligro de extinción. En Camiaco, en la Amazonia boliviana, trafican hasta tres millones de sus huevos por año

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En las playas del río Mamoré, en plena Amazonia de Bolivia, se abren diminutas líneas que delatan el arrastre de una tortuga recorriendo esas arenas calientes para poder desovar. Esas líneas son similares a pequeños caminos perfectos que unen la selva con el agua. Son líneas que realizan las tatarugas (Podocnemis expansa) mientras se arrastran para llegar a su lugar ideal. Construyen un nido en la arena, dejan sus huevos y se van. Si logran volver al río podrán vivir un tiempo más, pero hay muchas que no tienen esa dicha.
Desde hace más de 20 años, la mano criminal del hombre impide ese viaje de retorno. No solo eso: también impide el brote de nuevas tortugas de río robando los huevos que estaban en los nidos de arena. Los traficantes matan a la madre y a las tortugas que deberían nacer.
El desove de una tataruga es uno de los fenómenos naturales más sorprendentes y vistosos de la Amazonia. Las tatarugas se reúnen para desovar en las playas de los ríos amazónicos. Lo hacen de una forma sincronizada. Son tantas que se hace difícil contarlas.
Este fenómeno no solo es llamativo, sino esencial para el funcionamiento de los ríos, pues las tatarugas traen consigo aportes de nutrientes a los afluentes y sus huevos y tortuguillos son parte esencial de la cadena alimenticia del ecosistema.
En la comunidad de Camiaco, en el departamento del Beni, en Bolivia, las tatarugas son muy requeridas. Los comunarios susurran que sus huevos son un manjar, al igual que su carne. Pero también susurran que las roban de su hábitat para utilizarlas de mascotas. En ese poblado, cuando se habla de las tortugas, hay temor. A pesar de que es época de desove, la gente no dice mucho. Tienen miedo de que las autoridades decomisen los huevos que sustrajeron de los nidos. Puede haber sanciones penales y multas para quienes sean parte del tráfico de esta especie.

Camiaco es un pueblo pequeño y tranquilo, pero en época de desove, entre agosto y diciembre, se lo conoce como uno de los pueblos más depredadores de las tortugas. Está a orillas del río Mamoré, uno de los principales afluentes amazónicos de Bolivia. Tiene el título de depredador porque en septiembre realizan un reconocido y criticado evento: la feria de la peta, bautizado así por el nombre con que se conoce a las tortugas en esa región. Ahí venden platillos creados a partir de los huevos de la tataruga y de la peta de río (Podocnemis unifilis). También se oferta la carne de estos quelonios.
En esa localidad, el tráfico de tatarugas y petas de río es un secreto a voces. Lo hacen sin piedad. Sacar a estos quelonios de su hábitat es normal para los comunarios, más aún en la época de desove. “Es un ingreso más que tenemos en esta época. Vendemos sus huevos, que es lo que más sale”, relata un pescador.
En las orillas del Mamoré están los pescadores. Ellos aprovechan estas fechas para extraer las petas y sus huevos. Colocan a las tortugas en cajas de cartón, aún vivas, y los huevos en bolsas de yute. Encima de los precarios botes, también hay refrigeradores que no funcionan, pero que son utilizados para mantener a los pescados con hielos.
La noche anterior, los pescadores fueron aguas arriba a buscar tortugas. Sabían que iban a encontrarlas. Penetraron los nidos y sacaron los huevos. Muy temprano los vendieron. Cada huevo llega a costar un boliviano, alrededor de 14 centavos de dólar. Los intermediarios venden ese mismo huevo al doble de lo que adquirieron. En ocasiones, los compradores son ciudadanos brasileños que llevan los huevos a su país. Lo mismo pasa con las tortugas. Una tataruga puede llegar a costar 150 bolivianos, que equivale a 25 dólares. La mayor parte de esta mercadería la venden en Trinidad, la capital del Beni.
La tataruga es la tortuga de río de mayor tamaño de Sudamérica. Las hembras alcanzan hasta 107 centímetros de la cabeza a la cola y los machos 50. Su caparazón es relativamente plano y ensanchado. Pamela Carvajal, bióloga boliviana parte de la Red de Conservación de Tortugas de Bolivia (RCTB), explicó a Revista Nómadas que las tatarugas desovan entre 26 a 180 huevos y que la época de nidificación puede empezar en agosto o septiembre, dependiendo del ciclo hidrológico del río. El tiempo de incubación es de alrededor de 45 a 70 días.
