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En colaboración conCAF

El archivo fotográfico que rescata la memoria queer de Honduras

El proyecto custodia la historia de las crueles pérdidas y eventuales victorias de la comunidad LGTBIQ+ en el país

Abigail Galindo en Guatemala, en 2023. Dany Barrientos-Ramírez

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Abigail Reyes Galindo muestra una foto de hace treinta años. En ella, aparece en el parque El Obelisco, de Tegucigalpa (Honduras), posando junto con sus compañeras trans: La Campero, Bessy Ferrera y Michell. Con una sonrisa frágil y una voz suave, pero firme, dice: “Es la fotografía que más quiero, para mí significa mucho. Ahí tengo 27 años, aunque aparento menos. Estamos en un punto de trabajo cuando hacíamos comercio sexual. Ese día no teníamos clientes, y estábamos tristes. Estoy con dos amigas mías que fueron asesinadas. Es la foto que más me pega”.

Bessy y Michell fueron víctimas en crímenes sin justicia. A la primera le dispararon varios balazos desde un auto, dejándola en la acera desangrándose. A la segunda, la asesinaron con saña: sus amigas tuvieron que reconocerla por sus tatuajes. Hoy, Galindo, ícono de la comunidad queer en Honduras, custodia la foto y el recuerdo que también hace parte del Archivo Honduras Cuir (AHC), del que es orgullosa cofundadora. El nombre de ese archivo, físico y digital, lo lleva escrito en la prótesis de la pierna que perdió por complicaciones derivadas de la diabetes. Es un proyecto que da cuenta, principalmente a través de fotografías, de las crueles pérdidas, las derrotas y las eventuales alegrías y victorias de la comunidad LGTBIQ+ en Honduras. El trabajo de memoria es un ejercicio de apnea. Y cuando se habla de discriminación por género sexual en Honduras, hay que bucear hasta la época de la colonización.

En el Archivo Nacional de Honduras se recoge el testimonio de un juicio contra Lorenzo Banegas y Gonzalo Hernández, “unos indios de Guasirope por haber cometido el pecado nefando”. Este ‘pecado’ hacía referencia a aquello que no se podía nombrar: las relaciones homosexuales. Es el primer documento que menciona el AHC, que ya acumula 2.500 materiales. En la actualidad, la violencia y la segregación contra el colectivo trans sigue vigente —la esperanza de vida de los y las transexuales en Honduras es de 35 años—, aunque no así el silencio. Por lo menos no para Galindo, que habla en su casa, ubicada en el barrio periférico de Tegucigalpa: “A mí me trataron de asesinar ocho veces. Pero ahora acá estoy. Por eso ahora mi deseo es recuperar las memorias de las compañeras asesinadas”.

Durante esas ocho vidas ha recopilado cerca de mil fotografías, muchas de ellas testimonios únicos de amigas y amigos de los que solo queda esa imagen encapsulada: “Cuando yo tenía 16 años, agarré una cámara de 36 películas. Empecé a documentar mi vida sin saberlo. Yo lo hacía como un hobby. Después, cuando vi que nos estaban matando por todos los lados, tomaba fotografías a mis amigas porque yo no sé si hoy las tengo y mañana ya no. Yo les decía: ‘cipotas, vamos a tomarnos una foto, que tal vez esta sea la última’. Y tal vez dos semanas después, aparecían asesinadas”.

Galindo cuenta con palabras lo que su máquina de la inmortalidad, una cámara Canon Sure Shot que descansa en una estantería de la casa, no puede decir. Por ejemplo, cómo era la vida de una mujer transexual en los años ochenta y noventa: “Entre nosotras nos cuidábamos, pero era muy peligroso. Nuestro pensamiento era como de chichillas, no era muy maduro. Nuestra vida era a las seis de la tarde salir, ir al night club a tomar un trago para agarrar valor y luego a la calle. Nosotros les decíamos a los clientes: ‘Aquí la recogés, aquí la vas a venir a dejar’. Andábamos con una libretita y un lápiz donde apuntábamos el número de la matrícula de sus coches. Íbamos siempre con un cuchillo. Cuando alguna no volvía, nosotras nos organizábamos: una iba a la posta, otras a los hospitales, y a mí me tocaba ir a la morgue. Nunca sabía con quí me iba a encontrar".

Para ella, el crimen contra una mujer transexual en Honduras ni era ni es uno más, sino que es producto de un odio que deshumaniza. “A nosotras nos asesinan con mucha saña. A una trans no la pueden matar de una puñalada, la tienen que matar de 25 o 30. Es pura furia. Había veces que a alguna compañera la reconocíamos por algún tatuaje, por algún arito, pero de lo contrario era como un bulto de carne que ni siquiera se sabía que era, un hombre, una mujer o un animal”. Para recuperar su humanidad, y su testimonio, se unió en 2022 al llamado de Dany Barrientos, fotógrafo e investigador. “Me di cuenta que la historia se escribe en las universidades y no nos incluye. Que el Estado se beneficia de que no exista una historia-memoria queer”, explica en un correo electrónico.

AHC se ha expandido en el tiempo y en el espacio, coordinando exposiciones de arte, un libro patrocinado por la Cooperación Española y el Centro de Capacitaciones y Emprendimiento de Honduras, y talleres o conversatorios en museos como el MACBA de Barcelona o el MNCARS de Madrid. Pero el núcleo de su labor se centra en la recopilación de fotografías que van desde los años sesenta, cuando se consiguió un primer triunfo al recibir el consentimiento por parte de las autoridades de transitar libremente en espacios denominados “zonas de tolerancia”.

También tiene recortes de prensa en los que aparece Sigfrilda Shantall, primera mujer del país en recibir cirugía de reasignación de sexo en 1978, que en 1988 demandó al Estado hondureño para ser reconocida legalmente como mujer y que, diez años después, fue asesinada en su casa. El archivo refleja las luchas de las pioneras en la organización del movimiento político de la diversidad sexual, Alma Violeta y Corazón, o los concursos de belleza que se celebraban desde los ochenta. Hace memoria de un glosario de términos que incluye palabras como “Joligud” (de Hollywood), que servía para alertar de la llegada de policías y militares, o testimonios de ese periodo, como el de José Zambrano, que afirmó: “Me identificaba como travesti en los ochenta y noventa. Luego asesinaron a todas mis amigas y dejé de ser travesti por seguridad. Lo que yo quería era sobrevivir.” Ese temor sigue presente: el 2023 fue el año más violento para las personas LGTBIQ+ en Honduras, con 46 asesinatos.

Barrientos y Galindo saben que una forma de contraatacar es invocando el nombre de las mujeres trans asesinadas. Para Barrientos, la utilidad de su tarea reside en poder inspirar a las nuevas generaciones a crear otras formas de comunidad: “Hay tanto afecto y magia contenida en estos archivos que es transformador. Les jóvenes, al escuchar las historias que hemos rescatado del olvido, las memorias contenidas en estas imágenes, comienzan a interesarse por hacer comunidad.”

Para Galindo, ese empeño, irremediablemente, tiene tintes más personales: “Pienso en las historias de mis compañeras. Que la memoria de ellas no muera, ya que no se acuerdan de ellas. Muchas veces, cuando son asesinatos de mujeres trans, ni las familias quieren saber. Algunas ni nos dejaban despedirnos de ellas en el cementerio”. Ella mira y piensa en el pasado, pero también en el futuro, cuando se enfrenta a la pregunta de cuál es su próximo paso, responde: “Estamos luchando por una ley de identidad de género. Es mi mayor deseo. Pero las luchas se hacen en conjunto, porque una golondrina no hace verano”.

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