La experta explicó que la legislación boliviana prohíbe la captura, acopio y acondicionamiento de animales silvestres y sus productos derivados. Los artículos 110 y 111 de la Ley 1333 de Medio Ambiente establecen una pena de hasta tres años de privación de libertad para las personas que capturen y comercialicen especies de vida silvestre.

En Camiaco, el negocio con las tatarugas no termina ahí. Las calles de este poblado son de tierra. Por ahí llegan varios intermediarios para llevarse los huevos y las tortugas vivas. El destino es la ciudad de Trinidad, que está a 596 kilómetros de la ciudad de La Paz. En Trinidad, la capital del Beni, ya no se colocan letreros ofertando los huevos de tortugas, menos las ofertas gastronómicas con la carne de tataruga. Lo que sí abunda, son los anuncios en redes sociales, principalmente en Facebook.
“Llegaron huevos de tataruga y de peta”. Eso es lo que se oferta en la época de desove en varias redes sociales. Revista Nómadas se contactó con uno de los vendedores, quien ofreció los huevos y se comprometió a conseguir una tataruga sin dificultad. “Se lo consigo, no hay problema”, prometió.
Venta sin control
Lo que ocurre en el mundo virtual, pasa también en el presencial. Martha vende “medicinas naturales” en el mercado campesino de Trinidad. Conoce todos los beneficios de estos productos. Ahí, entre botellas de plásticos, está el aceite y la grasa de tortuga. “El aceite de tortuga se puede poner al cabello, lo dejará mejor cuidado. La grasa es para la piel, es como una crema”, dice la vendedora.
En otras comunidades de Beni, como Versalles, en plena frontera con Brasil, ciudadanos brasileros ingresan clandestinamente a través de la frontera para robarse los huevos y algunos ejemplares de tatarugas.
Carola Vaca, quien fue directora de la Reserva Estación Biológica del Beni y la primera mujer guardaparque de Bolivia, explica que existen inconvenientes con algunos comuneros indígenas tsimane, un pueblo de tierras bajas que sufre constantemente por el avasallamiento de sus territorios.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) considera a la tataruga como “vulnerable” y a la peta de río “en Bajo Riesgo” de extinción. El Libro Rojo de Vertebrados de Bolivia, realizado por el Ministerio de Medio Ambiente y Agua, en cambio, categoriza a las petas de río como “vulnerable” y a las tatarugas como “en peligro” de extinción. En ambas situaciones, la categorización se hizo en 2008 y 2009.
En Bolivia se han registrado 19 especies de tortugas: 16 especies nativas que habitan en el territorio naturalmente y tres especies exóticas. Quince de las especies de tortugas nativas se encuentran amenazadas por la pérdida de su hábitat, el cambio climático, el consumo, el comercio de huevos, carne e individuos como mascotas y el comercio de sus partes o derivados para la fabricación de artesanías.

Actualmente, los productos que más se comercializan son los huevos, la carne y el aceite de tortuga elaborados de forma artesanal. Pero también pueden encontrarse artesanías realizadas con los caparazones de las tortugas en algunos hogares, restaurantes y mercados principales del Beni. Hasta hace poco, en el mercado principal de Trinidad, se vendían huevos de peta de río y tataruga y platos preparados con carne y huevo de las tortugas.
El tráfico de huevos es bastante alarmante. No hay cifras oficiales o recientes, pero de acuerdo con fuentes policiales, entre agosto y septiembre de 2021, se decomisaron 50.000 huevos de tortugas del género Podocnemis. Ese mismo año, un operativo de la Policía Fluvial de la Armada Boliviana decomisó 5.377 huevos, en Trinidad. Un año después, en el municipio de Puerto Siles, en Beni, a orillas del río Mamoré, se intervinieron embarcaciones brasileñas y se encontraron 1.500 adultos de tatarugas y más de un millón de huevos.
En la comunidad de Camiaco, se estima que cada año se comercializan cerca de tres millones de huevos y un centenar de tortugas, según el Libro Rojo de Vertebrado de Bolivia. En la gestión de 2019, el Ministerio de Medio Ambiente y Agua registró el comercio ilícito de 88.852 huevos de tortuga, una cifra ínfima teniendo en cuenta el alcance del mercado. En octubre de 2023, la Policía Forestal y Preservación del Medio Ambiente (POFOMA), a través de la dirección departamental de Beni, informó del decomiso de 6.000 huevos en la tranca de control Tajibo en el Beni.
Según la Gobernación del Beni, en ese departamento se decomisa un millón de huevos de tatarugas y petas de río cada año. Los otros millones son traficados en Bolivia y en el exterior, principalmente en Brasil. Cada año también se decomisan por lo menos 200 tatarugas y petas de río, aunque todo indica que se venden ilegalmente miles o decenas de miles.
“Todo esto exige un análisis y la actualización en torno a los mecanismos de comercio de fauna silvestre en nuestro país, y una mayor atención con respecto al uso de las redes sociales”, explicó Enrique Domic-Rivadeneira, herpetólogo boliviano que es parte de WCS Bolivia y quien aportó en la realización del Libro Rojo de Vertebrados de Bolivia.
Los casos de Pando
El departamento de Pando es otra de las regiones bolivianas donde hay tatarugas y petas de río. Las playas de los ríos Tahuamanu, Orthon y Manuripi son las ideales para que estas tortugas entierren sus huevos, debido a sus cálidas arenas. Allí, las tatarugas dejan sus huevos sin conocer el riesgo que corren: hay personas que esperan ese ciclo natural para desenterrarlos y llevarlos a Perú o Brasil. Estos traficantes también esperan a los reptiles para cazarlos y aprovechar su carne.
El director de la Reserva Nacional de Vida Silvestre Amazónica Manuripi, Denis Navarro Tuno, explicó a Revista Nómadas que el comercio ilegal de esta especie se da a partir de julio, que es cuando las tortugas llegan a las playas para dejar sus huevos. El guardaparque detalló que, en la zona del Manuripi, un área nacional protegida en el departamento de Pando, existen planes de cuidado para preservar a este reptil.
Según Homali Flores, secretaria departamental de Gestión Integral de la Secretaría de Madre Tierra de la Gobernación de Pando, los traficantes de esta especie optan por llevar la carne de la tortuga y sus huevos a ciudades grandes de Bolivia, pero también pasan la frontera hacia Perú y Brasil. A Perú lo hacen por la frontera norte, hasta llegar a la ciudad de Puerto Maldonado. Es más fácil llevar a las tortugas a Brasil, ya que la capital de Pando, la ciudad de Cobija, es fronteriza con las localidades brasileñas de Brasiléia y Epitaciolandia.
En Pando, la carne y los huevos de tortugas tienen diferentes usos: el consumo de los huevos por sus supuestas propiedades afrodisíacas; la aplicación del aceite de la grasa corporal en tratamientos cutáneos y en la cura de hemorroides; el consumo de la carne en diferentes platos; el caparazón, como adorno; los huevos para hacer tortillas y la elaboración del “mushangué”, una preparación culinaria a base de huevos de peta crudos batidos con azúcar y leche.
Marco Greminger, investigador de la Universidad Autónoma del Beni, afirma que faltan controles eficaces y personal calificado para fiscalizar el tráfico de fauna silvestre. El experto criticó que los presupuestos estatales se hayan reducido, lo que facilita que las tortugas sean extraídas de forma indiscriminada, especialmente en Santa Cruz, Beni, Pando, norte de La Paz y Cochabamba.
“No hay personal clasificado ni calificado para el control. La Policía ambiental hace muy poco. No hay equipamiento para la fiscalización. El Gobierno central, la Gobernación y los gobiernos municipales hacen muy poco y ahora, con la crisis económica que atraviesa el país se han reducido los presupuestos. Todo eso lleva tanto al productor como al subproducto de poder traficar sin medida”, dijo Greminger.
Cuando van a nacer las crías, las tortugas adultas se acercan a las playas. De lejos, parecen formar un escudo que preparan para proteger a las crías. Cuando estas salen, las tortugas enturbian el agua cerca de las playas para que las pequeñas puedan llegar al río. Una vez las recién nacidas están en el agua, se dirigen hacia mayores. Las tortugas pequeñas se ponen en el centro y las más grandes las protegen. Luego migran juntas. Ese espectáculo natural es parte de lo que está en riesgo.
Esta historia hace parte del especial Autopistas de depredación. Se realizó con el apoyo del Pulitzer Center.
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